Sunday, November 8, 2009

La ciencia ficción y la reconfiguración de la literatura mexicana. El caso de Bernardo Fernández BEF

Este paper lo presenté el sábado 7 de noviembre en el congreso MACHL en la Universidad de Kansas. Agradezco a Hernán García por la invitación y a Santa Arias, Danny J. Anderson y Stuart Day, asi como al departamento de español y portugués, por su generosidad como anfitriones.


En “La bestia ha muerto”, cuento incluido en su libro El llanto de los niños muertos, el escritor mexicano Bernando Fernández nos enfrenta a una peculiar escena, fechada en 1872: “La campanilla de bronce del cerebro mecánico repiqueteó, arrancando al principe de Salm Salm del reporte de seguridad que leía. En la pantalla estérica, que tanto le recordaba una escafandra de submarinista, se leía que una epístola eléctirca había llegado”. El príncipe de Salm Salm es Maximiliano de Habsburgo, reinando México desde el Castillo de Chapultepec, junto a una pantalla electrónica que se lee “1863-1873. Diez Años de Prosperidad”. “La bestia ha muerto” pertenece a un género muy preciso de la ciencia ficción, el steampunk, definida por ubicar elementos tecnológicos futuristas en escenarios históricos o literarios del siglo XIX. Iniciado en 1979 por la novela Morlock Night de K.W. Jeter, quien acuñó el término, el género ha tenido representantes de renombre en el ámbito anglosajón, incluyendo a Alan Moore, autor de comics de culto, cuyo League of Extraordinary Gentlemen ubica personajes literarios del siglo XIX en una distopia tecnológica que, posteriormente, fue adaptada al cine con poco éxito.

Ciertamente, un análisis de este texto podría comenzar por rastrear si, de hecho, es la primera manifestación del género en México, pero creo que esta cuestión es más bien irrelevante. Una de las limitaciones que uno encuentra en el estudio de la ciencia ficción en América Latina radica en la gran cantidad de textos dedicados a la simple declaración de existencia: formas críticas que identifican textos de algún género menor y consideran esta identificación el fin último de la lectura académica. Sin embargo, lo notable de “La bestia ha muerto” y de la obra de Bernardo Fernández, conocido por cierto en el medio como BEF, no es su mera existencia. A fin de cuentas, para 2004, año de publicación de este libro, la literatura mexicana cuenta ya con dos generaciones hechas y derechas de autores de ciencia ficción, desde los recopilados a principios de los noventa en los tres tomos de la antología Más allá de lo imaginado hasta la vital producción de un creciente número de autores menores de cuarenta años dedicados a la escritura de obras literarias y gráficas en los géneros de la ciencia ficción. El problema más bien radica en la ausencia de lenguajes críticos para la aproximación a la ciencia ficción mexicana qua literatura. A pesar de la creciente presencia del género en los ámbitos culturales, contraculturales y subculturales de México y América Latina, no existen formas discernibles de hermenéutica textual que permitan la identificación de las especificidades culturales del género en el país y la región ni cartografías de sentido para el estudio de las conexiones significativas entre la ciencia ficción y otros ámbitos del campo literario y del campo de producción cultural.

La obra de BEF es un punto privilegiado de articulación de una perspectiva crítica en torno a la ciencia ficción por varias razones. La primera radica en su inusitada capacidad de operar como agente cultural hacia dentro de las instituciones literarias mexicanas. Dicho de otro modo, lo que destaca de BEF no es que sea un autor de ciencia ficción, sino el hecho de que su obra funcione en circuitos de distribución cultural que, hasta hace muy poco eran inaccesibles para los autores de ficciones en los llamados “géneros menores”. El llanto de los niños muertos, por ejemplo, fue publicado por Tierra Adentro, una serie editorial financiada por el Estado, mientras que otros de sus libros han sido publicados por prensas literarias como Almadía y Joaquín Mortiz. El ingreso decisivo de textos de ciencia ficción a espacios de circulación tradicionalmente reservados a obras definidas por criterios de validación estética apunta hacia una transformación tanto de la noción de “escritor” dentro del medio literario mexicano como a la relación entre la literatura y la configuración de identidades y memorias históricas.

La escena inicial de “La bestia ha muerto” nos da algunas claves al respecto. La elección del conflicto entre Maximiliano y Juárez como escena a recrear desde el lenguaje steampunk no es casual. Por un lado, el texto nos confronta con el momento fundacional de la nación liberal moderna: la derrota decisiva de los conservadores decimonónicos y el triunfo del juarismo que sienta las bases del Estado mexicano. Por otro, el cuento se plantea como la reescritura de un espacio histórico abordado por una novela canónica, Noticias del Imperio de Fernando del Paso. Esta doble articulación de la escena histórica elegida por BEF le permite una intervención en un espacio de doble canonicidad, la reescritura simultánea de la historia política y de la historia literaria. El steampunk, entonces, puede entenderse como un espacio de irrupción tanto en la memoria colectiva de la nación y como en los mecanismos de emergencia y reproducción de dicha memoria. El steampunk opera, tal y como lo definió Linda Hutcheon para la metaficción historiográfica, en la paradoja existente entre la realidad del pasado y la capacidad de accederlo textualmente. De esta manera, BEF rompe con el pacto de verdad y el efecto de realidad que componen la base de la novela histórica, al utilizar, tal como hace la ciencia ficción tradicional, a la tecnología como instrumento de reflexión privilegiado en torno al poder. Precisamente, al introducir la tecnología futurista en el escenario decimonónico, BEF obtiene un doble efecto. Ante la historia, el extrañamiento tecnológico produce una suerte de distanciamiento brechtiano donde las estructuras del poder del Imperio mexicano se develan a partir de una serie de artefactos de fuertes connotaciones fascistas, como la omnipresencia del emperador en pantallas electrónicas a lo largo del país. Ante la literatura, la ruptura con el pacto de realidad rompe con una función social de la narrativa fundada en la configuración de lo que Frederic Jameson llamó “alegorías nacionales”. Con esto, “La bestia ha muerto” otorga en la recreación histórica de México un espacio a lo que Steffen Hantke, reflexionando sobre la apropiación de la época victoriana en el steampunk anglosajón, llama “el margen caótico, reprimido e incontrolable” de la historia.

Una de las características genéricas del steampunk radica en la proyección del pasado ficcionalizado hacia elementos del futuro. En estos términos, algunos críticos del género han propuesto una suerte de vuelta a Jameson, donde la fijación del género con el pasado presupone el regreso de un inconsciente político manifestado en las articulaciones alegóricas de la ciencia ficción. La comprensión de lo histórico como alegoría del presente sin duda puede ofrecer algunas claves interpretativas de textos como “La bestia ha muerto”. De hecho, el slogan de “diez años de progreso” que decora el palacio de Chapultepec recuerda sin duda la propaganda nacional y municipal que puebla los espacios publicitarios de México. Sin embargo, la lectura alegórica debe ser resistida si hemos de entender el funcionamiento preciso de los géneros de ciencia ficción. Aquí viene a cuento el hecho de que la obra de BEF opera en una serie de registros varios de los géneros de ciencia ficción. Incluso dejando de lado su trabajo en la novela gráfica, que requeriría una presentación distinta, El llanto de los niños muertos se caracteriza por una cierta pluralidad genérica: Tenemos así narrativas del Apocalipsis como “Las últimas horas de los últimos días”, textos escritos bajo los cánones clásicos del cyberpunk, textos fantásticos sobre la ciencia nazi y una incursión de tintes rulfianos en la licantropía. Al explorar una cartografía de géneros, BEF juega en el contexto del campo literario un rol distinto al de un escritor subcultural, cuyo fin último radica en el avance de las reglas específicas del género. Privilegiar la lectura alegórica de sus textos, leerlos solamente desde el contenido, oscurece una interrogante fundamental respecto a la ciencia ficción en México: sus conexiones al medio literario.

Aunque la cultura punk ha encontrado un auge importante dentro de los territorios de la cultura juvenil en México, no hay que olvidar el hecho de que la escritura de BEF no opera en este registro. A diferencia del steampunk y el cyberpunk anglosajones, no existe ni una comunidad significativa de lectores que permita la formación de textualidades de culto por fuera de los circuitos literarios tradicionales ni una subcultura que le otorgue a los trabajos de BEF una significación performativa que le permita la transformación del archivo literario en repertorio de lo social. La obra de BEF, ante todo, es un dispositivo cuyo significado se encuentra constreñido por un medio literario que ha perdido gradualmente una conexión con la esfera pública. En este sentido, la narrativa de BEF funciona en dos coordenadas distintas como intento de articulación de formas alternativas de enmarcamiento de la práctica literaria en el medio literario post-priísta. Por un lado, el trabajo genérico de BEF con un amplio abanico de géneros menores se basa en la necesidad de redefinición de literatura más allá de los estrechos parámetros definidos tanto por el aún persistente legado nacionalista como por las perniciosas estéticas autorreferenciales nacidas del sofisticado sistema de becas, premios y subvenciones que provee las condiciones materiales mismas de la producción literaria en México. En otras palabras, “La bestia ha muerto” no es solo una recreación alegórica del pasado juarista –equivalente mexicano del victorianismo inglés. Se trata también de una reinvención literaria de un momento de reformulación del canon literario mexicano, representado por Noticias del Imperio. La exploración genérica es una estrategia de intervención y vaciamiento del canon, cuya función es poner de manifiesto, a través de las artificialidades y convenciones de la ciencia ficción, los límites estéticos y técnicos de lo géneros que han definido la escritura en México.

