(Publicado originalmente en Pie de página como comentario a la selección mexicana de Bogotá 39).
Cualquier tipo de crítica o selección sobre literatura “joven” lanza los dados con el afán de ganar dos apuestas precisas: la definición estética del futuro inmediato y, a partir de ella, la filtración de una masa considerable de autores noveles que pueblan los medios literarios de todos los países. La selección de Bogotá 39, que utiliza dicho número para determinar tanto la cantidad de autores como la edad máxima para ser parte de ella, es la instancia más reciente en este tipo de ejercicios, un intento de contestar la interrogante planteada en la parte más alta de su página web: “¿Hacia dónde va la literatura latinoamericana actual?”. Más allá de la arrogancia implícita en dicha pregunta –y en todo ejercicio de crítica literaria-, la lectura de dicha lista desde alguno de los países involucrados –México en mi caso- genera la indiscutible necesidad del signo de interrogación, la pregunta sobre una perspectiva que hizo una selección que, desde el lado nacional, parece representar de manera parcial la realidad y, ni se diga, el futuro.
México es un país donde la literatura “joven” tiene una estructura institucional sin paralelo en el continente. El Programa Cultural Tierra Adentro ha venido publicando los últimos 18 años una serie editorial dedicada a autores menores de 35 años, que a la fecha cuenta con más de 350 títulos. Estas ediciones, que incluyen una revista, constantes antologías y una considerable cantidad de premios literarios, han abierto las puertas de una gran cantidad de jóvenes escritores a los que después se les otorga la complicada misión de hacer carrera “adulta”. El corte impuesto por Bogotá 39 se ubica, en el caso mexicano, precisamente en estos momentos de filtración, donde los segundos y terceros libros y la participación de escritores en ámbitos nacionales y regionales hacen indiscernible el marasmo escritural posibilitado por nuestras instituciones culturales. Esto provoca que varios escritores fundamentales de la literatura mexicana actual, como Pedro Ángel Palou (1966) o Cristina Rivera Garza (1964), quienes han descollado de manera particular en los últimos años, queden fuera. El punto es que, si hacemos una lista de los escritores que han encontrado un lugar prominente en los últimos dos años, los que realmente están haciendo el “futuro” de la literatura mexicana, pierden el corte, oh arbitrariedad, por un par de años. De esta manera, los cuatro elevados al Partenón continental son escritores en niveles muy diferentes de relevancia para la literatura mexicana y, por ende, pertenecen de maneras muy distintas al posible canon futuro de la literatura.
El indiscutible de la selección es Jorge Volpi, quien, más allá de las afinidades estéticas que cada quien tenga con su obra, ha sido sin duda el escritor líder de su generación. Las novelas fundamentales de Volpi,
El temperamento melancólico y
En busca de Klingsor, abrieron una avenida completa en la literatura latinoamericana, la defensa a capa y espada el derecho de los escritores de la región a la ciudadanía cultural occidental y a la literatura sin adjetivos. Esta postura ha beneficiado a muchos escritores de Bogotá 39, como el ecuatoriano Leonardo Valencia, cuya novela El desterrado, de raigambre italianizante, logra emerger y ser publicada en un país fuertemente cargado de regionalismos, gracias al cosmopolitismo que el Premio Biblioteca Breve afirmó en la obra de Volpi. Aquí cabe mencionar que la elección de Volpi acarreó una exclusión injusta, la de Ignacio Padilla (1968). Aunque quizá el criterio fue de simple contigüidad –como Volpi, Padilla es miembro del crack-, Padilla es, quizá, el mejor prosista de la literatura mexicana contemporánea. La traducción inglesa de su novela Amphytrion, con la que obtuvo el Premio Primavera de Novela, fue objeto de una reseña de Barry Unsworth, el comentario más elogioso que ha recibido un mexicano en el New York Times en las últimas dos décadas. Asimismo, como lo demuestra su más reciente obra La gruta del toscano, el ejercicio del cosmopolitismo cultural que Padilla ejerce lo lleva a avenidas más complejas que las exploradas por Volpi y, si hablamos de una apuesta al futuro, Padilla tiene, por lo menos, un lugar tan prominente como Volpi en dicha discusión.
Álvaro Enrigue, por su parte, es un ejemplo de un autor que ha tenido momentos intermitentes de consagración literaria. Su carrera inició de manera intempestiva a mediados de la década de los noventa, cuando su novela La muerte del instalador fue galardonada con el Premio Joaquín Mortiz de Primera Novela. Después de dos libros de poca circulación y estética algo extraña (
Virtudes capitales y
El cementerio de las sillas), Enrigue fue catapultado de nuevo a la fama gracias a la publicación en Anagrama de un notable libro de cuentos,
Hipotermia. A diferencia de Volpi y Padilla, que apuestan a la gran tradición occidental, la obra de Enrigue pertenece más bien al canon de cierta escritura “menor”, a las obras escritas con solvencia y elegancia pero que evaden las grandes preguntas estéticas y culturales. Hipotermia, por ejemplo, narra en muy talentosas estampas la vida de un latinoamericano en la universidad norteamericana, así como los devaneos de un mexicano en el Perú. Sin tratar el exilio con la profundidad espiritual de la tradición latinoamericana, Enrigue ha demostrado en varios de sus textos un gran talento en plantear un asunto esencial en la literatura futura: el desencuentro. Si la obra de Jorge Volpi es una literatura de la ciudadanía cultural universal, la apuesta por Álvaro Enrigue pone en la mesa a su antípoda, al escritor menor que narra desde una posición siempre fuera de lugar.
