Para ordenar mis ideas, se me ocurrió escribir una lista de las que, a mi humildísimo parecer y desde las limitaciones de mis lecturas, son las 15 mejores novelas latinoamericanas de los últimos 15 años. Se valen comentarios y correcciones y si alguien me sugiere un gran libro que no he leído lo agradecería. Reitero el carácter personal, arbitrario y limitado.Asimismo, escogí solo un libro por autor.
1. El año del desierto. Pedro Mairal. Argentina.
2. Estrella distante. Roberto Bolaño. Chile.
3. Los ejércitos. Evelio Rosero. Colombia.
4. Llamadas de Amsterdam. Juan Villoro. México.
5. Nadie me verá llorar. Cristina Rivera Garza. México.
6. Um beijo de colombina. Adriana Lisboa. Brasil.
7. Insensatez. Horacio Castellanos Moya. El Salvador.
8. El jardin de Nora. Blanca Wietüchter. Bolivia.
9. El desbarrancadero. Fernando Vallejo. Colombia.
10. Tajos. Rafael Courtoisie. Uruguay.
11. Boca de lobo. Sergio Chefjec. Argentina.
12. Dos veces junio. Martín Kohan. Argentina.
13. Harmada. Joao Gilberto Noll. Brasil.
14. Movimiento falso. Sergio Missana. Chile.
15. Livadia. José Manuel Prieto. Cuba.
Por honestidad intelectual no incluí tres novelas de amigos míos que me parecen estupendas pero que creo deshonesto incluir en la lista. Las menciono aparte:
Paraíso clausurado. Pedro Ángel Palou. México.
Nada cruel. José Ramón Ruisánchez. México.
Jardin Capelo. Javier Vásconez. Ecuador.
Y finalmente, nomás por picar, estas son las que me parecen las peores que he leído. No son las peores que hay, porque hay libros (como los de Isabel Allende) a los que ni me acerco. Son, creo, cuatro libros de buenos escritores que por una vez batearon de foul:
1. El enigma de París. Pablo de Santis. Argentina.
2. Temporada de caza para el león negro. Tryno Maldonado. México.
3. Amuleto. Roberto Bolaño. Chile.
4. La voluntad y la fortuna. Carlos Fuentes. México.
Sunday, June 21, 2009
Pacheco o los pliegues de la historia
De mis archivos, saqué este artículo que leí en un homenaje a Pacheco en Brown en 2004 y que publiqué en la revista La torre de Puerto Rico. Sirva como modesto testimonio de mi admiración a JEP.
Quiero comenzar estas notas con una afirmación categórica, quizá ambigua, que se encuentra detrás de la lectura que pienso ofrecer: José Emilio Pacheco es el autor de una obra de vocación democrática. Y pienso leer los términos de esa vocación específicamente en Las batallas en el desierto y su representación de algo que llamo “pliegues de la historia”. Puedo partir de la primera pregunta que viene a la mente: ¿Qué significa ser un autor de “vocación democrática” a principios de los años ochenta, un par de años antes de la emergencia del neoliberalismo y en los últimos coletazos del populismo modernizador y fallido de López Portillo? Entre las muchas posibles respuestas me interesa la que Roger Bartra desarrollará algunos años después en La jaula de la melancolía: un intelectual democrático es aquel que piensa a México fuera de las narrativas totalizadoras de la nación, a los mexicanos en términos que cuestionan las ideologías que inscriben identidades esenciales en el cuerpo político y, específicamente para mis propósitos, a la historia nacional como un espacio complejo habitado por individuos creativos y no por estereotipos pasivos. Si, en términos de Bartra, el nacionalismo es el sostén ideológico de “una cultura política hegemónica […] ceñida por el conjunto de redes imaginarias de poder, que definen las formas de subjetividad socialmente aceptadas, y que suelen ser consideradas como la expresión más elaborada de la cultura nacional”, el narrador democrático cuenta la historia de sujetos fuera de las ataduras mitológicas y de la función de representar estereotipos moralizantes como una manera de pensar y representar los juegos disciplinares a los que son sujetos los ciudadanos en una sociedad autoritaria. Para ponerlo en el lenguaje de los dos Michels, Foucault y de Certeau , las grandes novelas democráticas de los ochenta, Las batallas en el desierto, El desfile del amor o Arráncame la vida, por citar sólo tres, son aquéllas que leen la historia no en términos de héroes y mitos, sino de los procesos de disciplinamiento y poder y las correspondientes maneras de hacer y resistencias creativas que emergen del conjunto de la producción sociocultural. La descripción y problematización de estos espacios de poder y resistencia, lo que De Certeau llama “lo cotidiano”, como estrategia de lectura del estado a partir de la reconsideración de sus puntos fundacionales es una de las tareas centrales que llevará a cabo la literatura mexicana de la transición. Y Las batallas en el desierto es una de las primeras novelas que dará el paso definitivo hacia esta nueva política literaria.
La crítica alrededor de la novela se ha enfocado fundamentalmente en el tema de la nostalgia. Ignacio Trejo Fuentes, por ejemplo, plantea se centra en tres temas específicos: la nostalgia por la niñez, la “añoranza por la antigua ciudad” y la reflexión sobre la identidad de México en su historia reciente. El discurso nostálgico es, sin embargo, una cuestión que no es tan central a la estructura narrativa: la fuerza específicamente política de la novela definitivamente no se encuentra ahí. Pienso más bien que la máscara de la nostalgia pertenece principalmente a Carlos adulto narrando la historia de Carlitos y que la narrativa tiene cierto nivel de desmitificación en torno a este sensorium de la infancia. En otras palabras, creo que Las batallas en el desierto construye la perspectiva de la infancia entrecruzada con el discurso del narrador para presentar la historia a partir de dos pliegues: uno, el niño cuya formación transcurre en la fuerte transición económica e ideológica del alemanismo y el adulto ubicado a inicios de los ochenta cuyo escepticismo es el indicador de un espacio histórico en transformación donde la memoria es el instrumento ironizador de una utopía que no llegó nunca. “Para el impensable 1980”, observa Carlos el narrador, “se auguraba –sin especificar cómo íbamos a lograrlo- un porvenir de plenitud y bienestar universales” (11). Sobra decir que semejante afirmación, pensada desde un punto histórico de crisis económicas recurrentes y retóricas políticas absurdas (recuérdese el proverbial “Preparaos para administrar la riqueza” del presidente López Portillo), abre un doble espacio de crítica: un descreimiento del espacio político actual y una evocación nostálgica a la vez que desilusionada del punto fundacional de los proyectos de modernización capitalista. Estas perspectivas privadas, individuales y problematizadoras de la memoria histórica son lo que entiendo por “pliegues de la historia”. Y en estos pliegues de la historia, la nostalgia es una categoría crítica insuficiente e imprecisa. No da cuenta de la distancia escéptica del narrador y, más importante, no explica porque el narrador tiene momentos clave en los que ataca con mordacidad el mundo y la ciudad alemanistas.