En “La bestia ha muerto”, el recurso a la tecnología permite el vaciamiento de los modos de representación histórica. La escena inicial se funda en la recepción de una misiva: Maximiliano es informado de la muerte de Juárez. Sin embargo, en una escena definida, en cita casi directa a Del Paso, por la locura de Carlota, Maximiliano es derrotado por la repentina aparición de Juárez en las pantallas electrónicas de la ciudad. La aparición de Juárez provoca un levantamiento que termina con el Imperio. Sin embargo, aprendemos de los diarios de Sebastián Lerdo de Tejada, fechados en 1899, que Juárez, en realidad, sí estaba muerto físicamente. Su retorno se debió a la exitosa digitalización de su persona, que le permite re-emerger como sujeto virtual. Lerdo de Tejada logra esta victoria política gracias a la ayuda de un doctor francés llamado Charcot, cuyo nombre real es develado al final del diario: Sigmund Freud. En esta trama observamos un punto histórico alegórico: la emergencia real de Juárez como ícono independientemente de su muerte física. Sin embargo, lo interesante aquí es el mecanismo. El planteamiento del psicoanálisis como tecnología de mitificación del sujeto permite a BEF el socavamiento de los mecanismos psicológicos de construcción del protagonista de la novela histórica. Si leemos una novela histórica tradicional sobre Juárez, como la reciente Juárez, el rostro de piedra de Eduardo Antonio Parra, queda claro que el recurso central de la novela radica en la humanización del personaje histórico, en la representación individualizada de Juárez desde las dimensiones únicas de su vida interior. En “La bestia ha muerto” encontramos el efecto contrario: un procedimiento donde la deshumanización o, mejor dicho, la post-humanización de Juárez como sujeto Cyborg vía la digitalización es la condición de posibilidad de su emergencia como ícono. La novela histórica, género de memoria y nostalgia, se basa en la ampliación del efecto de realidad de la historia en tanto narrativa al llenar sus vacíos semánticos con intervenciones significativas. El steampunk, género post-nostálgico y contracultural, destruye ese mismo efecto de realidad al utilizar la metáfora tecnológica como representación de sus mecanismos de poder. Al otorgarle a la digitalización Cyborg el nombre de Sigmund Freud, BEF borra en un gesto la legitimidad del discurso psicoanalítico como mecanismo de construcción de lo literario.

Para concluir esta reflexión, quisiera recapitular algunos de los puntos que, a mi parecer, pueden conducir el estudio de la ciencia ficción mexicana y latinoamericana hacia categorías críticas que trasciendan la simple tipología y permitan la interpretación de sus densidades simbólicas y culturales. Primero, me parece esencial la ubicación de la ciencia ficción en los mapas institucionales y cognitivos de las literaturas nacionales y regionales. Ante la ausencia o, por lo menos, la poca presencia pública de comunidades subculturales que le otorguen al género la significación social que tiene su contraparte estadounidense, resulta fundamental pensar de manera detallada y rigurosa el rol que los géneros de la ciencia ficción juegan en las economías de bienes simbólicos que los generan. Segundo, en un ámbito altamente institucionalizado como el mexicano, en el cual el escritor mantiene una relación íntima con una compleja red de prácticas materiales de la cultura, resulta esencial comprender el impacto que un escritor como BEF tiene en la noción misma de autor. Lo interesante no es el carácter contracultural de su obra, sino que alguien como él, inmerso en medios poco tradicionales como el cómic y la ciencia ficción, opere en los mismos espacios culturales y editoriales que los escritores de géneros tradicionales. Un ejemplo de esto es la inclusión de un cuento de BEF en la antología Grandes Hits vol I de Tryno Maldonado, cuyo intento fue la compilación de los autores más representativos de la generación nacida en los setenta. El hecho de que un autor como BEF aparezca en un texto de esta naturaleza con un cuento que narra las peripecias de un inmigrante ilegal a Marte habla tanto de una transformación en torno a los oficios escriturales en la generación joven como a una importante redefinición de lo que constituye literatura “canónica” y “representativa”. Para ponerlo en términos de Pierre Bourdieu, es necesario comprender las formas en que la transformación del habitus del escritor en México, del que la ciencia ficción toma parte, contribuyen a un realineamiento institucional de las estéticas literarias. Finalmente, en la medida en que la ciencia ficción en México es, ante todo, una práctica literaria, las relaciones del género con las estéticas del canon es esencial para comprender su posicionamiento en relación a lo que Antonio Cándido solía llamar el sistema literario. La obra de BEF tiene citas constantes a Del Paso, a Rulfo, a la narconarrativa, entre otros. La relación consciente con el canon tiene mucho que decirnos en torno a las apuestas de esta narrativa y creo que la crítica literaria debe desarrollar una comprensión más orgánica de los lazos entre la ciencia ficción y otras manifestaciones de la literatura. Esta tarea me parece crucial, ante la proliferación de escritores cuyas estéticas comienzan a poner en cuestión los presupuestos de la literatura mexicana: la literatura fantástica de Alberto Chimal y otros; el feminismo de la forma de Cristina Rivera Garza, el regreso a la fábula de Yuri Herrera, entre otros. Si no entendemos a la ciencia ficción como parte de un momento de reformulación de la literatura en general corremos el riesgo de dejar de lado la promesa estética y política de “La bestia ha muerto”: una modo de re-imaginar la historia fuera de los marcos discursivos y los poderes fácticos de una literatura que se ha repetido a sí mismo en demasía.

Tuesday, October 27, 2009

¡Naciones intelectuales!


Mi libro Naciones intelectuales. Las fundaciones de la modernidad literaria mexicana (1917-1959) ha aparecido finalmente. Es el resultado de siete años de trabajo y un intento de redibujar lo que entendemos por literatura mexicana posrevolucionaria sacando las producciones del priísmo y del nacionalismo revolucionario del centro. Con un trabajo sociológico inspirado en la obra de Pierre Bourdieu, el libro imagina una nueva interpretación de la literatura mexicana protagonizada por el joven Reyes, Jorge Cuesta, José Gaos y los hiperiones, entre otros. Dejo abajo la ficha del libro y la descripción editorial. Por cierto, si están interesados en adquirirlo, por el momento se consigue por Purdue University Press y Amazon, entre otras tiendas electrónicas en EEUU y espero conseguir un mecanismo de distribución en México.

Ignacio M. Sánchez Prado. Naciones intelectuales. Las fundaciones de la modernidad literaria mexicana. Purdue Studies in Romance Literatures 47. West Lafayette, IN: Purdue University Press, 2009.

n Naciones intelectuales, Ignacio M. Sánchez Prado explora los procesos y obras que sentaron las bases de una nueva modernidad literaria en la estela de la Revolución Mexicana. Enfocándose en un periodo que va de la firma de la Constitución de 1917 al deceso de Alfonso Reyes en 1959, Sánchez Prado centra su análisis en la forma en que cuatro elementos de la práctica cultural mexicana—la noción de literatura, la figura del intelectual, la creación de instituciones académicas y la definición de identidad nacional—emergieron a partir de distintos debates sostenidos por las figuras más importantes del periodo. A través de una apropiación de la noción de “campo literario” de Pierre Bourdieu, el libro analiza varios momentos clave, controversias e intervenciones culturales, las cuáles condujeron en última instancia la transformación del diverso espectro estético creado por la Revolución en un sistema literario altamente institucional. El trabajo de Sánchez Prado confronta un amplio conjunto de escritores, incluyendo Alfonso Reyes, Jorge Cuesta, Manuel Maples Arce, Ramón López Velarde, Francisco Monterde, José Gaos, los filósofos del Hiperión y Octavio Paz. Como resultado, este libro ofrece una cartografía de las instituciones literarias mexicanas de un rango sin precedentes, que permitirá a lectores, estudiantes y académicos comprender la construcción de la literatura mexicana moderna de manera clara, rigurosa y sistemática.

“Analizando y reconstruyendo de forma cuidadosa la evolución del contexto institucional de la vida intelectual mexicana del siglo XX, el autor de Naciones intelectuales realiza una importante revisión de varios momentos clave en su historia intelectual y literaria, empezando con las vanguardias ... Entre otras cosas, este brillante ensayo constituye un esfuerzo poderoso por arrancar de una vez por todas algunos de los paradigmas, mitos y tópicos más persistentes en la representación de la identidad e historia intelectual mexicanas, en círculos eruditos tanto como populares.” —Sebastiaan Faber, Oberlin College

Ignacio M. Sánchez Prado, Washington University in Saint Louis, es autor de El canon y sus formas: La reinvención de Harold Bloom y sus lecturas hispanoamericanas (2002). Ha editado varias colecciones de artículos académicos, la más reciente de las cuales es El arte de la ironía: Carlos Monsiváis ante la crítica (2007; coeditado con Mabel Moraña). Ha publicado extensamente sobre literatura y cultura mexicana y sobre cuestiones de la relación entre construcción del canon, literatura mundial y escritura latinoamericana, en publicaciones como Casa de las Américas, Journal of Latin American Cultural Studies, Colorado Review of Hispanic Studies, Revista Canadiense de Estudios Hispánicos, Revista de Crítica Literaria Latinoamericana y Comparative Literature.

