Saturday, May 15, 2010

Continúa el debate sobre la critica

Hoy en Laberinto, continúa el debate de la semana pasada. Hay una breve respuesta de García Ramírez a Geney Beltrán, con más pleito que ideas, que no tiene nada que comentarse. Sin embargo, el texto estrella es una carta de Evodio Escalante al suplemento, donde sostiene, con ingenio, humor y brillantez, que la crítica de hecho goza una muy buena salud y que habemos (full disclosure: me menciona, con una tremenda hipérbole diseñada quizá para empujar el punto, pero de todos modos lo agradezco profundamente) muchos críticos que ya hemos producido más en términos de libros y estudios de lo que produjeron figuras icónicas como los Contemporáneos o Martín Luis Guzmán. Muy recomendable y seguramente levantará algunas ámpulas.
Con todo, hay dos cosas que me gustaría agregar. Evodio sin duda no se automenciona por la necesidad de humildad, pero creo que el texto demuestra también que en él tenemos una de las mentes más preclaras y provocadoras de la literatura mexicana. Hace tiempo publiqué una reseña académica sobre los libros de Evodio que, si me acuerdo donde la tengo, trataré de subir al blog la semana próxima. Sin embargo, debo decir que a Evodio debemos varias cosas: su insuperado estudio sobre José Revueltas, el mejor libro sobre Gorostiza, la lectura más brillante del estridentismo, la recuperación crítica del poeticismo, un magnífico (y casi el único) libro sobre Othón, y una vasta cantidad de ensayos invaluables para el entendimiento de la literatura mexicana. Además, Evodio escribe con una lucidez intelectual y densidad teórica que casi nadie ejerce en México en nuestros días. Honor a quién honor merece.
Otro punto que ha salido, mencionado tanto por Eve Gil como por Evodio, es lo poco que se valora el libro de crítica. Creo, sin embargo, que esa es la criba. Un texto de diez cuartillas sin duda se puede escribir al vuelo, pero un libro hecho y derecho (no una compilación de textos de diez cuartillas) es una labor de años, de pasión y de compromiso intelectual. Por ejemplo, aunque la brillantez de Christopher Domínguez siempre ha sido manifiesta, creo que su portentosa Vida de Fray Servando es lo que lo pone en el nivel más alto de la crítica en México. Y en esta criba emergen muchas figuras que, como bien apunta Evodio, llevan a repensar el escalafón crítico nacional. Aparte de los mencionados por Evodio (Blanco, González Torres, Yépez, Sheridan, Castañón, Aguilar Mora) vienen a la mente Héctor Perea (con sus geniales libros sobre Reyes), Leonardo Martínez Carrizales (con un gran libro sobre Reyes y el mejor estudio de Torres Bodet), Eve Gil (Cuyo magnífico libro de escritoras internacionales recién salió en la UNAM), Francoise Perus (a quien debemos libros definitivos sobre el modernismo, Eustaquio Rivera y Leopoldo Lugones), Vicente Quirarte (cuya historia de la literatura de la ciudad de México es quizá uno de los libro mayores de crítica en la historia de México) o Álvaro Ruiz Abreu (autor de libros definitivos sobre Becerra y sobre la literatura cristera), por mencionar sólo lo que recuerdo al vuelo.
En fin, Evodio me convence de que la crítica goza de buena salud, pero sigo creyendo que la falta de lectura entre críticos es un problema. Se ha mencionado que la crítica no tiene lectores. Esto se debe en parte a que los que deberían leer la crítica no la leen: los escritores, los críticos, los profesores y los estudiantes. En cualquier medio intelectual civilizado (pienso en Argentina, en Francia, en Estados Unidos, en Inglaterra, en Colombia), los intercambios entre crítica, academia, creación y enseñanza son fluidos. Pero en México, quizá por ese priísmo recalcitrante que seguimos portando en los genes, mucha gente se encierra en su coto de podercito e influencia, en vez de tratar a la crítica literaria como un intercambio democrático de ideas y como una generadora de saberes.
Por todo esto, creo que pensándolo después de una semana, el comentario que más me molestó del dossier fue el de Mario Bellatín: "La crítica no me interesa en lo más mínimo salvo cuando es utilizada con fines ajenos a los literarios, que casi siempre son una bajeza impresionante". Entiendo que decir semejante cosa es una boutade diseñada para que gente como yo se moleste y que la persona pública de Bellatín se construye, en parte, por medio de excentricidades como ésta. No voy a decir que deba gustarle la crítica, ni que la deba defender, puesto que un escritor sin duda tiene el derecho pleno a rechazarla. Sin embargo, me parece medio deshonesto que él, cuyo éxito en muchos ámbitos se debe a la crítica, diga esto. Ejemplo: Su edición de novelas reunidas en Alfaguara, cuenta con un prólogo de Diana Palaversich, académica croata radicada en Australia, quien lo ha promovido a él y a muchos escritores mexicanos de manera incanzable en muchos espacios. Asimismo, la razón por la cual Salón de belleza, tras muchos años de su publicación, fue traducida finalmente al inglés en una prensa de consideración (New directions, la misma que introdujo a Bolaño y a César Aira) radica, por lo menos en buena medida, al amplio interés de los académicos de los departamentos de estudios hispánicos en Estados Unidos, donde su obra ha sido objeto de tesis, estudios y muchas otras cosas. Si le gustan o le parecen o le interesan estos estudios no es el punto, no tienen por qué hacerlo. Tampoco refuto el hecho de que estos textos puedan ser efímeros y que su obra sobreviva a sus estudiosos. Simplemente quiero precisar que Bellatín existe en los Estados Unidos y está disponible para que muchos lectores lo descubran, gracias a aquellos académicos y críticos que no tienen miedo a leerlo todo y a apostar por aquello que vale la pena. Quizá Bellatín, quien por lo demás es muy sofisticado intelectualmente, sí lea esta crítica en su casa, fuera de la luz pública. O quizá yo entendí mal y lo que Bellatín despreciaba no era la crítica en general, sino la crítica entendida en la noción estrecha que el suplemento presentó la semana pasada. Espero, sin embargo, que estas actitudes públicas dejen de suceder, porque seguramente muchos de los lectores y escritores jóvenes que admiran a Bellatín, y que deberían leer crítica como parte de su educación literaria, pueden tomar sus palabras como una invitación a la ignorancia.

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