Saturday, July 2, 2011

La antología poética como afecto

Esta reseña salió publicada en el número más reciente de Tierra Adentro. Agradezco como siempre a Mónica Nepote y Geney Beltrán.


El oro ensortijado. Poesía viva de México. Comps. Mario Bojórquez, Alí Calderón, Jorge Mendoza Romero y Álvaro Solís. Ediciones Eón/ Secretaría de Cultura de Puebla, 2009. 364 pp.


Cuando se reseñan antologías de poesía en México, los textos resultantes siempre desembocan en dos clichés. El oro ensortijado sin duda podría reseñarse en estos términos. Por un lado, en la medida en que las antologías son estrategias de posicionamiento, las reseñas tienden a señalar los “intereses” subyacentes al libro. Esto sería fácil de hacer con El oro ensortijado, vinculable a la revista Círculo de poesía, y que antologa a tres de los cuatro compiladores y al padre de uno de ellos. Por otro, muchas de las reseñas son quejas veladas respecto al hecho de no haber sido incluido (yo, desdichado poeta nunca antologado, podría quejarme) o de que a uno no le parecen la exclusión de poetas amigos y/o admirados (que para mí serían poetas como Óscar de Pablo, mucho mejor que varios de los incluidos en este volumen). Sin embargo, prefiero resistir la tentación más allá de la mención de principio que acabo de hacer y evaluar con justicia el libro que tengo a las manos.
El oro ensortijado se presenta a sí misma de una manera muy significativa. El prólogo está escrito en cuatro partes –una por Mario Bojórquez y tres por Jorge Mendoza Romero–. La de Bojórquez es una petulante y superficial genealogía del trabajo antológico que conecta de manera poco convincente al texto con precursores como Meleadro de Gadara y figuras más familiares como Jorge Cuesta y Eduardo Langagne, para concluir con la idea, fundamental para hacer justicia al texto, de que el libro trata de “dar un testimonio de la poesía que nos ha sido dado leer y recobrar como un tesoro íntimo”. Esta idea es desarrollada con mayor fortuna intelectual por Mendoza Romero, quien, en un texto bien argumentado e investigado, ambas virtudes raras en un prólogo de antología, asume la importancia de reconstruir “nuestra tradición” y de resistir la necesidad de fijar al “generar nuevos significados, nuevas lecturas, nuevas interpretaciones”.
Si leemos estas aseveraciones sin el sospechosismo que suele plagar a los reseñistas, tenemos una teoría muy interesante de la antología como afecto, donde el criterio de selección legitima al ejercicio como expresión de afinidades estéticas. Esto es patente en las fichas de los autores antologados. En vez de producir fichas biográficas “objetivas”, los compiladores decidieron utilizar un formato lúdico y personal. El texto presenta el nombre del autor –digamos, Jaime Labastida–, seguido por un análisis etimológico (o pseudo-) de su nombre –“provenzal, fortificación”– y concluido con una evaluación claramente subjetiva de su obra, que explica su inclusión desde el canon personal de los compiladores: “escribe una poesía áspera que genera la sensación de hostilidad y gran tensión”. Ciertamente esta estrategia tiene el potencial de resultar irritante y es dada a la hipérbole: Mario Calderón es comparado con Nezahualpilli y César Vallejo. Con todo, el ejercicio es exitoso y conforme recorremos las páginas de la antología y las selecciones de textos recorremos el itinerario afectivo y personal que construye al libro. En estos términos incluso la auto-antología tiene sentido: la poesía de los antologadores no es sino uno de los derroteros de la tradición que nos presentan.
Los mayores descubrimientos de la antología no están en la selección misma sino en los juicios personalísimos de los autores. Al leer el libro, descubrí con gusto a un Vicente Quirarte autor de poemas “que hacen de la alusión cultural un campo propicio para la resignificación”. Y lo mejor quizá es que las consideraciones de los antologadores dejan su selección y juicios abiertos a debate. Por ejemplo, no llamaría a Julián Herbert “soso”, pero la antología nunca impone una interpretación. El oro ensortijado es el feliz intento de cuatro poetas jóvenes, que, reconociendo la arrogancia del ejercicio, deciden compartir las lecturas que hacen legible su propio oficio poético.
El oro ensortijado clama en su subtítulo la presentación de una “poesía viva”, es decir, una poesía que tiene un significado especial y vigente para una comunidad de lectores. Pero esta comunidad, no debemos olvidarnos, es de poetas y aspirantes a poeta. Esto hace que la primera parte de la antología, en la que aparecen poetas más consagrados, sea la más predecible. Están Chumacero, Segovia y Pacheco, quizá los poetas más unánimemente reconocidos en la poesía mexicana actual, y está también Deniz, a quien los poetas mexicanos siguen poniendo en un pedestal. La selección tiene también descubrimientos: Max Rojas, a quien confieso no haber leído antes, es una revelación para mí, y me parece muy importante el reconocimiento a poetas más jóvenes como Mijail Lamas. Leída de corrido, la antología tiene mucho sentido, en parte debido a que el ordenamiento cronológico por fecha de nacimiento aunado a la refrescante arbitrariedad de la selección crea interesantes narrativas internas. Me resultó fascinante leer a María Rivera seguida de Julián Herbert, en un contrapunteo de tonos y estilos casi antípodas, pero que desemboca de manera interesante en una inconsciente síntesis representada por la poesía de Jorge Ortega y Rogelio Guedea.
Se podría decir mucho más del libro y la selección, pero queda poco espacio. Quiero concluir invitando a la lectura de esta antología. No hay que leerla como siempre leemos las antologías, buscándonos a nosotros mismos y a nuestros amigos, o desde una hermenéutica cuyo objeto interpretativo es la política y no la poética. Si leemos a la antología con justicia y en sus propios términos, tenemos la rara oportunidad de aproximarnos a una refrescante no-tradición poética, a una conversación sobre la poesía que rara vez tenemos en la literatura mexicana. Sólo por esto último, me atrevería a decir que El oro ensortijado no es sólo un valioso libro, sino una antología que nos provee de un marco para leer todas las otras antologías, a contrapelo de sus políticas e intenciones subyacentes y a favor de la poesía.

1 comments:

Eduardo Huchin said...

(Ignacio: del latín "ignĕus", fuego; Prado, del latín "pratum": "Tierra muy húmeda o de regadío". Lo cual me lleva a pensar que no tengo idea alguna de lo que signifique).

Por otro lado, coincido con varios de tus comentarios, incluso con el hecho de que la antología también me sirvió para conocer a Max Rojas.

Un saludo.