1. Ese estilo metaliterario post-borgiano creo que ya dio de sí. Cuando Vila-Matas escribía en los años ochenta y noventa, las historias de los shandies y los bartlebíes tenían como sentido reclamar un lugar para lo literario como experiencia en una España sumida en el duelo post-franquista y en los vericuetos de la Movida. Por esta razón, Vila-Matas tuvo una mejor acogida en Latinoamérica, donde su estilo refinado era un antídoto genial para los imperativos de las literaturas postdictatoriales y los excesos prosísiticos del llamado "Post-Boom". Sin embargo, entre esa época y ahora, sucedió Roberto Bolaño, cuya obra empujó hasta los límites de su absurdo este tipo de obra. Después de Archimboldi y los críticos de 2666, un hombre que clama ser "el último editor literario" y que sale en busca de Joyce se encuentra vaciado de sentido, puesto que su parodia ha sucedido ya.
2. Dublinesca tiene un problema básico: hay mucho talento, demasiado canon y nada que decir. Ciertamente se ve un Vila-Matas en su punto de mayor refinamiento, una prosa hermosa a la que no le falta y le sobra nada. Sin embargo, esa prosa no está al servicio de nada que valga la pena. Como divertimento literario, los referentes de Vila-Matas son aburridos. Volver a Tristram Shandy o a Bartleby desde la tradición hispana era un acto de radicalidad, una reivindicación de formas de la literatura que no cabían en los cánones de su momento. Volver a Joyce en 2010 es un anacronismo, primero porque no hay escritor hispanoamericano canónico sin por lo menos una velada vena joyceana (tan sólo en méxico vienen a la mente Fernando del Paso y José Agustín), y segundo porque Joyce es tan central a ese modernismo literario que no acaba por terminarse que resulta imposible, incluso para un titán como Vila-Matas, encontrar alguna referencia interesante u original en su linaje. Eso requeriría veinte años de injusto pero necesario olvido que aún no han comenzado.
3. El salto de Vila-Matas a Seix Barral acusa un problema al que llega cualquier escritor de su talante: está demasiado consagrado. Por este motivo, encontramos algunas cosa que aparecen en el peor Carlos Fuentes o en el peor Milan Kundera: el personaje que es el alter ego atorrante del autor y/o de un amigo (en este caso parece ser el hijo pródigo de Jorge Herralde y Vila-Matas) y el cúmulo de inside jokes con amigos de la alta esfera literaria. Cuando me encontré que el editor famoso fue responsable, por ejemplo, de editar un libro de Claudio Magris que casualmente no es de Anagrama (El anillo de Clarisse) tiré el libro al piso. Ese gesto lo hace solamente un escritor o de una juventud inmadura e imperdonable (el amateur que llena sus ficciones con sus amigos) o de un ego estelar. Esto es triste porque el Vila-Matas que sigue presentando en público y escribiendo en medios internacionales es de una lucidez que no necesita estos gestos. Dublinesca es el libro de un autor víctima de su propio éxito.
Pese a lo que estas tres consideraciones parecen indicar, mi admiración por Vila-Matas sigue siendo irrestricta y espero que su genio vuelva a cuajar en uno de esos libros liberadores y sorprendentes como los que ha producido en el pasado. Esto no es sólo una esperanza personal o enfocada a un individuo. Me preocupa que si alguien como Vila-Matas está atrapado en el laberinto de la metarreferencia, que se puede esperar de la escritura literaria en general. Seguiremos quizá, padeciendo la marejada de clones malos de Borges (como Goran Petrovic, Milorad Pavic, el peor Bolaño) que siguen pasando por alta literatura en nuestros días. Ojalá no sea así, por el bien de la escritura, la lectura y la inteligencia literaria en general.
1 comments:
Cuando leí en la página de Vila-Matas la colección de halagos de personalidades varias sobre esta última novela, me dio la sensación de una conjura maligna. Y eso porque en mi lectura me sucedió justo lo que tu dices. En general la sensación de un despilfarro de buenos recursos tras los cuales no hay nada. Una novela tan agónica como el modernismo que quisiera revitalizar, por lo que termina haciéndole el flaco favor de darle el tiro de gracia.
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