Tuesday, June 24, 2008

José Ramón Ruisánchez en Puebla


Este jueves se presenta la novela Nada cruel de José Ramón Ruisánchez en Puebla. Los comentarios serán de Oswaldo Zavala, Tamara Williams, el autor y yo. La cita es en Profética (3 Sur 701) a las 19 horas.

Monday, June 23, 2008

Memories of youth

Wednesday, June 18, 2008

Bogotá 39. Notas sobre una selección

(Publicado originalmente en Pie de página como comentario a la selección mexicana de Bogotá 39).
Cualquier tipo de crítica o selección sobre literatura “joven” lanza los dados con el afán de ganar dos apuestas precisas: la definición estética del futuro inmediato y, a partir de ella, la filtración de una masa considerable de autores noveles que pueblan los medios literarios de todos los países. La selección de Bogotá 39, que utiliza dicho número para determinar tanto la cantidad de autores como la edad máxima para ser parte de ella, es la instancia más reciente en este tipo de ejercicios, un intento de contestar la interrogante planteada en la parte más alta de su página web: “¿Hacia dónde va la literatura latinoamericana actual?”. Más allá de la arrogancia implícita en dicha pregunta –y en todo ejercicio de crítica literaria-, la lectura de dicha lista desde alguno de los países involucrados –México en mi caso- genera la indiscutible necesidad del signo de interrogación, la pregunta sobre una perspectiva que hizo una selección que, desde el lado nacional, parece representar de manera parcial la realidad y, ni se diga, el futuro.
México es un país donde la literatura “joven” tiene una estructura institucional sin paralelo en el continente. El Programa Cultural Tierra Adentro ha venido publicando los últimos 18 años una serie editorial dedicada a autores menores de 35 años, que a la fecha cuenta con más de 350 títulos. Estas ediciones, que incluyen una revista, constantes antologías y una considerable cantidad de premios literarios, han abierto las puertas de una gran cantidad de jóvenes escritores a los que después se les otorga la complicada misión de hacer carrera “adulta”. El corte impuesto por Bogotá 39 se ubica, en el caso mexicano, precisamente en estos momentos de filtración, donde los segundos y terceros libros y la participación de escritores en ámbitos nacionales y regionales hacen indiscernible el marasmo escritural posibilitado por nuestras instituciones culturales. Esto provoca que varios escritores fundamentales de la literatura mexicana actual, como Pedro Ángel Palou (1966) o Cristina Rivera Garza (1964), quienes han descollado de manera particular en los últimos años, queden fuera. El punto es que, si hacemos una lista de los escritores que han encontrado un lugar prominente en los últimos dos años, los que realmente están haciendo el “futuro” de la literatura mexicana, pierden el corte, oh arbitrariedad, por un par de años. De esta manera, los cuatro elevados al Partenón continental son escritores en niveles muy diferentes de relevancia para la literatura mexicana y, por ende, pertenecen de maneras muy distintas al posible canon futuro de la literatura.
El indiscutible de la selección es Jorge Volpi, quien, más allá de las afinidades estéticas que cada quien tenga con su obra, ha sido sin duda el escritor líder de su generación. Las novelas fundamentales de Volpi, El temperamento melancólico y En busca de Klingsor, abrieron una avenida completa en la literatura latinoamericana, la defensa a capa y espada el derecho de los escritores de la región a la ciudadanía cultural occidental y a la literatura sin adjetivos. Esta postura ha beneficiado a muchos escritores de Bogotá 39, como el ecuatoriano Leonardo Valencia, cuya novela El desterrado, de raigambre italianizante, logra emerger y ser publicada en un país fuertemente cargado de regionalismos, gracias al cosmopolitismo que el Premio Biblioteca Breve afirmó en la obra de Volpi. Aquí cabe mencionar que la elección de Volpi acarreó una exclusión injusta, la de Ignacio Padilla (1968). Aunque