ISBN 978-1-55753-538-2 En español.
2009.Vol. 47. c. 320 pp. Rústica $43.95

Sunday, October 25, 2009

El sindrome de Golo


En el nuevo número de Tierra Adentro, se incluye mi texto "El síndrome de Golo", una lectura muy crítica de dos novelas, Los esclavos de Alberto Chimal y Temporada de caza para el león negro de Tryno Maldonado. No es tanto una reseña de los textos, sino una crítica del medio literario del que emergen novelas como estas. No publicaré la reseña completa en este blog, porque me parece importante apoyar la publicación comprándola. Está a la venta en Sanborn's por 50 pesos y, más allá de mi texto, hay varias valiosas intervenciones de escritores jóvenes. Sin embargo, para picar la curiosidad e invitar a la polémica, aquí van algunos fragmentitos:

  • En estos términos, la deficiencia central de Temporada de caza y Los esclavos, en tanto novelas sintomáticas de la narrativa mexicana reciente —y debo decir que una simple mirada a la antología Grandes Hits deja claro que el problema es más bien endémico— radica en sus intentos de tratar un tema —la deshumanización— cuya envergadura intelectual no es alcanzada por el restringido espectro estético y literario presente en estas novelas y en buena parte de la producción narrativa de los escritores jóvenes.
  • El punto aquí es que la abyección en estos dos libros no resulta del margen sino del centro. Estos libros gozan de la valida-ción de casas editoriales de renombre: Al-madía, una editorial de creciente prestigio nacional y Anagrama, una de las editoriales más prestigiosas e influyentes del medio hispano. Validadas institucionalmente, y escritas por autores nacidos y crecidosen una generación particularmente beneficiada por el proteccionismo cultural del Estado, estas novelas no pueden ser verdaderamente contraculturales. Resulta difícil pensar exactamente hacia dónde están dirigidas estas provocaciones, considerando que los catálogos editoriales de nuestros días están llenos de intentos superficiales de épater les bourgeoises. Ésta es una de las razones por las cuales el potencial inte- lectual de estas novelas, para parafrasear al viejo Marx, se desvanece en el aire.
  • Ambas novelas ejemplifican la forma en que el medio literario mexicano valida una noción estrecha de la literatura y lo literario que empuja incluso a sus mejores escritores a desconectarse radicalmente del mundo.

Tres notas sobre Herta Müller

En el aborregamiento producido por el Nobel, me senté a leer los tres libros de Müller traducidos al inglés y disponibles en mi biblioteca académica. Comparto aquí algunos pensamientos breves de la decepcionante lectura:

- Herta Müller representa el nuevo provincialismo europeo en su vena más mediocre: una literatura narcisista, enfocada en pequeñeces históricas y con una noción muy malentendida de política literaria. El Nobel nos ha obsequiado antes un regalo similar: Imre Kertesz, otro autor monotemático, aburrido, inmiscuido hasta la náusea con una obsesión provincial europea (en este caso una representación literaria restringidísima del Holocausto). El provincialismo en sí mismo no es malo. Ciertamente, Estados Unidos produce literatura provincial de altísima factura. Y el contraste con Joyce Carol Oates viene a la mente. Oates, quien nunca ganará el Nobel si se mantiene el radical antiamericanismo de la Academia Sueca, es sin duda una escritora provincial, pero cualquiera de sus novelas supera en profundidad humana y factura estética los libros de Herta Müller.

- Llamativo entonces que se le haya dado el Nobel a Müller un año después que Horace Engdahl criticara el provincialismo de los Estados Unidos. A partir de ahí comenzó una era nefasta para el Nobel. El año pasado se premió a Le Clezio, autor de una literatura de superación personal con disfraz cosmopolita para aquellos que creen que Paulo Coelho es alta literatura. Este año, una autora rara y monotemática cuyo rango de acción es restringido. Los suecos han puesto en el centro de la literatura europea, en años sucesivos, su peor cosmopolitismo (el exotismo barato que era anacrócnico ya las japonerías decimonónicas de Pierre Loti) y su peor provincialismo (una literatura bienpensante y barata sobre experiencias autoritarias, superada por casi cualquier otra tradición sobre el tema, como la posdictadura sudamericana).

- Müller representa otro malentendido, ese residuo de la teoría sesentera llamado escritura femenina. La narrativa de Müller descansa en la premisa, que es ya más bien un cliché, de la configuración de lo público en el espacio de lo privado. El Nobel a Müller constituye una voluntad de encasillamiento a perpetuidad de una "literatura femenina" que limita las escritoras a formas validadas por momentos del pensamiento feminista que tuvieron su último momento de relevancia en la obra intermedia de Helene Cixous. Hoy en día, el ensalzamiento de Müller muestra lo mal que se entiende la literatura escrita por mujeres qua literatura, y nos recuerda el triste encasillamiento que las escritoras sufren aún en el siglo XXI.

Thursday, October 22, 2009

Los estudios culturales en la estela de la institucionalización

La revista electrónica A Contracorriente ha publicado mi larga reseña sobre el estupendo diccionario de estudios culturales latinoamericanos editado por Robert Irwin y Mónica Szurmuk y publicado por Siglo XXI. Aparte de recomendar el libro, les recomiendo que lean mi texto, que puede encontrarse en este link

Una muestra de la reseña:

Una vez hecho el necesario catálogo de limitaciones, es posible afirmar que las muchas virtudes del libro, que intentaré discutir en el resto de este ensayo, superan por mucho a las posibles objeciones que se puedan hacer contra él. El Diccionario de estudios culturales latinoamericanos es uno de los volúmenes más completos e importantes sobre el tema disponibles en el mercado editorial y no me queda duda alguna que está destinado a convertirse en uno de los instrumentos privilegiados de enseñanza    del    campo    en    las    instituciones    norteamericanas    y latinoamericanas. Un simple vistazo a la excelente introducción de Irwin y Szurmuk deja constancia de esto. El texto, titulado simplemente “Presentación”, está dividido en tres secciones: “Genealogías”, “Los espacios de los estudios culturales latinoamericanos” y “Polémicas y debates”. La primera sección plantea los cuatro orígenes mencionados anteriormente (el ensayo, las tradiciones europeas, la academia norteamericana y el eje “sur-sur”) y después dedica, posiblemente debido a que Irwin es mexicanista, Szurmuk trabaja en México, y el libro se ha publicado en ese país, una sección a los estudios culturales mexicanos, enfocado en la presencia de figuras fundacionales como Martín-Barbero, Rossana Reguillo y Valenzuela Arce en el campo académico del país. La segunda sección se ocupa de las ubicaciones académicas de los estudios culturales latinoamericanos, así como las distintas funciones que han ejercido tanto en el contexto norteamericano como en el latinoamericano. En esta sección, Irwin y Szurmuk enfatizan varias capas de la práctica englobada bajo el nombre de “estudios culturales”: crítica cultural, gestión cultural, pedagogía, formación escolar desde el nivel primario hasta el universitario, interdisciplinareidad y transdisciplinareidad, y la emergencia de temas dejados de lado por la práctica intelectual tradicional, como la cultura popular y el género. Finalmente, la tercera sección enfatiza sobre todo cuatro polémicas en la formación de los “estudios culturales”: el problema de la formación metodológica de sus practicantes frente a las culturas intelectuales de las disciplinas tradicionales; la continua asimetría entre Norte y Sur que tiende a privilegiar la producción en inglés y los espacios académicos del Norte; la legitimidad de América Latina como espacio de producción de teoría y no sólo como objeto de estudio y la difícil relación entre lo latinoamericano y lo latino, entendido esto último en relación a la(s) cultura(s) de los hispanohablantes y sus descendientes en los Estados Unidos. Como podemos ver a partir de este resumen, Irwin y Szurmuk ofrecen un conciso y valioso panorama de la disciplina, una suerte de estado de la cuestión basado en la multiplicidad de genealogías y territorios del campo. Esta presentación es, a mi parecer, uno de los textos introductorios de mayor valor pedagógico y crítico en la bibliografía existente.

Sunday, October 18, 2009

Cosmopolitan Erasures: Alfonso Reyes and the Discourse of Empire

esta es una ponencia que presenté el año pasado en el MLA y es la semilla de un proyecto largo sobre Reyes que emprenderé el año próximo. Agradezco a Roberto Ignacio Díaz la oportunidad de presentarla en un panel de cosmopolitismo