En este punto, es preciso reflexionar sobre el rol del punto de vista infantil como instancia de constitución del pliegue de la historia, para ofrecer una lectura alternativa al tópico de la nostalgia. Ala Alryyes ha sugerido una lectura de la niñez como alegoría nacional: “If the child allegorizes nacional history, the citizen also becomes a “child” of the nation”. En otras palabras, Alryyes sugiere que las narrativas sobre los niños desde los inicios mismos de la modernidad ilustrada (piénsese en el “Emilio” de Rousseau, por ejemplo), son una alegoría del proceso pedagógico que la nación proporciona para la fundación de los ciudadanos. Es en esta dirección donde apuntan lecturas de la novela como la que hace Cynthia Steele, quien describe de manera muy sugerente la forma en que códigos de clase, de cultura popular y mediática, de raza y de género se van inscribiendo poco a poco en el cuerpo y la memoria del ciudadano. Asimismo, como ha apuntado ya Hugo J. Verani, la “disonancia narrativa” (la doble perspectiva del niño y el adulto) en Las batallas en el desierto permite una desmitificación irónica de los procesos de formación del niño, de constitución de instituciones sociales y, en última instancia, de la formación del ciudadano. Sin embargo, ambas lecturas también apuntan al hecho de que la novela es mucho más que una bildungsroman irónica y que el centro de la crítica articulada por Pacheco es un revisionismo de la coyuntura del alemanismo y sus implicaciones culturales y políticas. Por ello, la alegoría nacional de la infancia que tradicionalmente se representa en los discursos pedagógicos del pensamiento de la modernidad y que Pacheco subvierte a lo largo de la novela se entronca a una operación ideológica de mucha mayor relevancia: el cuestionamiento profundo de los procesos de disciplinamiento e incorporación cultural y económica de la ciudadanía moderna y burguesa emergida en el alemanismo. En otras palabras, me parece que tras los tópicos, quizá no tan relevantes, de la nostalgia, aparece una segunda funcionalidad de la infancia, una funcionalidad que la ya citada Alryyes ubica en algunas narrativas posmodernas: la infancia como locus de una “memoria cultural vulnerable” y, por ende, determinante en el futuro de la nación (208). Esta función se complejiza cuando ese futuro está ya presente en el lugar de enunciación de la voz narrativa y se constituye desde el fracaso histórico. La memoria cultural entonces, no puede sino poner en entredicho la pedagogía cotidiana que disciplina el imaginario y las costumbres de una burguesía clasemediera que rompe con la herencia cultural tradicionalista del populismo postrevolucionario y se incorpora ambiguamente al mito del progreso capitalista. Esta memoria cultural, hay que subrayarlo, expone principalmente la dimensión ambigua del proceso, que se manifiesta en la novela a partir de la coexistencia de los rituales modernizadores del alemanismo (como las inauguraciones de la obra pública), la idiosincracia reaccionaria del discurso familiar en México (como los juicios morales que circulan sobre Mariana y su función de amante) y la entusiasta asimilación del imaginario y las prácticas culturales norteamericanas en una sociedad donde el nacionalismo es cada vez más vergonzoso (por lo cual el tío de Carlitos puede decir: “Yo nomás sirvo whisky a mis invitados: hay que blanquear el gusto”). Y no hay que engañarnos, en estas ambigüedades no hay ni nostalgia por un paraíso perdido ni la incorporación exitosa del individuo a la sociedad burguesa implícita en la estructura de la bildungsroman. Más bien, vemos un narrador que adquiere conciencia de los procesos de disciplinamiento a los que fue sujeto como niño y que conformaron su imaginario, su memoria y sus afectos.
Volvamos un momento al problema de la infancia desde esta perspectiva. Roger Cox observa que las narrativas modernas de la niñez la definen “sobre todo como una experiencia de aprendizaje, cuyo objeto era posicionar con precisión al niño en crecimientoim espacio individual y social en gran medida preconcebido”. Las batallas en el desierto, en este sentido, se inscribe en una línea de concepciones de la infancia descritas por Cox como un estado en crisis que emerge en el siglo XX, donde la niñez opera en un espacio problemático generado por el determinismo cultural de las “buenas costumbres” que imponen valores del matrimonio y la familia, a la vez que emerge la integración del niño al consumismo. Trayendo estas observaciones de vuelta a la novela, los discursos que atraviesan la formación de Carlitos y que se inscribirán en su imaginario funcionan en todas estas dimensiones. Primero, la posición de Carlitos en tanto niño es una de marginación y soledad en un conjunto de espacios predeterminados que se constituyen alrededor del discurso familiar. Su enamoramiento entonces es la emergencia de una situación afectiva que necesita ser normalizada por los mecanismos de disciplinamiento. Por ello, Carlitos es enviado primero al sacerdote y luego al siquiatra, no casualmente dos figuras muy relevantes en el disciplinamiento de la sexualidad dentro del análisis foucauldiano, como forma de “normalizarlo” y de resolver su perversión. Sin embargo el absurdo manifiesto en ambas prácticas disciplinantes: la “involuntaria guía práctica para la masturbación” del padre Ferrán (44) y las respuestas bobas proporcionadas por el niño a las pruebas psiquiátricas (45), sumado a la hiperbólica caracterización de la Ciudad de México como Sodoma y Gomorra llevada a cabo por la mamá de Carlitos(50)muestran también la naturaleza ridícula de los discursos morales de la burguesía alemanista. Esta distancia crítica, me atrevo a sugerir, está posibilitada por la distancia irónica de la voz narrativa. Y una vez más es necesario enfatizar que aquí no hay ni nostalgia ni narrativa de formación. Lo que existe es una toma de conciencia de una voz narrativa sobre las bases endebles de la ideología y los valores que sustentaron y legitimaron a la burguesía alemanista. La familia de Carlitos se definía a sí misma como “una de las mejores familias de Guadalajara”, uno de los enclaves del conservadurismo mexicano, y opuesta a la Revolución mexicana, que es caracterizada por ellos como “la venganza de la indiada y el peladaje contra la decencia y la buena cuna”. Esta familia, que considera un escándalo y un pecado el amor platónico del niño por una mujer que, por prejuicios sociales, no gozaba de la aprobación social, tenía ciertos secretos que son denunciados por Carlos adulto: “Todos somos hipócritas, no podemos vernos ni juzgarnos como vemos y juzgamos a los demás. Hasta yo que no me daba cuenta de nada sabía que mi padre llevaba años manteniendo la casa chica de una señora, su exsecretaria, con la que tuvo dos niñas”. Y más adelante nos enteramos que la sirvienta de la casa tiene que irse “porque Héctor [el hermano de Carlitos] no la dejaba en paz”. En todo esto, insisto una vez más, no hay nostalgia. Creo que la doble dimensión de la voz narrativa, el niño y el adulto, desdobla la experiencia cultural de un niño sujeto a los discursos de formación de ciudadanos (la moral, la educación, etc.) y da testimonio de la constitución de un imaginario consumidor y crecientemente americanizado acarreado por la modernización económica (como recuerda el tan citado pasaje sobre los sandwiches llamados platos voladores contrastados con los platos tradicionales preparados por la mamá de Carlitos) a partir de la forma en