quizá el criterio fue de simple contigüidad –como Volpi, Padilla es miembro del crack-, Padilla es, quizá, el mejor prosista de la literatura mexicana contemporánea. La traducción inglesa de su novela Amphytrion, con la que obtuvo el Premio Primavera de Novela, fue objeto de una reseña de Barry Unsworth, el comentario más elogioso que ha recibido un mexicano en el New York Times en las últimas dos décadas. Asimismo, como lo demuestra su más reciente obra La gruta del toscano, el ejercicio del cosmopolitismo cultural que Padilla ejerce lo lleva a avenidas más complejas que las exploradas por Volpi y, si hablamos de una apuesta al futuro, Padilla tiene, por lo menos, un lugar tan prominente como Volpi en dicha discusión.
Álvaro Enrigue, por su parte, es un ejemplo de un autor que ha tenido momentos intermitentes de consagración literaria. Su carrera inició de manera intempestiva a mediados de la década de los noventa, cuando su novela La muerte del instalador fue galardonada con el Premio Joaquín Mortiz de Primera Novela. Después de dos libros de poca circulación y estética algo extraña (Virtudes capitales y El cementerio de las sillas), Enrigue fue catapultado de nuevo a la fama gracias a la publicación en Anagrama de un notable libro de cuentos, Hipotermia. A diferencia de Volpi y Padilla, que apuestan a la gran tradición occidental, la obra de Enrigue pertenece más bien al canon de cierta escritura “menor”, a las obras escritas con solvencia y elegancia pero que evaden las grandes preguntas estéticas y culturales. Hipotermia, por ejemplo, narra en muy talentosas estampas la vida de un latinoamericano en la universidad norteamericana, así como los devaneos de un mexicano en el Perú. Sin tratar el exilio con la profundidad espiritual de la tradición latinoamericana, Enrigue ha demostrado en varios de sus textos un gran talento en plantear un asunto esencial en la literatura futura: el desencuentro. Si la obra de Jorge Volpi es una literatura de la ciudadanía cultural universal, la apuesta por Álvaro Enrigue pone en la mesa a su antípoda, al escritor menor que narra desde una posición siempre fuera de lugar.
En estos términos, la presencia de un narrador más clásico como Enrigue hace muy notable la exclusión de algunas de las apuestas estéticas mas arriesgadas e interesantes, a mi parecer excluidas debido a su falta de reconocimiento fuera de círculos estrictamente mexicanos. Un ejemplo de esto es José Ramón Ruisánchez (1971), quizá el narrador más original de su generación. Aunque sus novelas han aparecido en editoriales mexicanas (como Océano México, Tierra Adentro, Joaquín Mortiz y Colibrí), la obra de Ruisánchez tiene una relevancia estética mayor a la de muchos de los textos publicados. Ante un cierto estancamiento entre las narrativas occidentalistas y las literaturas menores que he descrito hasta aquí, novelas como Remedios infalibles contra el hipo y Como dejé de ser vegetariana rompen con muchos de los moldes narrativos agotados en la literatura latinoamericana y apuesta por una serie de recursos más bien raros, como el humor y la narrativa rizomática. Si la pregunta es por el futuro de la literatura latinoamericana, uno de los mayores pecados de la lista que tenemos enfrente es la afirmación de novelistas que, en general, tienen propuestas poco innovadoras a nivel estilístico y narrativo.
Una excepción a lo anterior es Guadalupe Nettel, la única mujer de la selección. Nettel es autora de una novela de consecuencia, El huésped, una narrativa de terror que la hizo merecedora a una mención en el Premio Herralde. Aunque se trata sin duda de una novela estupenda y original, apostando, como muchos de los autores más interesantes de nuestros días, a la novela de género, llama la atención que, más allá de este libro, Nettel carece de una obra de la extensión de casi cualquier otro autor de la lista. Quizá el jurado pensó que una novela sola ameritaba la mención y que era necesaria la inclusión de una