Early in his oft-cited 1917 text Visión de Anahuac, Alfonso Reyes complains about Latin America’s inexorable ties with landscape and nature. “The American traveler,” Reyes writes, “is sentenced to having Europeans asking him if there are many trees in America.” Reyes replies with a provocative and quite meaningful answer: “We would surprise them by speaking of an American Castille taller than theirs, more harmonious, definitely less sour […] where the air shines like a mirror and a permanent autumn is enjoyed. The Castilian plains suggest ascetic thoughts: the Valley of Mexico, rather, sober and easy thoughts. What one wins in tragedy, the other does in plastic firmness.” (15). A careful reading of this passage shows the deployment of a strategy that Alfonso Reyes will constantly use in his early writings, a curious and unique cosmopolitan speech that, to use Dipesh Chakrabarty’s term, provincializes Europe in its very act of enunciation. It is quite meaningful that the speaker is “el viajero Americano”, the American traveler, a deliberate inversion of the quintaessential Imperial traveler, embodied in Visión de Anahuac both by Bernal Díaz del Castillo and by Alexander Von Humboldt. The perspective of the traveler is crucial here, since, as scholars from Edward Said to Mary-Louis Pratt have shown, the different epistemological structures at play in the imperial gaze of the traveler are at the basis of the Colonial enterprise. By appropriating the figure of the traveler, one of the cornerstones in all imperial ideologies of cosmopolitanism, Reyes achieves a foundational act for all XXth century Latin American anticolonial stances: a definitive break with the reified viewpoint of European epistemology. “Visión” thus becomes the first in a long series of arguments that claim position akin to the “American traveler” in order to deconstruct the scaffolds of imperial reason. This tradition is well-known for any Latin Americanist: Reyes’s own Presagio de América, O’Gorman’s La invención de América, Enrique Dussel’s 1492, el encubrimiento del otro and Santiago Castro Gomez’s Crítica de la razón latinoamericana and even novels like Juan José Saer’s El entenado and César Aira’s Un episodio en la vida de un pinto viajero make use of it. In the early stance represented by the passage quoted above, we can see how Reyes inverts a scale of values that, in 1917, still held Spain at the core of the Hispanic tradition: the American Castille, more armonious and less sour, is more prone to sober thought than the “tragic” (meaning vulgar) and excessively ascetic plains of the Iberian Castilla. The question about America’s nature, the many trees imagined by Reyes’s European interlocutors, becomes an excuse to exalt Latin American culture and civilization beyond the naturalist paradigm imposed by Humboldt. This rhetorical device, the Latin American traveler responding to the hypothetical question of a European counterpart, is of such power that it will become an oft-recurred device in the Latin American essay tradition. For instance, Roberto Fernández Retamar uses the very same device at the outset of Caliban, his argument on the existence of a Latin American culture questioned by his archetypical European journalist. The response to such questions becomes an opportunity to claim, through the act of enunciation, the cultural citizenship that Reyes himself put at the center f his latter text “Notas sobre la inteligencia Americana”. Thus, in Visión de Anahuac, Reyes discards the characterization of America as “virgin jungle” or as a “mandatory topic of inspiration in the Old World”, which “inspires the Chateaubriand’s verbal enthusiasms”. Rather, Reyes argues, the most iconic landscape is that of Anahuac, the semidesertic Valley of Mexico that opposes an almost neoclassical sobriety to the romantic lusciousness of the imagined jungle, aimage that claims for America an “alert will and clear thought” against the civilization-versus-barbarism paradigm represented by the jungle in the cultural economy of Imperial reason.
The figure of the traveler that I have explored up to this point intersects with the reformulation of an idea that, at least since the dawn of the liberal tradition in the independence, has been at the core of many Latin American anticolonial arguments. Cosmopolitanism in Latin America is, first and foremost, the claim to a universal cultural citizenship, an attempt to overcome the cultural economy of coloniality by the exercise of worldliness. When talking about the writers of Spanish American modernismo, Gerard Aching has made a similar point: “Cosmopolitanism was the discourse that they used to differentiate themselves from former colonial power insofar as that differentiation gave them access to an equal status, to a prestige that was on par to that of former colonizers” (21). Aching’s assertion is correct in pointing out the impasse implicit in a strategy that resists the culture of the colonizer while legitimizing its reified status. However, our understanding of Latin American cosmopolitanism in these terms presents a somewhat limited account of the role played by European culture in anticolonial and countercolonial intellectual practices in the turn of the century. When reading Latin American cosmopolitanism through the work of writers like Reyes, three limitations arise. First, cosmopolitanism is, by and large, understood in terms of a binary opposition, where nationalism or regionalism appears as the opposing term. In my view, this opposition merely reproduces the terms presented of debates within the literary field of certain Latin American literary periods, such as the Boedo versus Florida controversy in Argentina or the virility debate in post-Revolutionary Mexico. I would rather contend that cosmopolitanism emerges in Latin America as an assertion of the nation and the region, where the right to exercise culture at large in the Western world operates as the affirmation of intellectual and political sovereignty vis-á-vis the colonial understanding of America as a continent without history. While Reyes’s early education happened under the aegis of Porfirian modernismo, his most important claims to universalism were the result of the Mexican Revolution. Visión de Anahuac is an obvious example here, but not the only one. His attempt to claim “el latín para las izquierdas” in the 1930s or his extensive Hellenistic work in the 1950s consistently pointed towards the idea that, insofar as the legacies national and regional culture lie partly in Western cultural heritage, a truly universal American culture had to establish a critical engagement with it. Reyes, of course, is far from being the only iconic instance of this idea: Borges’s engagements with Argentinian culture in the context of what Beatriz Sarlo has called “Peripheral Modernity” or the antropophagic ventures of the Brazilian avant-garde operate in a similar way.
Secondly, since cosmopolitan discourse in Latin America is enunciated from a culturally localized geohistorical site, the fact that the exercise of Western culture is configured by the strategic nature of its appropriations must not be overlooked. The understanding of cosmopolitanism in terms of influence or, to use Franco Moretti’s language, in terms of waves, leaves aside the fact that different intellectual practices construct different canons of Western Culture. Furthermore, the strategic appropriations of European figures and authors not as prominent in Europe itself are a crucial feature of cosmopolitan practice. I have called this elsewhere strategic Occidentalism, a form of minor cosmopolitanism that shows a particular preference for rare yet radical figures that allow critical breaks in the mainstream intellectual traditions of Latin America. The iconic example here is Rubén Darío’s literary canon as presented in Los raros, where his affinity for figures such as Lautremont or Leconte de Lisle. In the case of Reyes, I can underscore his little-known but quite important essay “La sonrisa”, where he proposes an ontology of revolutionary practice by the construction of a peculiar canon of political thought. Besides a quite revisionist reading of Hegel’s dialectic of the master and the slave, this texts give prominent roles to Spinoza’s theory of the affects, Etienne de la Boëtie’s notion of voluntary serfdom and Henri Bergson’s obscure treatise on laughter. While an in-depth analysis of this text would be the subject of a different talk altogether, the point here is that the intellectual archive deployed by Reyes considerably departs both from the mainstream European traditions of his time and from the philosophical prescriptions of positivists and revolutionaries. The forcefulness of his intellectual performance rests precisely on the way in which his unique framing of cosmopolitan cultural archives allows him to fully reformulate political theory and literary practice in the wake of the Mexican Revolution.
Finally, if we push the idea of cosmopolitanism as a discourse enunciated from a specific geohistorical site, then we can assert that such discourse produces a cultural gaze capable of “inventing Europe” in a sense similar to the Invention of America theorized by O’Gorman. Reyes’s conception of cosmopolitanism as the voice of the American traveler allows him to go into the Spanish metropolis and represent it through its provinces. In the chronicles gathered under the title Las vísperas de España we see many examples of assertions that empty Spain of its Imperial legacy. When chronicling a lecture by Eugenio D’Ors in the Residencia de estudiantes, Reyes mentions that “there is nothing here more Spanish (castizo) than ethical preaching. In Spain, morality and mysticism are tamed and become homely.” To sustain his point, Reyes half-mockingly mentions Fray Luis de León’s La perfecta casada and Ramón y Cajal’s habit of alternating in his works the discussion of scientific laws with moral arguments on how to choose a woman. Reyes concludes: “¿Can the reader imagine a French wiseman discussing such topics the day of his academic reception? Baroja thinks that this chewing of moral ideas is product of the plateaus”. Passages like this may sound striking in the light of the hundreds of pages devoted to Reyes’s hispanism, where his view of Iberian culture is usually portrayed almost as a form of reverence. However, in this passages Reyes is repeating a particular form of hispanism, an earlier American gesture of cosmopolitanism and anticolonialism: Fray Servando’s exile in Spain. Fray Servando, born like Alfonso Reyes in Monterrey, offers Reyes a model in his incisive critique of imperial bureaucracy and his narrative of the provincial pettiness of late XVIIIth and early XIXth century Spain. In a chronicle included in the Vísperas, Alfonso Reyes declares himself to be “In Search of Father Mier, Our paisano”. Reyes argues that, regardless of his “absurd theological discussions,” Mier was notable for his attempt to propagate “the need to liberate the American colonies” and underscores his impassioned debates with Spanish intellectual José María Blanco White in London and his friendship with Simón Rodríguez, “the teacher of one of the universal men born in America, Simón Bolívar” during their time in Bourdeaux. Reyes conclude with a humorous but telling image of Mier: “Father Mier, who comes to Spain to earn soldiers for the cause of colonial emancipation, and who should be remembered as the eloquent man that escapes the dungeons of Inquisition by hanging on windows” (244). Reyes’s provincial cosmopolitanism is exercised here in full force: the use of an image from a central archive of the Hispanist tradition, the picaresque, in order to celebrate a hero of anticolonial struggle in his triumph against the most oppressive of imperial institutions: the Inquisition.
I want to conclude this remarks with a brief assessment of the role that cosmopolitanism, as discussed in my presentation, may have in Latin American studies today. First, I would contend that cosmopolitanism in Latin America requires an effort of reconceptualization that accounts for the full breadth of cosmopolitan practices in the continent. My focus on Reyes attempts to signal a series of foundational cosmopolitan interventions, like the ones I have outlined today. Recent works by Camilla Fojas and Jacqueline Loss point to other instances of cosmopolitanism that may be placed in a more systematic understanding of the notion. Still, my sense is that most debates on Latin American cosmopolitanism continue to be overdetermined by the way this practice was articulated by the modernista generation, and, with some exceptions, this focus remains strongly inscribed in the binary cosmopolitanism-regionalism. Second, cosmopolitanism still has an essential role to play in the configuration of Latin American postcolonial studies. Many approaches to the Latin American postcolonial world have emphasized the question of subalternized voices and the economies of trans-atlantic and internal colonialism and coloniality that articulate hegemony and power in the region. While these issues are undeniably important an urgent, the fact is that the critical languages of Latin American postcolonial studies are somewhat restricted by the paradigms imported from Anglophone and francophone postcolonial practices, or from reassessments of notions inherited by dependency theory and Third-worldist intellectual traditions. Without diminishing the importance of the critique of the lettered city, the urgency in asserting what Walter Mignolo calls Post-Occidentalism and the simplistic conflations of Occidentalism with Eurocentrism have occluded the consideration of radical intellectuals like Mier or Reyes as a central part of Latin America’s postcolonial practices. Unmarking cosmopolitanism and Occidentalism from its traces of Eurocentrism is an essential operation in the task of unveiling the ways in which creative appropriations of Western culture allowed incisions and cracks in the building of coloniality. The calibanesque gesture of Reyes, using the language of Hispanism against Spain in Vísperas de Españas or the fringes of political theory to theorize liberation in “La sonrisa” remains a blindpoint in postcolonial studies. The construction of a critical language to study practices like the one exercised by Alfonso Reyes in the wake of the Mexican Revolution might give us, like Fray Servando gave him, a blueprint for Cosmopolitan erasures of the constantly written texts of Imperial reason

Wednesday, October 7, 2009

Renovar a Reyes. Cuatro intervenciones

Publicado en el número 66-67 de Armas y letras. Agradezco a Victor Barrera Enderle y Jessica Nieto su trabajo editorial.