que fue habitado por aquellos inmersos en la cultura, mientras que la distancia del adulto pone en evidencia el fracaso del proyecto histórico legitimado por esas prácticas de disciplinamiento. Y toda esta funcionalidad es posible precisamente porque tanto el narrador como en niño que habita la memoria se encuentran en puntos de vista privilegiados que permiten evidenciar las aporías de la identidad nacional emergida del proceso de modernización. Aquí no se perdió ningún paraíso: la Ciudad de México siempre fue un espacio hostil donde la cultura es un bombardeo sucesivo de imágenes que han perdido su densidad (como se ve en el exaustivo listado con que la novela inicia) y los ciudadanos son parte de una red de valores y tradiciones en decadencia constante y la promesa de una modernización que nunca llega y que no hace más que reproducir las persistentes estructuras de clase (Rosales, el niño pobre de la escuela acaba vendiendo chicles, mientras Carlitos, el niño burgués se lo encuentra después de las lecciones de tenis). Precisamente porque Las batallas en el desierto no es una novela nostálgica ni se agota en la estructura de la novela de formación, podemos hablar de una aguda crítica política al seductor tropo de la modernización capitalista y sus imaginarios. El cotidiano que habita Carlitos en su infancia implica una serie de estructuras de poder que acabarán incorporándolo a esa clase media burguesa, a pesar de que esta incorporación es cuestionada constantemente por Carlitos mismo: el enamoramiento puede ser quizá un espacio de libertad y de creatividad por fuera de los discursos de la disciplina que a la larga debe ser normalizado. El hecho de que Carlos, adulto, especule al final de la novela sobre la edad de Mariana es una pequeña resistencia al juicio moral al que fue sujeto en su niñez y al borramiento de la Mariana real que persiste en la memoria, inevitablemente, como un ícono capitalista. Por ello, Steele apunta con certeza que Mariana está constituida como una imagen estática configurada en el sensorium emanado del cine hollywoodense. La novela, entonces, es la narración de un hombre que, en el colapso de una modernidad que nunca llegó, pone en entredicho el sistema de valores, prácticas y gustos que conformó su identidad. El ciudadano de la modernidad capitalista no es más que una ficción y la memoria sólo puede afirmarse en un terreno impreciso (piénsese en la otra cita famosa: “Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquél?” (9)). Si el pasado es un país extranjero, como declara el epígrafe, la identidad mexicana emergida en el imaginario alemanista se desvanece en el aire, junto con la modernidad misma. En el fondo, Las batallas en el desierto no es una novela de la nostalgia sino de la desesperación: es la conciencia, a la mitad del camino de la vida, del profundo vacío de la nación, de la historia, de los valores y de la identidad. Y es a partir de esta conciencia, me atrevo a sugerir, que emergerá la ideología que posibilitará la transición democrática.
Esto me devuelve a mi afirmación inicial, la vocación democrática de Pacheco. Me parece que Las batallas en el desierto se inscriben en el inicio de un cambio central en el canon de la literatura mexicana y sus funciones políticas. Tras décadas de mitificación de lo nacional y de definiciones esencialistas de lo mexicano, y tras el amargo y agonizante despertar iniciado en 1968, la historia deja de ser espacio de héroes y plenitudes y se transfigura en vacíos, ruinas y fantasmas y en el espacio de hombres comunes y corrientes, que, como el ángel de la historia de Benjamin, son arrastrados por el torbellino del progreso, a espaldas del futuro, mirando el pasado y dejando una pila de escombros atrás. Y, para usar otra imagen de Benjamin, el novelista se asemeja al cronista que narra los eventos sin distinguirlos por importancia, reestableciendo el pasado en su plenitud que caracteriza el Día del Juicio. Y el apocalipsis que se anuncia es la implosión de la modernidad mexicana. Pacheco, que escribe desde la perspectiva del angelus novus la historia de lo cotidiano, anuncia el apocalipsis de la condición mexicana y el juicio de la historia que vendrá en la transición. Nosotros, que leemos desde las ruinas de la nación postrevolucionaria, comprendemos lentamente que gracias a Pacheco y a otros escritores, cineastas y artistas podemos aprender a resistir los mitos que persistentemente buscan construirnos una identidad y arrastrarnos hacia nuevos progresos, nuevos futuros y nuevas mentiras. Y en el contexto de esa resistencia tan necesaria a la transición democrática en México y la importancia de romper finalmente con las tradiciones que justificaron el autoritarismo priísta, reducir Las batallas en el desierto a una idea plana de la nostalgia es una desactivación sospechosa del potencial crítico de los pliegues de la historia.
Quiero comenzar estas notas con una afirmación categórica, quizá ambigua, que se encuentra detrás de la lectura que pienso ofrecer: José Emilio Pacheco es el autor de una obra de vocación democrática. Y pienso leer los términos de esa vocación específicamente en Las batallas en el desierto y su representación de algo que llamo “pliegues de la historia”. Puedo partir de la primera pregunta que viene a la mente: ¿Qué significa ser un autor de “vocación democrática” a principios de los años ochenta, un par de años antes de la emergencia del neoliberalismo y en los últimos coletazos del populismo modernizador y fallido de López Portillo? Entre las muchas posibles respuestas me interesa la que Roger Bartra desarrollará algunos años después en La jaula de la melancolía: un intelectual democrático es aquel que piensa a México fuera de las narrativas totalizadoras de la nación, a los mexicanos en términos que cuestionan las ideologías que inscriben identidades esenciales en el cuerpo político y, específicamente para mis propósitos, a la historia nacional como un espacio complejo habitado por individuos creativos y no por estereotipos pasivos. Si, en términos de Bartra, el nacionalismo es el sostén ideológico de “una cultura política hegemónica […] ceñida por el conjunto de redes imaginarias de poder, que definen las formas de subjetividad socialmente aceptadas, y que suelen ser consideradas como la expresión más elaborada de la cultura nacional”, el narrador democrático cuenta la historia de sujetos fuera de las ataduras mitológicas y de la función de representar estereotipos moralizantes como una manera de pensar y representar los juegos disciplinares a los que son sujetos los ciudadanos en una sociedad autoritaria. Para ponerlo en el lenguaje de los dos Michels, Foucault y de Certeau , las grandes novelas democráticas de los ochenta, Las batallas en el desierto, El desfile del amor o Arráncame la vida, por citar sólo tres, son aquéllas que leen la historia no en términos de héroes y mitos, sino de los procesos de disciplinamiento y poder y las correspondientes maneras de hacer y resistencias creativas que emergen del conjunto de la producción sociocultural. La descripción y problematización de estos espacios de poder y resistencia, lo que De Certeau llama “lo cotidiano”, como estrategia de lectura del estado a partir de la reconsideración de sus puntos fundacionales es una de las tareas centrales que llevará a cabo la literatura mexicana de la transición. Y Las batallas en el desierto es una de las primeras novelas que dará el paso definitivo hacia esta nueva política literaria.