En estos términos, la presencia de un narrador más clásico como Enrigue hace muy notable la exclusión de algunas de las apuestas estéticas mas arriesgadas e interesantes, a mi parecer excluidas debido a su falta de reconocimiento fuera de círculos estrictamente mexicanos. Un ejemplo de esto es José Ramón Ruisánchez (1971), quizá el narrador más original de su generación. Aunque sus novelas han aparecido en editoriales mexicanas (como Océano México, Tierra Adentro, Joaquín Mortiz y Colibrí), la obra de Ruisánchez tiene una relevancia estética mayor a la de muchos de los textos publicados. Ante un cierto estancamiento entre las narrativas occidentalistas y las literaturas menores que he descrito hasta aquí, novelas como
Remedios infalibles contra el hipo y
Como dejé de ser vegetariana rompen con muchos de los moldes narrativos agotados en la literatura latinoamericana y apuesta por una serie de recursos más bien raros, como el humor y la narrativa rizomática. Si la pregunta es por el futuro de la literatura latinoamericana, uno de los mayores pecados de la lista que tenemos enfrente es la afirmación de novelistas que, en general, tienen propuestas poco innovadoras a nivel estilístico y narrativo.
Una excepción a lo anterior es Guadalupe Nettel, la única mujer de la selección. Nettel es autora de una novela de consecuencia,
El huésped, una narrativa de terror que la hizo merecedora a una mención en el Premio Herralde. Aunque se trata sin duda de una novela estupenda y original, apostando, como muchos de los autores más interesantes de nuestros días, a la novela de género, llama la atención que, más allá de este libro, Nettel carece de una obra de la extensión de casi cualquier otro autor de la lista. Quizá el jurado pensó que una novela sola ameritaba la mención y que era necesaria la inclusión de una mujer, pero, comparada con autoras como las cubanas Ena Lucía Portela y Wendy Guerra o la uruguaya Claudia Amengual, los méritos de Nettel parecen no pertenecer del todo a la lista continental. Quizá Nettel tiene una gran obra en el tintero y quizá su elección se debió a que Cristina Rivera Garza, indiscutiblemente la mejor escritora mexicana en producción, perdió la selección por un par de años. Sin embargo, la eleccion de Nettel deja ver un pecado de las letras mexicanas, la poca visibilidad que muchas escritoras jóvenes de gran factura (como Vanesa Garnica (1974), por ejemplo) tienen en contraste con sus contrapartes masculinas.
Finalmente, la elección quizá más extraña y polémica es la de Fabrizio Mejía Madrid. Cronista de gran trayectoria, la narrativa de Mejía Madrid, sin embargo, me parece poco más que un apéndice de su trayectoria cronística. La apuesta parece responder a la necesidad de incluir un autor de tintes urbano, alternativo, en medio de una selección demasiado llena de una literatura de tintes clasicistas. En estos términos, Mejía Madrid parece representar al cronista devenido novelista, un rol que él interpreta a la perfección. Sin embargo, esta elección deja ver un importante punto ciego de la relación del jurado con la literatura mexicana: la ausencia completa de literatura del norte de México y de la frontera con los Estados Unidos. Si bien la literatura de la Ciudad de México ha tenido un lugar preponderante, a cualquier lector mexicano le queda claro que el norte es un lugar fundamental de enunciación narrativa. La ausencia de escritores como Yuri Herrera (1970) o Heriberto Yépez (1974), por mencionar sólo dos de la pléyade fronteriza, es sintomática del hecho de que la apuesta de Bogotá 39 ha sido muy reservada con espacios innovadores y dinámicos de la literatura mexicana y latinoamericana contemporánea, apostanto a un canon demasiado canónico.
Para concluir, creo necesario plantear tres interrogantes al impulso de Bogotá 39 y que, desde el mirador proporcionado por la literatura mexicana, permiten un debate más amplio respecto a su afán canonizador. Primero, creo que el privilegio a autores que, en su mayoría, se encuentran consagrados por el aparato editorial transnacional es sintomático no sólo de que el acceso a los libros en Colombia tuvo mucho que ver en la selección, sino también de la idea de equiparar el éxito editorial con la relevancia estética. En México, muchos de los escritores fundamentales del país, los que realmente están haciendo olas en las estéticas de la narrativa mexicana, como Eduardo Antonio Parra o José Ramón Ruisánchez, nunca han sido publicados fuera de México. Un esfuerzo de consagración como Bogotá 39 requeriría de un diálogo crítico entre las tradiciones nacionales y las regionales para que una selección así sea resultado de una conversación literaria y no de circunstancia editoriales. Segundo, me parece imperdonable que, a estas alturas, una selección de esta naturaleza no incluya de manera diferenciada a los latinos de los Estados Unidos. Si bien autores como Junot Díaz o Daniel Alarcón están presentes, su adscripción a la República Dominicana y Perú, respectivamente, falsifica su rol en la literatura latinoamericana. Precisamente lo que hace a ambos tan relevantes es su capacidad de operar desde los Estados Unidos y de plantear una noción radical de literatura desde el bilingüismo. Finalmente, creo que queda abierta la pregunta sobre los espacios de mayor renovación de la narrativa latinoamericana. Los enormes cambios que se han vivido en las formas de escribir en los últimos quince años hacen que una selección llena de autores tan poco arriesgados parezca demasiado limitada. Una nueva conversación, pendiente sin duda, sobre el futuro de la literatura latinoamericana no puede ni debe evadir estas tres cuestiones. En ellas se fija, a mi parecer, el verdadero futuro de una literatura más diversa y salvaje que la presentada por la corrección narrativa del Bogotá 39.