mujer, pero, comparada con autoras como las cubanas Ena Lucía Portela y Wendy Guerra o la uruguaya Claudia Amengual, los méritos de Nettel parecen no pertenecer del todo a la lista continental. Quizá Nettel tiene una gran obra en el tintero y quizá su elección se debió a que Cristina Rivera Garza, indiscutiblemente la mejor escritora mexicana en producción, perdió la selección por un par de años. Sin embargo, la eleccion de Nettel deja ver un pecado de las letras mexicanas, la poca visibilidad que muchas escritoras jóvenes de gran factura (como Vanesa Garnica (1974), por ejemplo) tienen en contraste con sus contrapartes masculinas.
Finalmente, la elección quizá más extraña y polémica es la de Fabrizio Mejía Madrid. Cronista de gran trayectoria, la narrativa de Mejía Madrid, sin embargo, me parece poco más que un apéndice de su trayectoria cronística. La apuesta parece responder a la necesidad de incluir un autor de tintes urbano, alternativo, en medio de una selección demasiado llena de una literatura de tintes clasicistas. En estos términos, Mejía Madrid parece representar al cronista devenido novelista, un rol que él interpreta a la perfección. Sin embargo, esta elección deja ver un importante punto ciego de la relación del jurado con la literatura mexicana: la ausencia completa de literatura del norte de México y de la frontera con los Estados Unidos. Si bien la literatura de la Ciudad de México ha tenido un lugar preponderante, a cualquier lector mexicano le queda claro que el norte es un lugar fundamental de enunciación narrativa. La ausencia de escritores como Yuri Herrera (1970) o Heriberto Yépez (1974), por mencionar sólo dos de la pléyade fronteriza, es sintomática del hecho de que la apuesta de Bogotá 39 ha sido muy reservada con espacios innovadores y dinámicos de la literatura mexicana y latinoamericana contemporánea, apostanto a un canon demasiado canónico.
Para concluir, creo necesario plantear tres interrogantes al impulso de Bogotá 39 y que, desde el mirador proporcionado por la literatura mexicana, permiten un debate más amplio respecto a su afán canonizador. Primero, creo que el privilegio a autores que, en su mayoría, se encuentran consagrados por el aparato editorial transnacional es sintomático no sólo de que el acceso a los libros en Colombia tuvo mucho que ver en la selección, sino también de la idea de equiparar el éxito editorial con la relevancia estética. En México, muchos de los escritores fundamentales del país, los que realmente están haciendo olas en las estéticas de la narrativa mexicana, como Eduardo Antonio Parra o José Ramón Ruisánchez, nunca han sido publicados fuera de México. Un esfuerzo de consagración como Bogotá 39 requeriría de un diálogo crítico entre las tradiciones nacionales y las regionales para que una selección así sea resultado de una conversación literaria y no de circunstancia editoriales. Segundo, me parece imperdonable que, a estas alturas, una selección de esta naturaleza no incluya de manera diferenciada a los latinos de los Estados Unidos. Si bien autores como Junot Díaz o Daniel Alarcón están presentes, su adscripción a la República Dominicana y Perú, respectivamente, falsifica su rol en la literatura latinoamericana. Precisamente lo que hace a ambos tan relevantes es su capacidad de operar desde los Estados Unidos y de plantear una noción radical de literatura desde el bilingüismo. Finalmente, creo que queda abierta la pregunta sobre los espacios de mayor renovación de la narrativa latinoamericana. Los enormes cambios que se han vivido en las formas de escribir en los últimos quince años hacen que una selección llena de autores tan poco arriesgados parezca demasiado limitada. Una nueva conversación, pendiente sin duda, sobre el futuro de la literatura latinoamericana no puede ni debe evadir estas tres cuestiones. En ellas se fija, a mi parecer, el verdadero futuro de una literatura más diversa y salvaje que la presentada por la corrección narrativa del Bogotá 39.