La crítica alrededor de la novela se ha enfocado fundamentalmente en el tema de la nostalgia. Ignacio Trejo Fuentes, por ejemplo, plantea se centra en tres temas específicos: la nostalgia por la niñez, la “añoranza por la antigua ciudad” y la reflexión sobre la identidad de México en su historia reciente. El discurso nostálgico es, sin embargo, una cuestión que no es tan central a la estructura narrativa: la fuerza específicamente política de la novela definitivamente no se encuentra ahí. Pienso más bien que la máscara de la nostalgia pertenece principalmente a Carlos adulto narrando la historia de Carlitos y que la narrativa tiene cierto nivel de desmitificación en torno a este sensorium de la infancia. En otras palabras, creo que Las batallas en el desierto construye la perspectiva de la infancia entrecruzada con el discurso del narrador para presentar la historia a partir de dos pliegues: uno, el niño cuya formación transcurre en la fuerte transición económica e ideológica del alemanismo y el adulto ubicado a inicios de los ochenta cuyo escepticismo es el indicador de un espacio histórico en transformación donde la memoria es el instrumento ironizador de una utopía que no llegó nunca. “Para el impensable 1980”, observa Carlos el narrador, “se auguraba –sin especificar cómo íbamos a lograrlo- un porvenir de plenitud y bienestar universales” (11). Sobra decir que semejante afirmación, pensada desde un punto histórico de crisis económicas recurrentes y retóricas políticas absurdas (recuérdese el proverbial “Preparaos para administrar la riqueza” del presidente López Portillo), abre un doble espacio de crítica: un descreimiento del espacio político actual y una evocación nostálgica a la vez que desilusionada del punto fundacional de los proyectos de modernización capitalista. Estas perspectivas privadas, individuales y problematizadoras de la memoria histórica son lo que entiendo por “pliegues de la historia”. Y en estos pliegues de la historia, la nostalgia es una categoría crítica insuficiente e imprecisa. No da cuenta de la distancia escéptica del narrador y, más importante, no explica porque el narrador tiene momentos clave en los que ataca con mordacidad el mundo y la ciudad alemanistas.
En este punto, es preciso reflexionar sobre el rol del punto de vista infantil como instancia de constitución del pliegue de la historia, para ofrecer una lectura alternativa al tópico de la nostalgia. Ala Alryyes ha sugerido una lectura de la niñez como alegoría nacional: “If the child allegorizes nacional history, the citizen also becomes a “child” of the nation”. En otras palabras, Alryyes sugiere que las narrativas sobre los niños desde los inicios mismos de la modernidad ilustrada (piénsese en el “Emilio” de Rousseau, por ejemplo), son una alegoría del proceso pedagógico que la nación proporciona para la fundación de los ciudadanos. Es en esta dirección donde apuntan lecturas de la novela como la que hace Cynthia Steele, quien describe de manera muy sugerente la forma en que códigos de clase, de cultura popular y mediática, de raza y de género se van inscribiendo poco a poco en el cuerpo y la memoria del ciudadano. Asimismo, como ha apuntado ya Hugo J. Verani, la “disonancia narrativa” (la doble perspectiva del niño y el adulto) en Las batallas en el desierto permite una desmitificación irónica de los procesos de formación del niño, de constitución de instituciones sociales y, en última instancia, de la formación del ciudadano. Sin embargo, ambas lecturas también apuntan al hecho de que la novela es mucho más que una bildungsroman irónica y que el centro de la crítica articulada por Pacheco es un revisionismo de la coyuntura del alemanismo y sus implicaciones culturales y políticas. Por ello, la alegoría nacional de la infancia que tradicionalmente se representa en los discursos pedagógicos del pensamiento de la modernidad y que Pacheco subvierte a lo largo de la novela se entronca a una operación ideológica de mucha mayor relevancia: el cuestionamiento profundo de los procesos de disciplinamiento e incorporación cultural y económica de la ciudadanía moderna y burguesa emergida en el alemanismo. En otras palabras, me parece que tras los tópicos, quizá no tan relevantes, de la nostalgia, aparece una segunda funcionalidad de la infancia, una funcionalidad que la ya citada Alryyes ubica en algunas narrativas posmodernas: la infancia como locus de una “memoria cultural vulnerable” y, por ende, determinante en el futuro de la nación (208). Esta función se complejiza cuando ese futuro está ya presente en el lugar de enunciación de la voz narrativa y se constituye desde el fracaso histórico. La memoria cultural entonces, no puede sino poner en entredicho la pedagogía cotidiana que disciplina el imaginario y las costumbres de una burguesía clasemediera que rompe con la herencia cultural tradicionalista del populismo postrevolucionario y se incorpora ambiguamente al mito del progreso capitalista. Esta memoria cultural, hay que subrayarlo, expone principalmente la dimensión ambigua del proceso, que se manifiesta en la novela a partir de la coexistencia de los rituales modernizadores del alemanismo (como las inauguraciones de la obra pública), la idiosincracia reaccionaria del discurso familiar en México (como los juicios morales que circulan sobre Mariana y su función de amante) y la entusiasta asimilación del imaginario y las prácticas culturales norteamericanas en una sociedad donde el nacionalismo es cada vez más vergonzoso (por lo cual el tío de Carlitos puede decir: “Yo nomás sirvo whisky a mis invitados: hay que blanquear el gusto”). Y no hay que engañarnos, en estas ambigüedades no hay ni nostalgia por un paraíso perdido ni la incorporación exitosa del individuo a la sociedad burguesa implícita en la estructura de la bildungsroman. Más bien, vemos un narrador que adquiere conciencia de los procesos de disciplinamiento a los que fue sujeto como niño y que conformaron su imaginario, su memoria y sus afectos.
