

Este mes se han publicado en México dos ensayos míos. La revista UniDiversidad de Puebla publicó un bellísimamente diseñado número especial sobre Pedro Páramo, en el cual aparece mi artículo "La nación espectral como tierra baldía". La Revista de la Universidad de México publicó un muy interesante dossier de joven literatura mexicana, en el cual se incluyó mi ensayo "Breve defensa del realismo". Ambas revistas se consiguen en los Sanborns de México. Dejo aquí los primeros párrafos de ambos textos.
Breve defensa del realismo
Ignacio M. Sánchez Prado
Hace un par de años, tuve una experiencia lectora que me hizo reconsiderar seriamente mis gustos literarios y mis ideas sobre la práctica literaria. Sentado en una sala de espera del aeropuerto de El Paso, Texas, esperando el primer vuelo de la ruta que me llevaría a casa, a Saint Louis, leí una pequeña nouvelle, que en un acto de casualidad levanté de una mesa de novedades de Barnes & Noble. El título, Last Night at the Lobster, tenía, en su sencillez, una calidad poética indescriptible, pese a describir de manera directa su trama –centrada alrededor del cierre de un restaurante Red Lobster en uno de esos impersonales centros comerciales suburbanos que pueblan a los Estados Unidos–. Su autor, Stewart O´Nan, había escrito un cuento que, pese a que he olvidado su título, recordaba en ese entonces con un vago cariño. Hasta ese momento, como buen lector mexicano, educado en los últimos coletazos del PRI y de la literatura nacional, sentía un recelo casi fundamentalista contra el realismo, que identificaba tanto con las historias ramplonas de obreros y campesinos heredados de las revoluciones del siglo XX como con ese modelo hermoso pero restrictivo y anacrónico que nos dejó el siglo XIX. De hecho, como estudiante doctoral, abjuré del realismo, después de que mis exámenes de grado me obligaron a leer en detalle espantos literarios como Réquiem por un campesino español o las fallidas novelas de Gregorio López y Fuentes, mientras que algunos de mis amigos del departamento de literaturas eslavas eran sentenciados a novelas estalinistas del más burdo realismo socialista.
Sin embargo, ese día en el aeropuerto descubrí una vez más que los contextos de lectura importan, y en los Estados Unidos, donde el alto modernismo burgués y el flujo de conciencia ejercen los yugos más radicales, el realismo es sin duda una bocanada de aire fresco. Y no cualquier realismo: O’Nan es un trovador de una clase obrera evanescente, borrada del lenguaje cultural por los mitos de la clase media norteamericana y por la cultura de capitales literarias (Nueva York, Los Angeles, San Francisco, Chicago), que suelen marginar las vidas de esa silenciosa mayoría que habita la economía de servicios de nuestros días. El riesgo es claro, ya que, como sabemos bien gracias a nuestras experiencias nacionales con la novela indigenista, el hecho de que un autor se erija como representante de clases populares puede resultar en hipocresía, explotación y autoritarismo textual. Sin embargo, esto no sucede en O’Nan, cuyos narradores renuncian al prescriptivismo moral, concediendo a los personajes cierta textura literaria que les otorga un grado inusual de vida. Sin duda, un libro bien logrado construido alrededor de aquello que Roland Barthes llamaría “efecto de realidad”. Baste un ejemplo (en mi preliminar traducción). La novela comienza con un auto que se acerca al Red Lobster, poco a poco entrando a la perspectiva de su conductor. Justo antes de llegar a este momento, irradia una prosa centrada en cierto detalle: “Por un minuto, el auto descansa con el motor apagado, filtrándose la nieve por el techo y la ventana trasera, pareciendo absorber cada cristal, conforme lo golpea, en su parabrisas calentado por el clima”. En la melancolía de este momento se sienta el tono del libro: en vez de enfrentarnos a una novela prescriptiva sobre el carácter precario de la vida laboral norteamericana, O’Nan nos ofrece una cuidadosa exploración de existencias gradualmente desvanecidas por su fragilidad vital.
La nación espectral como tierra baldía: una lectura de Pedro Páramo
Ignacio M. Sánchez Prado
Hacia mediados de los años cincuenta, la novela mexicana comienza la exploración en torno a aquellos excedentes, huellas, rastros y remanentes del proyecto intelectual-cultural de la Revolución que quedaron excluidos del discurso literario y que, a partir de la consolidación del campo literario en los años cincuenta, comienzan a emerger en posiciones marginales o contrahegemónicas. A pesar de la ulterior canonización que gozaron autores como Juan Rulfo o Carlos Fuentes, este ensayo busca leer, a contracorriente de interpretaciones establecidas, la manera en que los distintos “espectros” de la Revolución Mexicana se inscribieron en discursividades críticas a la cultura y la literatura hegemónicas y generaron nuevas formas de imaginar la nación. Por espectros, entiendo partes de la realidad social mexicana que no fueron simbolizadas por el discurso hegemónico de nación del México posrevolucionario. Dicho de otro modo, las textualidades de los años posteriores a la canonización de la novela de la Revolución Mexicana en la década del treinta construyen representaciones distópicas de la nación, donde se utilizan recursos como la espectralidad, la melancolía y la memoria para plantear una crítica los efectos de la configuración institucional y hegemónica del discurso literario y cultural. Desde estas coordenadas, el presente plantea a Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo como un punto de articulación particular de estos fantasmas, que definiré teóricamente en unas líneas más. Pedro Páramo es un texto que da forma fantasmática a una serie de manifestaciones culturales oprimidas por el proyecto de modernidad sustentado durante el poscardenismo, por un lado, y por las versiones de la nacionalidad articuladas en décadas anteriores: el proyecto (fallido) de transculturación/ mestizaje planteado en La raza cósmica de José Vasconcelos, el imaginario cristero y el discurso novelístico como romance nacional. En general, me interesa la constitución de lo que Esperanza López Parada llama un “narrador limítrofe”, articulado por un “escritor descolocado [que] se inviste de unos poderes de ubicuidad y traslado que corresponden siempre a la periferia, a lo que no ocupa el centro de las jerarquías estables y escribe desde la disidencia o la marginalidad” (11. Énfasis en el original). Desde esta perspectiva, la novela mexicana desarrolla una tradición desde los márgenes que articulará espacios de des-escritura de la imagen institucionalizada del país, entre los cuales Rulfo resulta el caso más sintomático.
0 comments:
Post a Comment