Pocos escritores de la tradición literaria mexicana han sido tan constreñidos por el mármol de su monumentalización como Alfonso Reyes. Su obra –un vibrante y extenso conjunto de textos, lleno de brillantes intuiciones y de ideas aún revolucionarias- ha sido consistentemente lapidada por un alud de adjetivos y percepciones que le ha creado más admiradores que lectores. Reyes ha sido acusado de “clásico”, “conservador”, “padre de la literatura mexicana”, entre otras cosas. Esta visión canónica, propia más de la Rotonda de los Hombre Ilustres que de las lúdicas apuestas de la obra reyista, ha gradualmente marginado la lectura viva de Reyes, dejándolo simplemente a la constante regurgitación editorial de sus obras y a los homenajes que, en general, tienden más a oscurecerlo que a iluminarlo. En lo que sigue, quiero proponer cuatro entradas a la obra de Reyes, cuyo intento común es una lectura anticanónica que ponga las ideas reyistas en un nuevo juego de signos. Esta lectura se basa en buena medida en leer a Reyes desde la perspectiva de textos poco leídos de su obra, donde emerge un radical aparato de ideas alfonsinas que han resistido la normalización crítica.

Para este fin, me parece esencial resistir tres tentaciones, típicas de la retórica crítica del homenaje, que, en este cincuenta aniversario luctuoso de Don Alfonso, tiene el potencial de reproducir ideologías burocráticas y lugares comunes. En primer lugar, evitaré a toda costa el calificativo de “polígrafo” que, más allá de su tremenda obviedad, ha constantemente resultado en un pobre entendimiento de la obra de Reyes. Por el contrario, pienso recoger de Margo Glantz una de las concepciones más iluminadoras de la obra de Reyes, la idea de miscelánea. De acuerdo a Glantz, una de las características esenciales de la obra de Reyes es su capacidad de introducir en un gesto discursivo un conjunto diverso de registros. Me parece fundamental, entonces, llevar esta aseveración a sus últimas consecuencias: el discurso de Reyes como espacio de negociación y conflicto de registros discursivos. La poligrafía supone al género literario, la práctica de registros diversos y distinguibles –algo que un porcentaje altísimo de escritores desarrolla en estos días y que poco dice de la naturaleza estética de su obra. En cambio, la miscelánea asume una de las características a mi parecer esenciales de la obra de Reyes, la resistencia, en la mayor parte de sus textos, a las formas preconcebidas de la letra. Segundo, una lectura de Reyes en nuestros días debe por necesidad resistir el gesto maudite del crítico, esa constante confusión entre el acto de romper con la monumentalización y la necesidad edípica de matar al padre. Ciertamente, se podría presentar de nuevo a Reyes como un caudillo cultural, cuyo reinado incluyó su rol de padre simbólico de la vanguardia mexicana en los años treinta y de príncipe de las instituciones culturales en los años cuarenta y cincuenta. No obstante, este enfoque no sólo ha agotado sus posibilidades críticas, sino que es sintomático de una crítica cuya obsesión por la institucionalización deja de lado constantemente al texto. Por ello, me interesa proponer a un Reyes “menor”, un autor que, pese a la centralidad de un puñado de sus centenares de textos, sigue siendo una rama periférica de la genealogía literaria mexicana. Resulta difícil encontrar en nuestros días un escritor o intelectual realmente “reyista”, puesto que en nuestra literatura las prácticas definidas por Cuesta o Paz han encontrado una resonancia más profunda. Por esta razón, es esencial a mi intento presente resistir a la tercera tentación: dar un rol preponderante los textos discutidos con amplitud. Aunque una relectura de Visión de Anáhuac o “Notas sobre la inteligencia americana” siempre es una asignatura pendiente, no podemos regresar a ellos desde una perspectiva realmente original sin modificar los centros de gravedad de la obra alfonsina. Me atrevería a decir incluso que los textos más discutidos de Reyes debieron en varias ocasiones su recepción al predominante rol de las agendas nacionalistas –como el “Discurso por Virgilio”, cuya rareza ha señalado ya Christopher Domínguez Michael- o continentales –las “Notas”, un manifiesto de acción que no tiene la misma profundidad intelectual de otros textos de Reyes. Por estas tres razones, en lo que sigue planteo cuatro breves intervenciones basadas, cada una, en un texto poco conocido de Reyes, con el fin de contribuir al establecimiento nuevos referentes en el canon reyista. En algunos casos, he analizado estos textos con más profundidad en mi trabajo académico e incluyo algunas notas al pie para hacer referencias a ellos. A partir de estos textos intento plantear cuatro plataformas de estudio que permitan la reconsideración de la obra de Reyes

I.

La relación de Reyes con la Revolución Mexicana ha sido generalmente pensada desde dos marcos críticos. Por un lado, se ha enfatizado, a mí parecer excesivamene, la relación de su padre, Bernardo, con la Decena Trágica y el impacto que este evento tuvo en la supuesta relación de Reyes con el momento político, a partir de la elegía titulada “Oración del 9 de febrero”. Por otro, se ha leído con amplitud Visión de Anáhuac como una temprana intervención de Reyes en la formación del discurso nacionalista en México, algo que se tiende a entroncar con el funesto canon de “lo mexicano”. Algunas cosas, sin embargo, vale subrayar al respecto. “Visión de Anáhuac”, con toda su fama, es un texto bastante poco representativo del corpus reyista de esos años, divididos casi equitativamente entre ensayos de crítica literaria, misceláneas prosísticas y crónicas de sus estancias en España y Francia. De entre sus misceláneas de esta época, propongo para empezar poner el énfasis en un peculiar texto teórico, que, a mi parecer, representa una de las intervenciones centrales de Reyes en el pensamiento político mexicano: “La sonrisa”, incluido el El suicida y compilado en el tomo III de las Obras completas.

“La sonrisa” es un ensayo que, a partir de la imagen que le da título, explora el problema de la conciencia partiendo del individuo y concluyendo con el alzamiento contra la opresión. “La sonrisa”, plantea Reyes, “es la primera opinión del espíritu sobre la materia”. Reyes extrae el tropo de la sonrisa de su diálogo con el influyente tratado La risa, de Henri Bergson, una reflexión altamente idiosincrásica sobre la naturaleza de lo cómico. Según Bergson, la risa es la reacción a la imposición de lo mecánico en lo vivo, es decir, una reflexión del desencuentro entre la forma y la experiencia articulado en la incapacidad de un sujeto dado de adaptarse a la naturaleza fluida de la vida. En estos términos para Bergson la risa es una manifestación social cuya función es correctiva: enfatizar el absurdo de aquello que se impone sobre lo orgánico de la vida. A contrapelo de esta concepción altamente vitalista de la conciencia, Reyes propone más bien una sonrisa “solitaria” cuyo análisis “nos lleva a las fuentes espirituales”. Si, para Bergson, lo cómico, origen de la risa, se funda en la celebración de lo real y la crítica de las imposiciones sobre el orden de la vida, para Reyes es la ironía, madre de la risa, la que permite la afirmación del idealismo sobre el mundo: “El ansia de libertad se ha dicho, por eso, que es una manera de enfermedad. Así la sonrisa, que es una invención se graba sobre la vida”. En contra del nihilismo implícito en la naciente ideología nietzscheana y de los determinismos implícitos en el naturalismo adoptado, por ejemplo, por el bergsonismo vasconcelista, Reyes afirma la toma existencial de conciencia y la afirmación de la libertad como la base de todo proyecto de liberación.

“La sonrisa” es un texto notable porque demuestra una de las manifestaciones superiores del potencial intelectual del estilo alfonsino, al mismo tiempo que estructura una filosofía política radical que subyace buena parte de su ideología cultural pero que pocas veces se discute en la crítica. En “La sonrisa” vemos una de las más altas manifestaciones de la miscelánea, un fluir del discurso que, a través del engarzamiento de conjeturas, desarrolla una reflexión que va de lo individual a lo social. Vemos entonces una línea de argumentación que parte de la sonrisa como despertar de la conciencia, se transforma a una aseveración de la ironía, origen de la sonrisa, como marca del idealismo y, por ende, de la inconformidad con el estado de las cosas y concluye con una intervención filosófica de gran complejidad que, pace Hegel, pone en entredicho las teorías críticas de la dominación: “Mientras no se duda del amo, no sucede nada. Cuando el esclavo ha sonreído comienza el duelo de la historia”. El estilo de Reyes se basa, entonces, en un fluir discursivo que construye su reflexión a partir de momentos de argumentación que proporcionan fragmentos a un rompecabezas que nunca se ensambla del todo, pero que en su polifacética reflexión encuentra su punto de mayor intensidad. Lo más destacado de esta forma de escribir es la capacidad de Reyes de interpelar grandes debates de la tradición cultural occidental en un texto de asombrosa brevedad. En apenas seis páginas, Reyes interviene en cuestiones de metafísica del sujeto, estética, teoría política y crítica literaria, en un andamiaje polémico que trae a colación un complejo y significativo repertorio de interlocutores: Bergson, Rodó, Spinoza, Shaw, De la Böetie y, por supuesto, la fenomenología hegeliana. El centro de gravedad de la reflexión es la libertad, un conjunto de autores que, en distintas épocas, contextos y perspectivas, teorizaron de manera radical y única la liberación[3]. El mecanismo ensayístico radica entonces en la capacidad de Reyes de engarzarlos en un sólo espacio textual, a partir de una perspectiva altamente personal que no se limita a repetir sus argumentos, sino que los corrige y los lleva a sus últimas consecuencias.

