(Texto leído en el Congreso del IILI. Puebla, Pue. En el panel "La literatura y el mal". Agradezco a Lucía Melgar la invitación al panel)
Hablar de la significación política y literaria del mal en un país como México significa trazar una serie de genealogias intelectuales. En otras palabras, el mal que se dirime y se narra en la literatura tiende a ser una manifestación de cierta vocación cosmopolita, de un intento de entroncar escrituras nacionales con aquellos seductores mitos e ideologías que ubicados bajo la égida del cosmopolitismo. El proceso de narración del mal en la narrativa mexicana actual, particularmente en la considerable cantidad de novelas dedicadas al nazismo operan sobre una forma particular de esta adscripción, una estrategia occidentalista que se articula a formas precisas de vaciamiento del significante político en la literatura. Para explorar esta idea, en lo que sigue propongo su ilustración en algunas obras del crack, así como algunas breves referencias a otros textos, para poner en perspectiva las genealogías culturales operativas en las narrativas contemporáneas del mal en México.
Desde fines del siglo XIX, la literatura mexicana ha desarrollado una línea particular de exploración del mal, cuyo ímpetu es la construcción de una alternativa al estrecho lazo entre literatura y nación dentro del liberalismo literario mexicano. Dos ejemplos rápidos vienen a la mente. Por un lado, el modernismo decadentista de autores como Efrén Rebolledo o cierto Amado Nervo adaptó en la lengua española una vertiente afrancesada del problema del mal, proveyendo a la literatura nacional de un contrapunto importante frente al peso del legado costumbrista. Por otro, Casa de Lago, sobre todo Salvador Elizondo y Juan García Ponce, articularon el problema del mal a una narrativa de fuerte cariz contracultural que buscaba deslindarse del imperativo temático de la Revolución Mexicana. En este último caso, es importante apuntar que las fuentes filosóficas centrales a esta generación (Georges Bataille y Pierre Klossowski entre ellas) fueron en su momento esenciales en los procesos de formación del pensamiento contracultural del 68 francés y que las exploraciones respecto al tema del mal en Bataille y Klossowki tuvieron un rol central en las concepciones del poder hechas por figuras como Michel Foucault y Gilles Deleuze. El punto que quiero destacar aquí, como un elemento a tener en mente en el análisis que sigue, es que la generación de Elizondo y García Ponce apostó a una escuela filosófica que, detrás de su fuerte raigambre estética, planteaba en los hechos un cuestionamiento fuertemente político tanto al imperativo nacionalista de la cultura posrevolucionaria como al conservadurismo cultural imperante durante el giro alemanista a la derecha. Dicho de otro modo, a pesar del talante abiertamente antipolítico de su reacción contra los imperativos posrevolucionarios, su obra sin embargo mantiene un fuerte potencial político en la medida en que fueron textos que introdujeron grietas incisivas en el orden sociocultural del México de los sesenta.
El concepto de mal latente en los textos mexicanos actuales sobre el nazismo proviene de una línea intelectual radicalmente distinta. Su origen radica en la reinvención del liberalismo de la posguerra, a traves de la conceptualización del nazismo y el comunismo como “el mal” a partir del vaciamiento de sus genealogías filosóficas. El momento fundacional, por supuesto, es la obra de Hannah Arendt, particularmente Los orígenes del totalitarismo y Eichmann en Jerusalem. Esta forma de concebir el mal se desdobla en dos dimensiones de profundas consecuencias para el tema que me ocupa. Por un lado, como ha analizado en detalle Slavoj Zizek, la noción arendtiana de totalitarismo como mal resulta en una identificación de facto de la democracia liberal como “el bien” y, por ende, de cualquier intento de cuestionarla como totalitario. Dicho de otro modo, la noción de totalitarismo que equipara al nazismo y al estalinismo bajo la égida del mal vacía el significado político de cualquier forma de pensamiento por fuera del liberalismo, al plantear los términos en categorías morales más que políticas. A esto se complementa la segunda dimensión, la tan llevada y traída “banalidad del mal”, que implica, una vez más, el vaciamiento de la ideología hacia un concepto en última instancia ético.