Volvamos un momento al problema de la infancia desde esta perspectiva. Roger Cox observa que las narrativas modernas de la niñez la definen “sobre todo como una experiencia de aprendizaje, cuyo objeto era posicionar con precisión al niño en crecimientoim espacio individual y social en gran medida preconcebido”. Las batallas en el desierto, en este sentido, se inscribe en una línea de concepciones de la infancia descritas por Cox como un estado en crisis que emerge en el siglo XX, donde la niñez opera en un espacio problemático generado por el determinismo cultural de las “buenas costumbres” que imponen valores del matrimonio y la familia, a la vez que emerge la integración del niño al consumismo. Trayendo estas observaciones de vuelta a la novela, los discursos que atraviesan la formación de Carlitos y que se inscribirán en su imaginario funcionan en todas estas dimensiones. Primero, la posición de Carlitos en tanto niño es una de marginación y soledad en un conjunto de espacios predeterminados que se constituyen alrededor del discurso familiar. Su enamoramiento entonces es la emergencia de una situación afectiva que necesita ser normalizada por los mecanismos de disciplinamiento. Por ello, Carlitos es enviado primero al sacerdote y luego al siquiatra, no casualmente dos figuras muy relevantes en el disciplinamiento de la sexualidad dentro del análisis foucauldiano, como forma de “normalizarlo” y de resolver su perversión. Sin embargo el absurdo manifiesto en ambas prácticas disciplinantes: la “involuntaria guía práctica para la masturbación” del padre Ferrán (44) y las respuestas bobas proporcionadas por el niño a las pruebas psiquiátricas (45), sumado a la hiperbólica caracterización de la Ciudad de México como Sodoma y Gomorra llevada a cabo por la mamá de Carlitos(50)muestran también la naturaleza ridícula de los discursos morales de la burguesía alemanista. Esta distancia crítica, me atrevo a sugerir, está posibilitada por la distancia irónica de la voz narrativa. Y una vez más es necesario enfatizar que aquí no hay ni nostalgia ni narrativa de formación. Lo que existe es una toma de conciencia de una voz narrativa sobre las bases endebles de la ideología y los valores que sustentaron y legitimaron a la burguesía alemanista. La familia de Carlitos se definía a sí misma como “una de las mejores familias de Guadalajara”, uno de los enclaves del conservadurismo mexicano, y opuesta a la Revolución mexicana, que es caracterizada por ellos como “la venganza de la indiada y el peladaje contra la decencia y la buena cuna”. Esta familia, que considera un escándalo y un pecado el amor platónico del niño por una mujer que, por prejuicios sociales, no gozaba de la aprobación social, tenía ciertos secretos que son denunciados por Carlos adulto: “Todos somos hipócritas, no podemos vernos ni juzgarnos como vemos y juzgamos a los demás. Hasta yo que no me daba cuenta de nada sabía que mi padre llevaba años manteniendo la casa chica de una señora, su exsecretaria, con la que tuvo dos niñas”. Y más adelante nos enteramos que la sirvienta de la casa tiene que irse “porque Héctor [el hermano de Carlitos] no la dejaba en paz”. En todo esto, insisto una vez más, no hay nostalgia. Creo que la doble dimensión de la voz narrativa, el niño y el adulto, desdobla la experiencia cultural de un niño sujeto a los discursos de formación de ciudadanos (la moral, la educación, etc.) y da testimonio de la constitución de un imaginario consumidor y crecientemente americanizado acarreado por la modernización económica (como recuerda el tan citado pasaje sobre los sandwiches llamados platos voladores contrastados con los platos tradicionales preparados por la mamá de Carlitos) a partir de la forma en que fue habitado por aquellos inmersos en la cultura, mientras que la distancia del adulto pone en evidencia el fracaso del proyecto histórico legitimado por esas prácticas de disciplinamiento. Y toda esta funcionalidad es posible precisamente porque tanto el narrador como en niño que habita la memoria se encuentran en puntos de vista privilegiados que permiten evidenciar las aporías de la identidad nacional emergida del proceso de modernización. Aquí no se perdió ningún paraíso: la Ciudad de México siempre fue un espacio hostil donde la cultura es un bombardeo sucesivo de imágenes que han perdido su densidad (como se ve en el exaustivo listado con que la novela inicia) y los ciudadanos son parte de una red de valores y tradiciones en decadencia constante y la promesa de una modernización que nunca llega y que no hace más que reproducir las persistentes estructuras de clase (Rosales, el niño pobre de la escuela acaba vendiendo chicles, mientras Carlitos, el niño burgués se lo encuentra después de las lecciones de tenis). Precisamente porque Las batallas en el desierto no es una novela nostálgica ni se agota en la estructura de la novela de formación, podemos hablar de una aguda crítica política al seductor tropo de la modernización capitalista y sus imaginarios. El cotidiano que habita Carlitos en su infancia implica una serie de estructuras de poder que acabarán incorporándolo a esa clase media burguesa, a pesar de que esta incorporación es cuestionada constantemente por Carlitos mismo: el enamoramiento puede ser quizá un espacio de libertad y de creatividad por fuera de los discursos de la disciplina que a la larga debe ser normalizado. El hecho de que Carlos, adulto, especule al final de la novela sobre la edad de Mariana es una pequeña resistencia al juicio moral al que fue sujeto en su niñez y al borramiento de la Mariana real que persiste en la memoria, inevitablemente, como un ícono capitalista. Por ello, Steele apunta con certeza que Mariana está constituida como una imagen estática configurada en el sensorium emanado del cine hollywoodense. La novela, entonces, es la narración de un hombre que, en el colapso de una modernidad que nunca llegó, pone en entredicho el sistema de valores, prácticas y gustos que conformó su identidad. El ciudadano de la modernidad capitalista no es más que una ficción y la memoria sólo puede afirmarse en un terreno impreciso (piénsese en la otra cita famosa: “Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquél?” (9)). Si el pasado es un país extranjero, como declara el epígrafe, la identidad mexicana emergida en el imaginario alemanista se desvanece en el aire, junto con la modernidad misma. En el fondo, Las batallas en el desierto no es una novela de la nostalgia sino de la desesperación: es la conciencia, a la mitad del camino de la vida, del profundo vacío de la nación, de la historia, de los valores y de la identidad. Y es a partir de esta conciencia, me atrevo a sugerir, que emergerá la ideología que posibilitará la transición democrática.