Thursday, June 12, 2008

Meu Brasil brasileiro

um dia
a gente ia ser homero
a obra nada menos que uma ilíada

Paulo Leminski

Tuesday, June 10, 2008

La narrativa de Vicente Alfonso



Con la excusa de su generosidad al reseñar El arte de la ironía en Luvina, tuve la oportunidad en estos días de leer los dos libros de narrativa de Vicente Alfonso: El sindrome de Esquilo y Partitura para una mujer muerta. El primero de ellos es, posiblemente, uno de los mejores primeros cuentarios de la literatura mexicana actual. Siempre he creído que la función del primer libro de cuentos es el exorcismo de los fantasmas literarios que aquejan a un narrador. El síndrome de Esquilo logra este propósito magistralmente, desplegando un enorme rango de virtudes emotivas e intelectuales, desde el melancólico espectro de una mujer perdida hasta la inescapable referencialidad del precursor literario. De hecho, el cuento que comparte título con la colección engarza de manera notable la reflexión escritural sobre el precursor literario con el momento mismo de formación del escritor.
A pesar de la excelente factura del cuentario, es en Partitura donde encontramos las virtudes de Vicente Alfonso. Diseñada como una policiaca, la novela ofrece un balance impecable entre la novela subjetiva y la narrativa de género. Si El síndrome de Esquilo nos permite ver una multitud de voces emergidas de la misma pluma, Partitura para una mujer muerta nos permite encontrar, en una sola novela, la eficiente mimetización del discurso burocrático, el discurso afectivo en primera persona y la siempre disfrazada voz picaresca del detective. En otras palabras, creo que esta novela es la primera que engarza de manera eficiente la narrativa negra del norte, con sus modismos, giros y violencia, con las tendencias más literaturizadas de la narrativa del centro, en una sola y coherente unidad. Y lo más destacado de todo es que este engarzamiento precursor de distintas genealogías de la liteturatura mexicana se hace con una economía narrativa ejemplar, con una prosa a la que no le sobra ni siquiera un adjetivo.
Con Vicente Alfonso atestiguamos el nacimiento de una figura mayor de la literatura mexicana, un narrador de diversas genealogías cuyos encuentros prometen derroteros diversos.

Saturday, June 7, 2008

A better Umbrella

Wednesday, June 4, 2008

Sabiduría de Coetzee para nuestra ficción democrática

"Democracy does not allow for politics outside the democratic system. In this sense, democracy is totalitarian". JM Coetzee. Diary of a Bad Year.

Tuesday, June 3, 2008

Veto

Existen algunos elementos que, a mi parecer, deberían vetarse por 10 años para permitir la renovación de ideas literarias y críticas. Son temas cliché que tienen que olvidarse por algunos años para que podamos regresar en cierto tiempo a ellas con cabeza limpia y podamos reflexionar de manera más crítica sobre ellas. Acepto la posibilidad de excepciones al veto cuando se trate de un trabajo absolutamente genial. Propongo una modesta lista a continuación:

1. La identidad mexicana.
2. Estudios sobre Borges, particularmente si tratan sobre literatura fantástica o sobre el laberinto.
3. Textos narrativos a la manera borgiana.
4. Historias de escritores (o aspirantes a escritores o artistas) latinoamericanos en a) París b) España y c) Nueva York.
5. La dictadura y/o postdictadura de Chile y/o Argentina.
6. El exilio cubano.
7. El nazismo y el holocausto.
8. La disfunción familiar.
9. Ensayos sobre el Boom o cualquiera de sus cuatro escritores icónicos.
10. Octavio Paz, particularmente lo referente a su obra de los años 50.

Monday, June 2, 2008

No creo en generaciones

Al haber nacido en 1979, me corresponde el dudoso honor de estar en la retaguardia cronológica de esa entidad que en los medios literarios se ha dado en llamar la "generación inexistente" o la "generación de los setenta". Esta generación ya ha sido objeto de diversos artículos críticos, incluidos muchas personas cuyo trabajo siempre leo con interés, entre ellos algunos de los narradores y críticos más brillantes: Rafael Lemus, Tryno Maldonado, Geney Beltrán y Jaime Mesa, por mencionar sólo aquellos cuyo trabajo he admirado. Como al parecer esta generación, pese a estar poblada por muchos y muy notables poetas y ensayistas, se comienza a consagrar en la narrativa, ha emergido ya una antología de cuentistas elegidos con un sistema de delegados y recomendaciones que por un motivo raro me recordó el procedimiento del Congreso en su elección de consejeros del IFE o de los interlocutores en el debate petrolero. Y ciertamente existen narradores de primerísimo nivel: Bernardo Fernández es, sin duda, uno de los talentos literarios más interesantes de México en los últimos veinte años, Alain-Paul Mallard uno de esos escritores raros y brillantes de la estirpe de Efrén Hernández y Francisco Tario y Guadalupe Nettel una escritora que parece desmarcarse decisivamente de los encasillamientos de género que han plagado a la literatura mexicana. También existen algunos fenómenos criticables que se han detectado. Rafael Lemus ha señalado con razón la dificultad que tienen muchos escritores identificados con la traída y llevada "generación" en escribir convincentemente sobre México. A esto agregaría además que existe un trabajo todavía sobrado con la prosa y un afán experimentador que rebasa todavía la arquitectura novelística. Pienso, por ejemplo, en Musofobia, donde el claro talento de Jorge Harmodio se ahoga en cierto exceso de la forma.