En cierta medida, las cuatro novelas más importantes sobre el nazismo escritas en los últimos diez años en Mexico son variaciones que estetizan estos mismos temas. En busca de Klingsor de Jorge Volpi lo hace personificando el mal del nazismo en una figura elusiva que es buscada detectivescamente por un personaje que, presumiblemente es un agente del bien. En Malebolge, Pablo Soler Frost proyecta el concepto de mal en una narrativa altamente estetizada donde el hijo de un nazi deviene pornografo, desplazando así el mal político hacia el mal moral. En Amphytrion, el juego de dobles identifica el mal político con la crisis del sujeto moderno. Finalmente en Malheridos Pedro Ángel Palou desplaza el conflicto geopolítico hacia una isla (Sark), en un proceso de estetización que aleja al mal explorado en la novela de su contexto propiamente político. En las cuatro novelas se identifica entonces una misma operación: la estetización del concepto del mal como una manera de apelar a cierto cosmopolitismo cultural, aquel que desde sus distintas posturas tanto el crack como Pablo Soler Frost esgrimen contra el nacionalismo cultural mexicano. Sin embargo, a diferencia de la Casa del Lago, aquí se observa un movimiento mucho más despolitizador del discurso literario, donde el ataque al nacionalismo renuncia completamente a la construcción de una verdadera postura contracultural. De hecho, podría decirse que al despojar el mal de la densidad política y cultural presente en Elizondo o Klossowski, se convierte en un concepto puramente estético, vaciado de densidad afectiva, resultando en un punto de vista distante y en una narrativa que, más allá de sus indiscutibles virtudes literarias y estilísticias, termina por ser poco relevante en el tejido sociocultural amplio. Solo por contraste, se puede invocar un texto similar de la literatura Argentina, La sombra de Heidegger, donde José Pablo Feinmann rompe con la línea puramente arendtiana desplegada por sus colegas mexicanos y termna por producir una narrativa que explora las complejidades políticas de la relación de la derecha argentina con el nacionalsocialismo.
Una buena manera de comprender la genealogía intelectual de estas novelas radica en el trazo de una línea particular que emerge de la obra de Hannah Arendt, la llamada “nouveau philosophie” francesa. Nacida como reacción al pensamiento ultraizquierdista del 68 francés, particularmente en respuesta a figuras como Foucault, Deleuze o Althusser, la “nouveau philosophie” planteó una rearticulación del pensamiento liberal de derecha como plataforma de prédica moral, cuyo contrapunto el, una vez más, la versión del nazismo y el estalinismo planteada por Hannah Arendt. De esta manera, pensadores como André Glucksmann, Pascal Bruckner y Alain Finkielkraut construyeron un diagnóstico colectivo del siglo XX en términos de un mal absoluto cuyo origen ubicaron en el pensamiento comunista y en el de ultraderecha, equiparados en su discurso como si fueran una y la misma cosa. Estos pensadores han alcanzado una difusión amplia en español y, a la fecha, ocupan posiciones importantes en la derecha intelectual francesa, convirtiéndolos en nuestros días en intelectuales orgánicos del régimen de Nicholas Sarkozy. El punto aquí es que esta forma de rearticulación del mal entronca en México con esta nueva estética novelística precisamente al proveerle un sustrato filosófico que le permite sustraerse de las tradiciones socioliterarias de la novela mexicana y, de manera crucial, adquirir una nueva forma de cosmopolitismo del mercado al entroncarse de manera simultánea con el best-seller conservador y transnacionalizado de figuras como John Le Carré, cuyo mundo opera en una narrativa similar de bien y mal en el trasfondo de la Guerra Fría, con un sistema intelectual bastante compatible con el liberalismo hegemónico en México. En esta articulación, la trilogía de Jorge Volpi es ejemplar en dos sentidos. Por un lado, los tres objetos de crítica en las novelas (el nazismo en En busca de Klingsor, el postestructuralismo en El fin de la locura y el socialismo real en No será la tierra) corresponden de manera casi simétrica al desarrollo del pensamiento intelectual de Bruckner, Glucksmann y Finkielkraut. Para decirlo de otro modo, el uso del mal en las novelas de Volpi permiten caracterizar su trilogía como un juicio sumario a las ideas radicales del siglo XX, lo cual, en última instancia, representa también una reivindicación del consenso liberal clásico sustentado por la intelectualidad mexicana.