Esto me devuelve a mi afirmación inicial, la vocación democrática de Pacheco. Me parece que Las batallas en el desierto se inscriben en el inicio de un cambio central en el canon de la literatura mexicana y sus funciones políticas. Tras décadas de mitificación de lo nacional y de definiciones esencialistas de lo mexicano, y tras el amargo y agonizante despertar iniciado en 1968, la historia deja de ser espacio de héroes y plenitudes y se transfigura en vacíos, ruinas y fantasmas y en el espacio de hombres comunes y corrientes, que, como el ángel de la historia de Benjamin, son arrastrados por el torbellino del progreso, a espaldas del futuro, mirando el pasado y dejando una pila de escombros atrás. Y, para usar otra imagen de Benjamin, el novelista se asemeja al cronista que narra los eventos sin distinguirlos por importancia, reestableciendo el pasado en su plenitud que caracteriza el Día del Juicio. Y el apocalipsis que se anuncia es la implosión de la modernidad mexicana. Pacheco, que escribe desde la perspectiva del angelus novus la historia de lo cotidiano, anuncia el apocalipsis de la condición mexicana y el juicio de la historia que vendrá en la transición. Nosotros, que leemos desde las ruinas de la nación postrevolucionaria, comprendemos lentamente que gracias a Pacheco y a otros escritores, cineastas y artistas podemos aprender a resistir los mitos que persistentemente buscan construirnos una identidad y arrastrarnos hacia nuevos progresos, nuevos futuros y nuevas mentiras. Y en el contexto de esa resistencia tan necesaria a la transición democrática en México y la importancia de romper finalmente con las tradiciones que justificaron el autoritarismo priísta, reducir Las batallas en el desierto a una idea plana de la nostalgia es una desactivación sospechosa del potencial crítico de los pliegues de la historia.
Wednesday, June 10, 2009
Instituciones sin canon. Las discontinuidades pedagógicas de la literatura mexicana
Presentado en el congreso de LASA en Rio de Janeiro. Junio 11, 2009
La evolución reciente del mercado editorial de la academia norteamericana ha resultado en una serie de acontecimientos que afectan de manera profunda el trabajo de todos aquellos que trabajamos en ella: una reducción en el interés y la viabilidad financiera de las monografías críticas, una reducción considerable de las series editoriales dedicadas de manera específica al estudio de la literatura y una reducción general de presupuestos de prensas y editoriales, cuyo impacto afecta a las humanidades de manera desproporcionada. Hasta ahora, la principal respuesta de las humanidades a esta situación es lo que llamamos, al convocar estos paneles, el “giro pedagógico”, un creciente desplazamiento de la publicación académica hacia instrumentos más enfocados a la enseñanza que a la diseminación del trabajo investigativo: manuales, “readers”, companions, etc. Una de las razones detrás de la convocatoria de dos paneles de mexicanistas en torno a esta cuestión radica en el hecho de que, más allá de los signos de alarma respecto a nuestra profesión, esta tendencia aporta una cantidad interesante de oportunidades que, a mi parecer, han sido desaprovechadas casi por completo por nuestro campo. Algunos colegas de estos paneles hablaran de estas continuidades. Yo comenzaré por enfocarme en lo que llamo “discontinuidades pedagógicas”, una serie de problemáticas estructurales hacia dentro del mexicanismo literario y cultural, entendiendo “mexicanismo” como las comunidades de académicos que desde distintas academias nos dedicamos al estudio de México.
El mexicanismo opera desde una diversidad de espacios de enunciación cuya comunicación mutual es, en general, bastante deficiente. Aún cuando foros como este permiten el encuentro de miembros de distintos espacios, el trabajo de discusión cotidiana entre nosotros y de lectura mutual es, en el mejor de los casos, limitado, y en el peor, prejuicioso. Dentro de la infraestructura institucional mexicana, existen algunos fenómenos que contribuyen a este problema. Tanto las grandes instituciones del centro, como la UNAM y el Colmex, como las universidades de provincia, operan históricamente dentro de un esquema por momentos endogámico, donde algunos miembros de la academia estudian, trabajan y publican hacia dentro de su propia institución. En otras palabras, una persona puede concebiblemente estudiar, digamos, en la Autónoma de Puebla, obtener una plaza de profesor ahí mismo y después publicar de manera casi exclusiva en las revistas y en la dirección de Fomento editorial de la institución. Sin dejar de reconocer excepciones, y sin dejar de reconocer que este sistema ha permitido una productividad académica sin par en América Latina, también es cierto que esto ha producido una cultura en la cual muchos académicos mexicanos recelan de la producción académica externa a México y, en los peores casos, externa a su institución. Resulta sumamente fácil encontrar estudios académicos sobre literatura mexicana publicados en la UNAM o el Colmex que prácticamente ignoran los trabajos de académicos fuera de México e incluso de aquellos que radican en universidades de provincia. De manera similar, la academia norteamericana tiene un conjunto de culturas que operan de manera semejante. Las estructuras del saber creadas por los procesos de tenure inciden de manera directa en la evaluación de muchos académicos en torno a la producción cultural en México. En México, como sabemos, una parte considerable de la crítica literaria y cultural se da en espacios no académicos, como revistas y suplementos culturales, mientras que un número importante de libros de crítica suelen estar más cercanos al ensayo que al paper. Asimismo, pese a tener recursos de investigación superiores en términos de tecnología y acceso a los materiales, muchos de nosotros pasamos por alto el trabajo de nuestros colegas radicados en México. Como editor de reseñas y lector de un journal académico en el centro de los Estados Unidos, puedo decir con tristeza y alarma que la gran mayoría de libros y ensayos sobre México que he leído en los últimos tres años rara vez citan el trabajo de la academia mexicana. Todo esto, por supuesto, sin considerar que también existe un mexicanismo robusto en varios países de Europa y de Latinoamérica, algo que pasa desapercibido desde la perspectiva de muchos de nosotros. He aquí la primera discontinuidad importante: el mexicanismo opera desde un conjunto de comunidades que, por razones de geografía, ideología, territorialidad institucional y acceso, no se lee entre sí. El grado de desconocimiento mutuo es tal que resulta imposible hablar incluso de un estado de la cuestión.