En diálogo directo con Bergson, Spinoza y Rodó, Reyes plantea: “La sonrisa es, en todo caso, el signo de la inteligencia que se libra de los inferiores estímulos; el hombre burdo ríe sobre todo; el hombre cultivado sonríe. Calibán ignora las alegrías profundas de Ariel. Calibán es un “animal triste””. De esta breve cita emerge un sistema complejo de ideas. Si la sonrisa es “la primera opinión del espíritu sobre el mundo”, solamente el hombre cultivado puede hacer su conciencia prevalecer sobre la existencia. En contra de Bergson, para Reyes la facultad crítica no viene del simple énfasis del desencuentro entre la fluidez del mundo y el mecanicismo de la mente. Por el contrario, el juicio, forma más alta de la crítica, es la capacidad de hacer al espíritu prevalecer sobre lo terrenal, el idealismo que, en “La sonrisa” es el único camino a la liberación implícito en la sonrisa del esclavo. Asimismo, Reyes lleva a Rodó a consecuencias más amplias: Calibán no sonríe porque carece de conciencia histórica. Un corolario que quizá podría agregar uno de los grandes discípulos de Reyes, Roberto Fernández Retamar, es que Calibán carece de existencia histórica por su condición colonial, oprimida. Finalmente, la palabra “triste” es clave aquí, porque tiene una referencia implícita: la tristeza postulada por Spinoza en la Ética, postulada por el gran filósofo judío como conciencia del falta del poder. “Cuando el alma imagina su impotencia”, plantea Spinoza, “por eso mismo se entristece”. La prosa de Reyes, su radical miscelánea, es un engarzamiento casi barroco de ideas y prosas. En seis páginas, Reyes escribió una de las filosofías políticas más complejas de la cultura mexicana.

De esta primera intervención, quiero rescatar dos ideas para una reconsideración de Reyes. A nivel del estilo, creo que un texto como “La sonrisa” nos lleva a reconsiderar la idea de Reyes como simple “polígrafo”. Más bien, hay que asumir la estructura única del estilo alfonsino como un espacio de profunda polémica, donde distintas ideas operan de manera polifónica en la formación de un sistema multifacético de pensamiento. Yendo más lejos, es fundamental entender que Reyes no es un pensador sistemático, sino que, a partir de la deliberada libertad asistemática del ensayar, el estilo alfonsino engarza reflexiones abiertas, antiprescriptivas, sobre el tema a la mano. De la libertad del estilo nace el segundo punto que me interesa enfatizar: Reyes como un pensador libertario y revolucionario, al corazón de cuyo sistema de ideas radica un concepto pleno de emancipación. El enfoque biográfico en torno a la relación entre Reyes y la Revolución, así como la implícita e incorrecta conflación de las simpatías porfiristas de su padre Bernardo con su ideología política- ha dejado de lado la lectura de textos políticos como “La sonrisa”. Por momentos, olvidamos que textos como la “Oración” o Pasado inmediato son obras revisionistas de la postura de Alfonso Reyes, en ocasiones escritas dos décadas después de movimiento revolucionario. El Reyes de 1917 mantenía una relación crítica con un sistema de pensamiento filosófico sumamente aventajado para su época. Es importante tener en mente que muchos textos del canon filosófico de Reyes (como Nietzsche, al que discute ya en 1905, Spinoza o De la Boëtie) no ocupaban un lugar particularmente predominante en las tradiciones intelectuales del país, cuyo cariz spencerista y comteano definitivamente no tenía nada que ver con las aspiraciones libertarias de “La sonrisa”. “La sonrisa” es, ante todo, la teoría alfonsina de la Revolución: una sucesión de tomas de conciencia (o sonrisas) que evolucionan hacia nuevas servidumbres voluntarias: “Toda actividad libre, toda nueva aportación a la vida, tiende a incorporarse, a sujetarse en las esclavitudes de la naturaleza. Es la servidumbre voluntaria, como diría Étienne de La Boëtie. Lo libre sólo lo es en su origen, en su semilla, en su inspiración. Conservar, lo ya incorporado, el impulso de la libertad, es conservar el anhelo de un retorno a la no existencia”. En 1917, año de promulgación de la Constitución Política, Reyes intuyó con asombrosa claridad una verdadera teoría de la Revolución: un gesto libertador seguido siempre de un regreso a las cadenas. Por ello, Reyes comprendió mejor que nadie que si la flama revolucionaria se apaga, como se apagó en el largo proceso instucionalizador que le sucedió, el único rescate posible es una sucesión constante de tomas de conciencia. El pensamiento de Alfonso Reyes es, en estos términos, un contrapeso al fracaso histórico de nuestro país en su intento de comprender su propia liberación y su vigencia radica en la urgente necesidad de una sonrisa que comience un nuevo duelo de la historia.

II.

El hispanismo es uno de los elementos cruciales en cualquier reevaluación de la obra de Alfonso Reyes. Las importantes relaciones culturales de Reyes con la intelligentsia española, sus intensos diálogos con figuras como José Gaos y Ortega y Gasset, su muy importante estancia en España durante la década del diez, su participación en la conformación del exilio cultural español en México y, sobre todo, la gran cantidad de páginas dedicadas a España en su obra atestiguan el peso del hispanismo en su reflexión. En particular, el extraordinario trabajo crítico y antológico llevado a cabo por Héctor Perea en España en la obra de Alfonso Reyes a finales de los años ochenta contribuyó a la cimentación del hispanismo en la base del canon reyista. El hispanismo, sin embargo, es una dimensión de la obra de Alfonso Reyes que requiere una particular revisión, que entienda de manera más orgánica la compleja relación de Reyes con España. A pesar del indudable afecto que Reyes tenía hacia España y de la mutua admiración que sentía hacia los intelectuales ibéricos, la ideología americanista de Reyes y el hecho de que su tiempo en España fue resultado del exilio constantemente introdujeron elementos conflictivos al aparato hispanista de Reyes. En The Politics of Philology, quizá el mejor libro sobre Reyes de la última década, el estudioso norteamericano Robert Conn otorga especial énfasis al hecho de que Reyes sostuvo importantes polémicas con los escritores de la Generación del 98, al grado de abiertamente criticar la ideología imperialista y la vindicación del darwinismo presente en la obra periodística de figuras como Azorín o Pío Baroja. En estos términos, me parece crucial tomar la pista presentada por Conn y releer el hispanismo de Reyes no sólo como una forma de su cosmopolitismo o como uno de los centros de su tarea americanista. Una lectura cuidadosa de las Vísperas de España apunta, más bien, a un Reyes que busca validar la autonomía americana a partir del socavamiento irónico de la Madre Patria española. La España provincial, cotidiana, menor que emerge de las Vísperas muestra una voluntad iconoclasta ante la nostalgia imperial de sus contemporáneos ibéricos. Para poner tan sólo un breve ejemplo, llama la atención que Reyes organiza esta colección poniendo al principio de sus “Cartones de Madrid”, escritos entre 1914 y 1917, descripciones sobre los ciegos, los mendigos y los monstruos de Goya. Como el anónimo autor del Lazarillo de Tormes, Reyes apuesta a mostrar la corte colonial desde sus infiernos, desde la perspectiva picaresca y tremendista que cuestiona la gloria del imperio moribundo

La postura de Reyes ante los debates intelectuales ibéricos no es menos crítica y escéptica. En un texto breve de los cartones, titulado sardónicamente “Estados de ánimo”, Reyes relata dos conferencias. En una, Eugenio d’Ors aconsejaba a los jóvenes “el amor a la propia obra, al trabajo que nos ha tocado cumplir, y definía con estas palabras la aspiración de la joven España: queremos formar una aristocracia de la conducta”. Por su parte, Federico de Onís aparece reflexionando “sobre ese minuto sagrado en que escoge la juventud sus caminos”. La reacción de Reyes es lapidaria y significativa: “Nada hay más castizo que la predicación ética. En España, la moral y la mística se amansan y se vuelven caseras”. Reyes remata el punto recordando que en un libro de Ramón y Cajal sobre la investigación biológica “los consejos casi técnicos se alternan con los paternales, y tras hablar de una ley científica se habla de la elección de mujer”. Reyes concluye la reflexión de manera devastadora: “¿Dónde sino aquí, se pueden dar libros semejantes? ¿Imagina el lector a un sabio francés tratando de tales cosas el día de su recepción académica? Baroja opina que esta rumia de ideas morales es producto de las mesetas?”