Si seguimos esta línea de pensamiento con cuidado podemos empezar a plantear algunas conclusiones preliminares sobre el uso del mal como instrumento estético en la literatura mexicana contemporánea. Lo primero que vale la pena señalar es la enorme afinidad de la nouveau philosophie francés con el neoconservadurismo de Francis Fukuyama y las tesis del fin de la historia. Puesto en la mesa del espacio sociocultural de México, las obras hasta aquí mencionadas pertenecen a un impulso de ciertos sectores de la clase letrada mexicana de superar la dialéctica cultural planteada entre la Revolución Mexicana y los distintos sectores que la críticaron. De un golpe, el péndulo que fluctuó de Carlos Fuentes a José Revueltas, de Fernando del Paso a Ricardo Garibay, de Héctor Aguilar Camín a José Agustín se para. El giro buscado en esta generación, a mi parecer de manera exitosa, fue el vaciamiento del discurso literario de un discurso inmediatamente político en nombre de un cosmopolitismo cultural globalizado que, hablando en términos drásticos, propone una narrativa política no muy distinta a la planteada por el Discovery Channel: una constante re-presentación de lugares comunes avizorados desde la cómoda distancia cultural del capitalismo tardío. En este sentido no es de extrañarse que en la obra los emergentes escritores nacidos en la década de los setenta, la política de cualquier tipo es virtualmente inexistente. De manera paralela al fukuyamismo, el fin del PRI se interpretó como el fin de la historia mexicana, hacia una transición democrática cuyo pináculo es la imaginación de una sociedad civil articulada desde los consensos sociales. Y, tal como nos han enseñado pensadores como Laclau y Zizek, lo político no tiene lugar en las manifestaciones culturales de dicha ideología
El punto crucial aquí radica entonces en la lectura de estas ideologías del mal y su configuración literaria en México como un síntoma de un fenómeno sociocultural de gran importancia en la literatura mexicana contemporánea. En su manifestación modernista como en su encarnación en la genración de la Casa de lago, por no hablar de autores como Francisco Tario o Inés Arredondo, el mal siempre era un signo de marginalidad, la constitución de un aparato alternativo a ciertos espacios de canonicidad altamente regulados por las instituciones culturales. Gracias a la intervención del mercado editorial centralizado en España, esta concepción se transforma de tal manera que Volpi y Padilla utilizan el mal para la construcción de una narrativa que apuesta exitosamente a la centralidad del canon vía las instituciones culturales emergentes de la época neoliberal. Para ponerlo en una frase más directa, se podría decir que, tanto por las genealogías culturales hasta aquí descritas como por su éxito editorial, el tipo novelístico de En busca de Klingsor o Malebolge es una forma literaria orgánica al proceso neoliberal de América Latina.
Para concluir, me parece esencial subrayar que la concepción del mal que he venido discutiendo hasta aquí representa de manera sintomática un impasse sin precedentes en la relación entre literatura y sociedad en América Latina. A diferencia de muchas producciones anteriores, que contribuyeron a la ampliación de la legibilidad social en el continente, la nueva narrativa, enfocada en tropos como el mal o el sujeto, resulta en una escritura que padece no sólo de un altísimo grado de solipsismo sino también, de manera más crucial, de un impulso normalizador de las hegemonías políticas y culturales de la región. Si bien sentenciar a la literatura a representar sólo lo politico es un despropósito, la renuncia de la clase literaria a contribuir a la dilucidación de los conflictos inherentes a toda época es un retroceso tanto en términos de la esfera pública como de la literatura en sí. Una generación que no percibe el enorme peso contracultural del mal, reduciéndolo a una noción vacía de mal puro, no puede sino cumplir muy pobremente la función literaria de figurar al mundo en la palabra. El mal, decían los antiguos teólogos, es ausencia de bien y, por ende, no puede existir en pureza porque siempre requiere un contrapunto. De igual manera, la estética literaria, tan indiscutiblemente lograda en muchos de estos textos no puede subsistir sin su contrapunto en el mundo. Hasta no resolver esta contradicción, creo que la literatura mexicana no podrá reapropiar el tema del mal, como lo ha hecho antes, en el proyecto de desmontar las máscaras y andamiajes que aún hoy en dia sostienen a las redes imaginarias del poder político.
Saturday, July 19, 2008
Saturday, July 12, 2008
Insomnia
Thin are the night-skirts left behind
By daybreak hours that onward creep,
And thin, alas! the shred of sleep
That wavers with the spirit's wind:
But in half-dreams that shift and roll
And still remember and forget,
My soul this hour has drawn your soul
A little nearer yet.
Our lives, most dear, are never near,
Our thoughts are never far apart,
Though all that draws us heart to heart
Seems fainter now and now more clear.
To-night Love claims his full control,
And with desire and with regret
My soul this hour has drawn your soul
A little nearer yet.
Is there a home where heavy earth
Melts to bright air that breathes no pain,
Where water leaves no thirst again
And springing fire is Love's new birth?
If faith long bound to one true goal
May there at length its hope beget,
My soul that hour shall draw your soul
For ever nearer yet.
Dante Gabriel Rossetti
By daybreak hours that onward creep,
And thin, alas! the shred of sleep
That wavers with the spirit's wind:
But in half-dreams that shift and roll
And still remember and forget,
My soul this hour has drawn your soul
A little nearer yet.
Our lives, most dear, are never near,
Our thoughts are never far apart,
Though all that draws us heart to heart
Seems fainter now and now more clear.
To-night Love claims his full control,
And with desire and with regret
My soul this hour has drawn your soul
A little nearer yet.
Is there a home where heavy earth
Melts to bright air that breathes no pain,
Where water leaves no thirst again
And springing fire is Love's new birth?
If faith long bound to one true goal
May there at length its hope beget,
My soul that hour shall draw your soul
For ever nearer yet.
Dante Gabriel Rossetti
Tuesday, July 1, 2008
Vicente Alfonso en Puebla
Este jueves 3 de julio a las 5 de la tarde en la Casa del Escritor presentamos "Partitura para una mujer muerta", extraordinaria novela de Vicente Alfonso. Participamos Jaime Mesa, Alí Calderón, el autor y yo.
Subscribe to:
Posts (Atom)