Más allá de razones puramente institucionales, esta falta de conocimiento mutuo tiene su origen en divergencias existentes respecto a las agendas de investigación. Varios ejemplos vienen a la mente. El más obvio radica en el desencuentro causado por el paradigma de los estudios culturales. Mientras en EEUU, los estudios culturales operan esencialmente desde programas de literatura, en las instituciones mexicanas opera o desde departamentos de ciencias sociales o desde programas interdisciplinarios. Como alguien educado en los dos lados de la barda, creo que hemos conceptualizado el debate entre estudios literarios y culturales desde una perspectiva excesivamente confrontativa. Aunque ciertamente existe la necesidad de descentrar la posición reificada de la ciudad letrada en la producción de conocimiento académico, también es cierto que la literatura es una forma epistemológica y cultural que se trasciende a si misma y que es un vehículo interpretativo útil para lecturas de la cultura en general. La visión confrontativa ha generado una discontinuidad pedagógica importante. Del lado norteamericano, es claro que, salvo iniciativas binacionales como la RLMC o el grupo UC Mexicanistas, la crítica académica se ocupa muy poco de los escritores más reconocidos en México. Ejemplo: Sergio Pitol y Juan Villoro nunca han sido traducidos al inglés y Villoro, pese a ser el autor más reconocido de su generación, ha suscitado apenas un puñado de estudios críticos. Por su parte, una parte considerable de la crítica y la producción literaria en México opera con gran desdén hacia producciones culturales no letradas. A diferencia, por ejemplo, de las literaturas del Caribe o del Cono Sur, la literatura mexicana ha avanzado más bien hacia una radicalización de posturas metaliterarias en su producción lo que, a su vez, ha generado en la crítica un auge de posturas formalistas y esteticistas que, fuera de aquellos espacios producidos en los escasos espacios interdisciplinarios, parecen regresar a una posición de predominancia. En la combinación de estos dos fenómenos encontramos uno de los problemas centrales del mexicanismo de cara al giro pedagógico: una importante falta de coincidencia respecto a la estructuración de un corpus común de discusión y debate académico. Aunque me parece importante resistir la idea de establecer un canon fijo, es fundamental reconocer que, en el mexicanismo actual, padecemos el problema opuesto: la carencia de un territorio intelectual común y la emergencia de posturas intelectualmente radicalizadas que descansan, innecesariamente a mi parecer, en el desdén y desinterés respecto a otras producciones culturales y críticas.
Un ejemplo final de las discontinuidades pedagógicas refleja bien este problema: la frontera. En años recientes, la frontera Norte ha emergido con gran fuerza como espacio icónico de debate hacia dentro del mexicanismo. Ciertamente existen razones para esto, desde una literatura vibrante e innovadora hasta una serie de fenómenos sociales que han adquirido gran relevancia en los últimos años: el narco, la maquila, los feminicidios y la migración. También es cierto que el enfoque en una región particular es un signo histórico del mexicanismo: sucedió en la reificación posrevolucionaria del imaginario del bajío como identidad nacional (pienso en las películas de charros), en la centralización de las clases urbanas populares de la ciudad de México como fuente de arquetipos (Cantinflas, Pepe el Toro, etc) e incluso en la marejada de interés crítico respecto a Chiapas en la estela del alzamiento zapatista. Este mecanismo, sin embargo, me parece que debe ser superado. La centralización de la frontera contribuye, al igual que las tendencias del pasado, a obscurecer las culturas y literaturas de otras regiones del país. Más aún, en la medida en que la frontera es un espacio de encuentro radical con las culturas regionales del suroeste norteamericano, esta centralización genera no sólo una subterritorializacion que corre el peligro de desconectar de la región a otros espacios del mexicanismo, sino también construye un sistema de conflaciones que tienen el potencial de dañar el estatus del mexicanismo, al subsumir sus agendas a disciplinas con las que necesitamos dialogar pero con las que sostenemos diferencias importantes: los chicano studies y los latino studies entre ellas.
Concluyo, ante todo, con una nota de optimismo. Existen algunos signos que permiten entrever una superación inicial de estas discontinuidades pedagógicas y parte de la intención de estos dos paneles está en dar un espacio a colegas que han trabajado de diversas maneras en esta dirección. Creo que existe un nuevo momento de intercambio académico entre México, Estados Unidos y Europa, donde egresados de programas doctorales de un lugar adquieren posiciones en otro. Asimismo, varios de nosotros hemos participado en un conjunto de iniciativas, como UC Mexicanistas, el grupo de estudios mexicanos del MLA o la Revista de literatura mexicana contemporánea, que han permitido una diversificación epistemológica del campo, así como espacios de contacto entre varios mexicanistas. Existen sin duda cosas por hacer. Una importante, por ejemplo, es crear una sección de LASa, algo que Ecuador y Paraguay tienen pero México no. Sin embargo, espero estos paneles sean un punto de partida para más espacios y diálogos y agradezco a los participantes aceptar nuestra invitación.
La evolución reciente del mercado editorial de la academia norteamericana ha resultado en una serie de acontecimientos que afectan de manera profunda el trabajo de todos aquellos que trabajamos en ella: una reducción en el interés y la viabilidad financiera de las monografías críticas, una reducción considerable de las series editoriales dedicadas de manera específica al estudio de la literatura y una reducción general de presupuestos de prensas y editoriales, cuyo impacto afecta a las humanidades de manera desproporcionada. Hasta ahora, la principal respuesta de las humanidades a esta situación es lo que llamamos, al convocar estos paneles, el “giro pedagógico”, un creciente desplazamiento de la publicación académica hacia instrumentos más enfocados a la enseñanza que a la diseminación del trabajo investigativo: manuales, “readers”, companions, etc. Una de las razones detrás de la convocatoria de dos paneles de mexicanistas en torno a esta cuestión radica en el hecho de que, más allá de los signos de alarma respecto a nuestra profesión, esta tendencia aporta una cantidad interesante de oportunidades que, a mi parecer, han sido desaprovechadas casi por completo por nuestro campo. Algunos colegas de estos paneles hablaran de estas continuidades. Yo comenzaré por enfocarme en lo que llamo “discontinuidades pedagógicas”, una serie de problemáticas estructurales hacia dentro del mexicanismo literario y cultural, entendiendo “mexicanismo” como las comunidades de académicos que desde distintas academias nos dedicamos al estudio de México.