Una vez hecho este análisis, creo necesario enfatizar lo que me parece el problema más importante de todo esto, lo cual se puede resumir en una pregunta: ¿Cuál generación? Mejor dicho, me parece sumamente cuestionable que sigamos usando un concepto tan anacrónico como generación. La popularización de este concepto en la historiografía literaria latinoamericana vía Ortega y Gasset, sumado a la formación de grupos culturales definidos por el término (como el 98, el 27 o los Contemporáneos mismo), perteneció a una cartografía cultural radicalmente distinta a la actual. Cuando Jorge Cuesta y compañía publican un manifiesto generacional como la Antología de poesía mexicana moderna existía un sentido de operación cultural que el concepto actual, mera categoría cronológica, no transmite. Aunque ha tenido larga vida, me parece que la validez de la idea de generación, sea en términos de los 15 años orteguianos o la clasificación en décadas preservada por antologías como Dispersión multitudinaria o Grandes Hits, murió con la publicación de Las corrientes literarias en la América Hispánica de Pedro Henríquez Ureña, cuyo enfoque sociohistórico planteó otro tipo de entendimientos en la literatura. En esta vena, creo cada vez más que, en la línea inaugurada por el maestro dominicano, deberíamos pensar más en términos de genealogías que de generación. Ciertamente, aparte de la fecha de nacimiento, no veo ningún punto en común entre, por ejemplo, la gozosa narrativa de José Ramón Ruisánchez, la policiaca de Martín Solares y la exquisitez cosmopolita de Alain-Paul Mallard o Ximena Sánchez Echenique. Sin embargo, si pensáramos en términos de tradiciones de la literatura mexicana, sería interesante pensar a Ruisánchez de manera paralela a otros humoristas como Hinojosa o de los momentos más experimentales de la Onda; a Solares como descendiente de la tradición de la novela negra y estricto contemporáneo de Juan José Rodríguez; a Mallard con las tradciones más oscuras del modernismo mexicano o a Sánchez Echenique como una visión externa de la narrativa personalista de la narrativa femenina de los ochenta. Esto, creo, haría más justicia a los autores. Asimismo, me parece muy claro que la existencia y reproducción de la idea de "generación" se debe a varios vicios culturales que urge desterrar de la literatura mexicana. Listo algunos: 1. La necesidad de encasillar escritores en una jerarquía cultural donde el seniority adquiere demasiado peso. 2. El intento de entrar en una noción de "escritor mexicano" que ya no es operativa. Tenía sentido ser una "generación" cuando se dirimía si el derrotero de la narrativa mexicana debía ser la "Onda" o la "escritura". Con la gran variedad de producciones legitimadas en la escritura mexicana de nuestros días, estas coincidencias y divergencias carecen de sentido. 3. LA noción de "generación" es proclive a intentos de consagración que, como Grandes Hits opera más sobre consideraciones institucionales que literarias. Si el libro fuera representante de una visión idiosincrática de la nueva escritura mexicana tendría una legitimidad mayor que en su encarnación actual de definidor de lo "más representativo" de la generación. 4. Relacionado a lo anterior, todo debate sobre una generación deriva en dos cosas: una anodina pelea en torno a las inclusiones y exclusiones de las distintas listas y una definición arbitraria de características en común que varía de manera caprichosa en función a lo que el crítico en turno ha leído. 5. Last but not least, la noción de "generación" tiende a privilegiar un género sobre otro. La ausencia de la poesia en el debate actual y del ensayo y el teatro en prácticamente cualquier debate deja claro este punto.
En fin, espero que algún día los críticos literarios y los escritores superemos la etapa oral de las "generaciones" y empecemos a pensar más en serio las nuevas literaturas mexicanas.