Esta argumentación nos dice mucho tanto del propio Reyes como de su hispanismo. Es claro que el joven Reyes se distancia de la retórica magisterial que caracteriza al pensamiento conservador del principio de siglo, incluyendo a su admirado Rodó, que, en “Estado de ánimo”, es invocado por Federico de Onís. Reyes deja muy claro aquí su intento de deslindar la argumentación ensayística de la “predicación ética” y condena implícitamente el énfasis de sus contrapartes ibéricas en asuntos de adoctrinamiento moral. Si bien Reyes tiende a ser pensado como un intelectual pedagógico, debido sobre todo a la tratadística de su obra tardía, resulta esencial comprender que el didacticismo en su obra se entiende como una forma misma del pensamiento. Por esta razón Reyes no tiene reparos en ironizar la “aristocracia de la conducta” propuesta por d’Ors. Para Reyes era más urgente todavía el desarrollo de una polis basada en la reflexión intelectual y no en el conservadurismo moralista. El hispanismo de Reyes, en estos términos, es ante todo un esfuerzo por confrontar la dimensión española del pensamiento americano, deslindando aquello que puede ser rescatable para un pensamiento crítico americano, como el gongorismo que, en esa época era una estética radical y poco discutida en España misma, del discurso moralista y retrógrado en la base de la nostalgia imperialista de los intelectuales del 98. Discípulo a fin de cuentas de Rodó y Martí, Reyes nunca deja de lado que, hasta dos décadas antes, España era un poder colonial que mantenía un guante de fierro sobre territorios de la América hispana.

El modelo central del hispanismo de Reyes y de su viaje al corazón del imperio para cuestionarlo y socavarlo es Fray Servando Teresa de Mier. No es desdeñable el hecho de que en 1917, mismo año de la publicación de El suicida, Visión de Anahuac y los “Cartones de Madrid”, Reyes también envía a la imprenta su edición de las Memorias de Fray Servando Teresa de Mier. Fray Servando, cuyas aventuras en España son, para Reyes, esenciales para la comprensión de los años fundacionales de América aparece también en las Vísperas, en un texto de 1919 titulado “En busca del padre Mier, nuestro paisano”. El título habla ya de un elemento importante en el hispanismo de Reyes: la repatriación de figuras que han sido clamadas antes por la cultura española –Sor Juana y Juan Ruiz de Alarcón entre ellas. El texto representa a Mier, nacido al igual que Reyes en Monterrey, como una de las figuras que preconizan el pensamiento americano de su época. Como ha estudiado perceptivamente Celina Manzoni en su artículo “Alfonso Reyes, lector de Fray Servando”, la lectura alfonsina reconoce en el padre Mier un trabajo intelectual que pone en entredicho la legitimidad jurídica e intelectual de los derechos españoles sobre las colonias y, en un momento de crisis de la práctica letrada en México, tras el desplome del positivismo porfirista como guía de la intelectualidad hegemónica del país, Fray Servando aparece como un modelo de intelectual crítico para los jóvenes letrados mexicanos. En su texto, Reyes enfatiza precisamente el hecho de que “aparte de sus absurdas discusiones teológicas, [Fray Servando] andaba propagando la necesidad de libertar las colonias americanas” y destaca de manera particular sus debates con el liberal español José Maria Blanco White, su intento de convencer a Javier Mina de tomar partido por la Independencia y su amistad con Simón Rodríguez, “el maestro de un de los hombres más universales que han nacido en América, el maestro de Simón Bolívar”. En otro texto, titulado “La crisis de los emigrados”, donde reivindica la memoria de exiliados que, como él, cuestionaron en el siglo XIX la sociedad de su época, Reyes presenta a Mier con una imagen picaresca, que ilustra bien las apuestas de su hispanismo: “el Padre Mier, que viene a ganar soldados para la causa de la emancipación colonial y a quien hay que representarse como un hombrecillo elocuente que escapa de los calabozos de la Inquisición descolgándose por las ventanas”. En una sola imagen Reyes presenta a una figura heroica, definida por su elocuencia que, en un gesto picaresco articulado a la tradición hispana más crítica al poder, desafía una de las instituciones centrales del proyecto imperial español: la Inquisición. Si algún significado tiene el hispanismo de Alfonso Reyes es este: la urgencia de usar la inteligencia americana para socavar el poder de la metrópolis imperial y para invocar las intervenciones americanas en el concierto de lo universal.

III

Si un quehacer fue constante en la obra de Alfonso Reyes, éste fue la crítica literaria. Desde sus tempranas Cuestiones estéticas, pasando por series alternativamente clasificadas como simpatías, diferencias, retratos y capítulos, hasta intervenciones su copiosa producción en torno a figuras como Goethe o Mallarmé, Reyes llevó a cabo uno de los proyectos más ambiciosos e influyentes de redefinición del canon literario. Como podemos observar en Jorge Luis Borges y Alfonso Reyes, el excelente estudio comparativo escrito por Amelia Barilli, muchos de los autores rescatados y debatidos por Reyes se convertirán a la larga en piedras angulares de la obra del escritor argentino: Stevenson, Chesterton, Lugones, entre muchos otros. Este rol fundacional de la crítica reyista en uno de los tronco centrales de la modernidad literaria latinoamericana no es casual. El cosmopolitismo literario de Alfonso Reyes opera de manera paralela a su hispanismo, como un reclamo de la agencia del intelectual latinoamericano en su relación con la cultura universal. Resulta fundamental entonces que Reyes reivindica a lo largo de su carrera autores que tienen poco impacto en América Latina antes de sus reflexiones, recuperando incluso figuras poco canónicas en sus tradiciones nacionales. Este proceso de adopción crítica de figuras alternativas del canon occidental, fundado en América Latina por Los raros de Rubén Darío, es esencial para la comprensión del significado que subyace al famoso llamado reyista a ejercer la ciudadanía cultural que le corresponde a los americanos. Algunos de los momentos más brillantes de la crítica en torno a Alfonso Reyes –incluyendo los trabajos clásicos de Rafael Gutiérrez Girardot y Alfonso Rangel Guerra y los recientes de Víctor Barrera Enderle y Sebastián Pineda Buitrago- se han enfocado en la importante contribución de Reyes a la teoría literaria, enfocándose de manera particular en El deslinde. Otros críticos como Ingemar Düring y Carlos Montemayor han agregado a esta reflexión una evaluación del rol que los modelos grecolatinos tuvieron en la formación del ejercicio crítico alfonsino. Para suplementar estos dos enfoques, creo necesaria una nueva perspectiva en torno a la obra de Reyes, una ciudadosa lectura de las estrategias textuales y apuestas estéticas implícitas en sus análisis críticos.

Para ilustrar este punto, es posible acercarse al texto “Las ‘Nuevas noches árabes’ de Stevenson”, escrito para la Revista Biblos en 1913 y publicado en el libro Grata compañía de 1948. Las fechas son aquí importantes, porque demuestran, primero, que Reyes se aproximó originalmente a Stevenson mucho antes que cualquier otra figura mayor de la literatura latinoamericana y que recupera el texto en los años cuarenta, justo en la emergencia de la fama de Borges y de la relectura de Stevenson a lo largo del continente. El comienzo del texto plantea varios elementos centrales para comprender la apuesta crítica alfonsina: “Ahora quiero referirme a sus cuentos árabes y a uno de sus aspectos, porque, como él mismo decía, el que escribe un estudio corto necesita hacer una condensación lógica y eficaz de sus impresiones; necesita adoptar un punto de vista, y suprimir todas las circunstancias neutrales y, lo que no puede vivificar, omitirlo”. Casi a contrapelo de la ambiciosa visión general de la literatura desplegada en textos como El deslinde, Reyes plantea un ejercicio aguzado y preciso de la crítica, donde el enfoque en elementos precisos es esencial para la “vivificación” del texto y el ejercicio de lo que más tarde llamará el “juicio”. Poco más adelante, en una intuición que explica mucho de su obra posterior, Reyes distingue dos formas del estilo de Stevenson. En una, el estilo “se obtiene por un reflejo natural del temperamento en el espejo de las palabras”, y Reyes parece reivindicar una noción casi horaciana de la relación entre ética y estética. Sin embargo, Reyes contrapone otra visión: “el estilo como procedimiento para tratar los asuntos que el autor se propone”, donde la personalidad de la escritura se desvía hacia una necesaria “ductilidad” hacia los eventos relatados, algo que se apega de manera particular a una definición del concepto de arte propuesta por Stevenson y respaldada por Reyes: “la carrera del arte consiste solamente en el gusto y el registro de la experiencia”. A partir de este punto, la fidelidad a la experiencia y a la materia intelectual, el estilo como equilibrio entre el temperamento autoral y el procedimiento epistémico frente al objeto estudiado, emerge una intuición central, que Reyes repetirá a lo largo de su carrera y que encontrará eco en muchos de sus lectores continentales: “Si ofrecéis a alguien que escriba un cuento de inspiración árabe pero de asunto contemporáneo, comenzará por llenar su lenguaje de arabismos (obra fácil y material), y a cada paso de su historia jurará por Alá y por los corceles jadeantes”. La lección de Stevenson más bien radica en su resistencia al preciosismo: “Stevenson pudo, penetrado ya de este espíritu [que Reyes sorprendentemente declara un “arte cinematográfico], y aún habiendo renunciado a lo maravilloso (lo maravilloso, he aquí un muro que esconde el secreto verdadero del cuento árabe), escribir cuentos contemporáneos de inspiración arábica”.

En estas líneas se pueden reconocer varias cosas. Primero, en un plumazo que, en 1913, no podía significar sino una crítica profunda y directa al orientalismo modernista, culpable de los arabismos que rechaza, funda tambien una línea esencial de rechazo al color local en el pensamiento latinoamericano. Este pasaje es, de manera evidente, un antecedente a la famosa aseveración de Borges respecto al Corán y los camellos, ubicada al centro de su argumento en “El escritor argentino y la tradición”. Al hablar de un “arte cinematográfico” Reyes empieza a intuir uno de los cambios cognitivos centrales a la vanguardia latinoamericana, anticipando otra dimensión poco discutida pero fundamental de su obra, la crítica cinematográfica ejercida bajo el nombre de “Fósforo”. Finalmente, al hablar de “cuentos contemporáneos de inspiración arábica”, Reyes prefigura el procedimiento central a su obra grecolatina: la actualización del archivo cultural de occidente y su aplicación a las problemáticas intelectuales y estéticas de la época[. De esta manera, puede afirmarse que uno de los asuntos centrales de la obra de Reyes es el uso de la cultura para la interrogación de la contemporaneidad. A diferencia del mordaz desmontaje de la tradición ejercido por el Stevenson de Borges, el Stevenson alfonsino fue, en su origen, el modelo para una práctica intelectual profundamente comprometida con el problema de la Polis, basada en la resistencia a los discursos que, como el arabismo que condena, están en la base de una concepción imperialista de la cultura. Este mismo mecanismo lo lleva a privilegiar la sobriedad intelectual del valle de México contra los estereotipos europeos de la selva en Visión de Anahuac. La crítica de Reyes es, en estos términos, el espacio en que el ejercicio de la cultura occidental es la base para fundar un pensamiento verdaderamente americano.