El mexicanismo opera desde una diversidad de espacios de enunciación cuya comunicación mutual es, en general, bastante deficiente. Aún cuando foros como este permiten el encuentro de miembros de distintos espacios, el trabajo de discusión cotidiana entre nosotros y de lectura mutual es, en el mejor de los casos, limitado, y en el peor, prejuicioso. Dentro de la infraestructura institucional mexicana, existen algunos fenómenos que contribuyen a este problema. Tanto las grandes instituciones del centro, como la UNAM y el Colmex, como las universidades de provincia, operan históricamente dentro de un esquema por momentos endogámico, donde algunos miembros de la academia estudian, trabajan y publican hacia dentro de su propia institución. En otras palabras, una persona puede concebiblemente estudiar, digamos, en la Autónoma de Puebla, obtener una plaza de profesor ahí mismo y después publicar de manera casi exclusiva en las revistas y en la dirección de Fomento editorial de la institución. Sin dejar de reconocer excepciones, y sin dejar de reconocer que este sistema ha permitido una productividad académica sin par en América Latina, también es cierto que esto ha producido una cultura en la cual muchos académicos mexicanos recelan de la producción académica externa a México y, en los peores casos, externa a su institución. Resulta sumamente fácil encontrar estudios académicos sobre literatura mexicana publicados en la UNAM o el Colmex que prácticamente ignoran los trabajos de académicos fuera de México e incluso de aquellos que radican en universidades de provincia. De manera similar, la academia norteamericana tiene un conjunto de culturas que operan de manera semejante. Las estructuras del saber creadas por los procesos de tenure inciden de manera directa en la evaluación de muchos académicos en torno a la producción cultural en México. En México, como sabemos, una parte considerable de la crítica literaria y cultural se da en espacios no académicos, como revistas y suplementos culturales, mientras que un número importante de libros de crítica suelen estar más cercanos al ensayo que al paper. Asimismo, pese a tener recursos de investigación superiores en términos de tecnología y acceso a los materiales, muchos de nosotros pasamos por alto el trabajo de nuestros colegas radicados en México. Como editor de reseñas y lector de un journal académico en el centro de los Estados Unidos, puedo decir con tristeza y alarma que la gran mayoría de libros y ensayos sobre México que he leído en los últimos tres años rara vez citan el trabajo de la academia mexicana. Todo esto, por supuesto, sin considerar que también existe un mexicanismo robusto en varios países de Europa y de Latinoamérica, algo que pasa desapercibido desde la perspectiva de muchos de nosotros. He aquí la primera discontinuidad importante: el mexicanismo opera desde un conjunto de comunidades que, por razones de geografía, ideología, territorialidad institucional y acceso, no se lee entre sí. El grado de desconocimiento mutuo es tal que resulta imposible hablar incluso de un estado de la cuestión.
Más allá de razones puramente institucionales, esta falta de conocimiento mutuo tiene su origen en divergencias existentes respecto a las agendas de investigación. Varios ejemplos vienen a la mente. El más obvio radica en el desencuentro causado por el paradigma de los estudios culturales. Mientras en EEUU, los estudios culturales operan esencialmente desde programas de literatura, en las instituciones mexicanas opera o desde departamentos de ciencias sociales o desde programas interdisciplinarios. Como alguien educado en los dos lados de la barda, creo que hemos conceptualizado el debate entre estudios literarios y culturales desde una perspectiva excesivamente confrontativa. Aunque ciertamente existe la necesidad de descentrar la posición reificada de la ciudad letrada en la producción de conocimiento académico, también es cierto que la literatura es una forma epistemológica y cultural que se trasciende a si misma y que es un vehículo interpretativo útil para lecturas de la cultura en general. La visión confrontativa ha generado una discontinuidad pedagógica importante. Del lado norteamericano, es claro que, salvo iniciativas binacionales como la RLMC o el grupo UC Mexicanistas, la crítica académica se ocupa muy poco de los escritores más reconocidos en México. Ejemplo: Sergio Pitol y Juan Villoro nunca han sido traducidos al inglés y Villoro, pese a ser el autor más reconocido de su generación, ha suscitado apenas un puñado de estudios críticos. Por su parte, una parte considerable de la crítica y la producción literaria en México opera con gran desdén hacia producciones culturales no letradas. A diferencia, por ejemplo, de las literaturas del Caribe o del Cono Sur, la literatura mexicana ha avanzado más bien hacia una radicalización de posturas metaliterarias en su producción lo que, a su vez, ha generado en la crítica un auge de posturas formalistas y esteticistas que, fuera de aquellos espacios producidos en los escasos espacios interdisciplinarios, parecen regresar a una posición de predominancia. En la combinación de estos dos fenómenos encontramos uno de los problemas centrales del mexicanismo de cara al giro pedagógico: una importante falta de coincidencia respecto a la estructuración de un corpus común de discusión y debate académico. Aunque me parece importante resistir la idea de establecer un canon fijo, es fundamental reconocer que, en el mexicanismo actual, padecemos el problema opuesto: la carencia de un territorio intelectual común y la emergencia de posturas intelectualmente radicalizadas que descansan, innecesariamente a mi parecer, en el desdén y desinterés respecto a otras producciones culturales y críticas.
Un ejemplo final de las discontinuidades pedagógicas refleja bien este problema: la frontera. En años recientes, la frontera Norte ha emergido con gran fuerza como espacio icónico de debate hacia dentro del mexicanismo. Ciertamente existen razones para esto, desde una literatura vibrante e innovadora hasta una serie de fenómenos sociales que han adquirido gran relevancia en los últimos años: el narco, la maquila, los feminicidios y la migración. También es cierto que el enfoque en una región particular es un signo histórico del mexicanismo: sucedió en la reificación posrevolucionaria del imaginario del bajío como identidad nacional (pienso en las películas de charros), en la centralización de las clases urbanas populares de la ciudad de México como fuente de arquetipos (Cantinflas, Pepe el Toro, etc) e incluso en la marejada de interés crítico respecto a Chiapas en la estela del alzamiento zapatista. Este mecanismo, sin embargo, me parece que debe ser superado. La centralización de la frontera contribuye, al igual que las tendencias del pasado, a obscurecer las culturas y literaturas de otras regiones del país. Más aún, en la medida en que la frontera es un espacio de encuentro radical con las culturas regionales del suroeste norteamericano, esta centralización genera no sólo una subterritorializacion que corre el peligro de desconectar de la región a otros espacios del mexicanismo, sino también construye un sistema de conflaciones que tienen el potencial de dañar el estatus del mexicanismo, al subsumir sus agendas a disciplinas con las que necesitamos dialogar pero con las que sostenemos diferencias importantes: los chicano studies y los latino studies entre ellas.
Concluyo, ante todo, con una nota de optimismo. Existen algunos signos que permiten entrever una superación inicial de estas discontinuidades pedagógicas y parte de la intención de estos dos paneles está en dar un espacio a colegas que han trabajado de diversas maneras en esta dirección. Creo que existe un nuevo momento de intercambio académico entre México, Estados Unidos y Europa, donde egresados de programas doctorales de un lugar adquieren posiciones en otro. Asimismo, varios de nosotros hemos participado en un conjunto de iniciativas, como UC Mexicanistas, el grupo de estudios mexicanos del MLA o la Revista de literatura mexicana contemporánea, que han permitido una diversificación epistemológica del campo, así como espacios de contacto entre varios mexicanistas. Existen sin duda cosas por hacer. Una importante, por ejemplo, es crear una sección de LASa, algo que Ecuador y Paraguay tienen pero México no. Sin embargo, espero estos paneles sean un punto de partida para más espacios y diálogos y agradezco a los participantes aceptar nuestra invitación.
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