IV

La copiosa obra tardía de Alfonso Reyes, que abarca una vasta cantidad de escritos en torno a la cultura grecolatina, la teoría literaria y el problema del americanismo, ha sido en general estudiada de manera compartimentalizada. Fuera quizá de La crítica en la edad ateniense, cuya relación con los devaneos teóricos reyistas le alcanzó cierta fama entre los estudiosos, los textos alfonsinos sobre cultura grecolatina son rara vez abordados. La teoría literaria ha tenido una larga tradición nacional y continental de discusión, desde los mencionados Rangel Guerra, Barrera Enderle y Pineda Buitrago, hasta la seria consideración de sus postulados teóricos de parte de autores como el cubano Fernández Retamar o el boliviano Guillermo Mariaca Iturri. Sin embargo, el retrato del Reyes institucional, de fuerte cariz pedagógico, ha oscurecido la relación orgánica de estos dos trabajos académicos con su ideología americanista. Con todo lo que se ha escrito de la teoría literaria reyista, es sumamente notable lo poco que se articula a esta o a los estudios grecolatinos con la agenda crítica de Alfonso Reyes. En estos términos, se puede afirmar que el estudio de las relaciones sistemáticas entre la obra temprana y tardía de Reyes, así como entre las distintas dimensiones de su labor tras su retorno a México en 1939, es hasta ahora uno de los puntos ciegos de la crítica en torno a Reyes.

Como una posible respuesta a este impasse quiero argumentar en esta intervención final la importancia de uno de los puntos centrales de articulación de la obra reyista: la arqueología cultural. Por “arqueología cultural”, me refiero a un trabajo intelectual que se ocupa de rastrear ciertas líneas de reflexión del pensamiento occidental, rastreándolas hasta sus orígenes mismos. En estos términos, Reyes trabaja de manera más o menos paralela con mucho de los historiadores centrales de su tiempo, como Arnold Toynbee, en el intento de reconstruir la narrativa histórica de Occidente a contrapelo de los presupuestos coloniales que la sustentan tanto en su legado barroco como en su manifestación ilustrada. De esta manera, Reyes pertence a una generación que preconiza los intentos más radicales de reconstitución del discurso histórico, desde las genealogías y arqueologías de Michel Foucault hasta el materialismo deleuziano de Manuel de Landa. Reyes, por supuesto, opera en un marco intelectual que aún no había configurado la critica post-estructuralista al humanismo. En este contexto, sin embargo, la capacidad de Reyes de superar los mecanismos epistemológicos de la “colonialidad del poder” –para usar el término de Aníbal Quijano- y reescribir la historia cultural del mundo desde una perspectiva emancipada es notable. Los primeros anuncios de esta estrategia vienen de Visión de Anahuac, donde Reyes se apodera de la perspectiva imperial del viajero para un alegato fuertemente americanista y anticolonial. Sin embargo, es en los años treinta, con textos como “Presagio de América”, su deslumbrante historia de la noción utópica que configuraría el imaginario colonial sobre nuestro continente, donde se desarrolla esta forma de pensamiento en su dimensión más amplia y profunda.

Un texto que muestra de manera clara el potencial y las apuestas intelectuales de esta estrategia es “La Atlántida Castigada”, escrito en 1932 y recogido una década más tarde en Sirtes. En textos como éste o el “Presagio”, Reyes pone en juego la exploración de una de sus ideas centrales, la utopía. Esta noción es central, en parte, porque muestra de manera clara la forma en que Reyes adopta elementos conceptuales del discurso colonizante y los reconfigura como parte de la médula espinal del americanismo crítico. De hecho, como Rafael Gutiérrez Girardot nos recuerda en su memorable prólogo a su edición de escritos alfonsinos para la Biblioteca Ayacucho, la utopía para Reyes era un ideal a alcanzar para la Polis, una apropiación de la promesa de futuro que América significó en el proyecto colonial para la creación de un proyecto americano de emancipación. En estos términos, el trabajo arqueológico de Reyes es, ante todo, una serie de cuidadosos intentos de diseccionar las categorías centrales que integrará a su pensamiento. La “Atlántida” es uno de estos intentos y pertenece al mismo campo semántico que su exploración de ideas como democracia o crítica en la tradición grecolatina.

Reyes comienza “La Atlántida castigada” reflexionando sobre la importancia que los descubrimientos arqueológicos y científicos de su época, incluyendo la egiptología, las cultural precolombinas e incluso la teoria de la relatividad, han tenido en la radical ampliación de la noción de mundo, al grado de forzar a historiadores que se proclamaban una visión de “la historia propiamente tal […] tan limitada, que ofrece pocos elementos de juicio” a “completar este reducido panorama con el vasto marco de la arqueología que lo encierra”. El devaneo ensayístico sobre la Atlántida tiene este fin, argumentar desde el análisis cultural, a pesar de la falta de evidencia científica contundente, que los marcos de comprensión del mundo requieren ensancharse aún más. “La Atlántida”, lamenta Reyes, “es un espejismo que huye ante la proa de descubridores y navegantes, una vaga nereida en fuga”. Como remedio a esta nereida, Reyes propone una cuidadosa exposición de las reflexiones textuales sobre el continente perdido: las reflexiones platónicas y fenicias, las reinvenciones neoplatónicas, su adopción en la crónica de Indias y en la historiografía nórdica y los intentos más o menos científicos de ubicarlo en el medio del Océano Atlántico. Reyes despliega un erudito archivo de fuentes culturales de diversas culturas, que teorizan la Atlántida en ubicaciones e historias dispares. La elección del tropo de la Atlántida, por supuesto, no es casual ya que, como el propio Reyes nos recuerda, este mito fue esencial para la configuración textual de América en la obra de Joseph de Acosta, Francisco López de Gómara y el propio Cristóbal Colón. En punto central aquí radica precisamente en que la arqueología cultural de la Atlántida sirve a Reyes, simultáneamente para desautorizar la pretendida veracidad de las tradiciones historiográficas coloniales y para otorgarle al mito una ductilidad cultural que le permite apropiarse de él. Reyes observa: “Las fantasías de los que han querido situar a la Atlántida en América hundiendo y sacando tierras del Océano a voluntad y violentando los datos de la oceanografía, la paleontología y aun la filología, no han conocido límite”.

Esta aseveración muestra el empuje central de su argumento. Justo un párrafo antes, Reyes ha identificado esta tendencia intelectual no sólo con los cronistas del descubrimientos, sino también a geógrafos de otras tradiciones como Guillermo de Postel e incluso con los proyectos naturalistas de la Ilustración, identificados en este texto vía el Atlas de Vaugondray. En una sola frase, Reyes desautoriza la legitimidad intelectual de tres siglos de aquello que Edmundo O’Gorman, sin duda influido por esta línea del pensamiento alfonsino, llamó “La invención de América”. Al poner en entredicho la autoridad intelectual de la razón imperial y al mostrar a la Atlántida como un significante vacío que distintas tradiciones filológicas y arqueológicas han llenado con sus fantasías y obsesiones, Reyes abre el terreno para su propia intervención. Si una tradición intelectual tiene la capacidad de definir los términos de su propia experiencia del mundo, entonces la tarea central del intelectual radica en el proceso que comienza con la arqueología intelectual de los conceptos que articulan la Polis –rastreado por Reyes en las muchas páginas dedicadas a Atenas, Roma, las utopías e incluso la prehistoria- para después desarrollar un aparato propio de definiciones en torno al ideal americano –las teorías literarias, las reflexiones sobre la “Inteligencia americana” y sus constantes intervenciones en la formulación del pensamiento continental.

Hoy, a cincuenta años de la muerte de Alfonso Reyes, corresponde a nosotros el articular una arqueología intelectual del pensamiento de México y América, un trabajo en el que Reyes juega un papel preponderante. Sin entender estas dimensiones críticas de Alfonso Reyes, dejamos de lado una de las genealogías más valiosas del pensamiento crítico, aquella que permitió a figuras como Leopoldo Zea, O’Gorman, Luis Villoro y Enrique Dussel la formulación de una filosofía americana de la historia desde América. Desmonumentalizar a Reyes significa debatirlo, polemizar con su obra, pero, sobre todo, releer ese pensamiento crítico a veces ilegibles para una actualidad lectora incapaz de ver más allá de sus anacronismos estilísticos. Este texto puede terminar solamente de manera abierta, dejando en la mesa una encomienda lectora que, creo, nos corresponde desarrollar a los críticos y ensayistas mexicanos comprometidos con un pensamiento diferente que permita romper con varias décadas de anquilosamiento institucional


Monday, September 21, 2009

Cristina Rivera Garza Revisited

Mi artículo sobre "Tercer Mundo" de Cristina Rivera Garza ha sido reproducido por la revista electrónica Círculo de Poesía. Gracias a Alí Calderón por la invitación