Texto presentado en la University of California in Santa Barbara en el congreso de UC Mexicanistas de noviembre de 2009. Agradezco como siempre a Sara Poot-Herrera por todo su cariño y por su inmensa capacidad organizadora.
Conforme nos acercamos al bicentenario, la tentación de la memoria nos acecha. El recuerdo histórico es un acto de varias dimensiones y polos, de políticas e ideologías, de estéticas y poéticas. En principio, el bicentenario nos confronta con el espectro de dos fundaciones: el nacimiento de la nación y su radical reinvención revolucionaria. Tenemos frente a nosotros la tarea de rememorar conflictos, caudillos, levantamientos y constituciones, de pensar la larga y aun incompleta trayectoria de la emancipación mexicana. Sin embargo, en el medio de las conmemoraciones, emerge la pregunta respecto a qué Revolución, o quizá, qué revoluciones nos corresponde recordar. A fin de cuentas, esa revolución que estalló en 1910 no fue sino un cúmulo de acontecimientos e ideas empaquetados por la historiografía en un solo movimiento. Frente a esto, una forma de pensar la revolución críticamente, en su evocación centenaria, radica en el estudio de otras rememoraciones, de momentos en ese largo archivo de textos y recuerdos que dan forma intelectual al hecho revolucionario. En estos términos, propongo en lo que sigue una lectura de “Pasado inmediato”, texto de Alfonso Reyes fechado en septiembre de 1939, pero en el que, de acuerdo a la noticia editorial, “se aprovecharon páginas de 1913, 1914, 1916”. Me interesa este texto por dos razones. Primero, porque articula un proceso relativamente largo de rememoración, una lenta digestión de un evento largo, complejo y, para 1939, quizá interminable. Segundo, quizá más importante, porque el texto se enfoca en otra Revolución, cuya memoria es a mi parecer esencial en un bicentenario crítico: la revolución intelectual. Aunque el texto presenta ciertas marcas de reflexión en torno a los conflictos bélicos y a los levantamientos populares, el centro de la evocación alfonsina es la formación de una generación crítica, cuyo impacto fue decisivo en la construcción del proyecto revolucionario.
“Pasado inmediato” comienza con una reflexión en torno a la tarea histórica que Reyes tiene enfrente: “La historia que acaba de pasar es siempre la menos apreciada. Las nuevas generaciones se desenvuelven en pugna contra ella y tienden, por economía mental, a compendiarla en un solo emblema para de una vez liquidarla. ¡El pasado inmediato! ¿Hay nada más impopular? Es, en cierto modo, el enemigo.” Reyes rechaza esta perspectiva, planteando la necesidad de una historia abierta que resista lo que llama “la interpretación finalista”. Ante este rechazo por el pasado reciente, Reyes propone un proceso de recomposición estética de la memoria, que, en uno de los giros característicos de su obra, otorga desde el ensayo un cariz distinto al problema histórico: “El pasado inmediato, tiempo el más modesto del verbo. Los exagerados –los años los desengañarán- le llaman a veces “el pasado absoluto”. Tampoco hay para qué exaltarlo como pretérito perfecto”. Ojalá entre todos, logremos presentarlo algún día como un “pasado definido””. En esta oración podemos ver varios puntos esenciales en torno al proyecto alfonsino de rememoración histórica. Por medio de un recurso ensayístico, Reyes desplaza el pasado de hecho verbal a hecho textual, transformándolo en una sucesión de tiempos verbales cuya definición se encuentra en el acto de la escritura. Dicho de otro modo, Reyes transforma en esta frase al pasado inmediato en objeto ensayable. De esta manera, el texto opera desde un mecanismo sutil pero esencial para la comprensión de la visión de Reyes en torno a la Revolución. Más que una política de la memoria, que requeriría la fijación del pasado inmediato en pretérito perfecto, Reyes propone una estética de la memoria donde el pasado, más que absoluto es definido, literalmente sujeto al acto lingüístico de constitución de significado. Y al proponer esta definición del pasado como un acto colectivo (“ojalá entre todos”) y futuro (“algún día”), el objeto histórico queda entonces abierto al acto textual.
En el contexto de los años treinta, esta aseveración adquiere una significación particular. Como exploro en mi libro Naciones intelectuales, si me permiten un poco de autopublicidad, la década fue crucial en la formación del campo literario, y, por ende, la discusión en torno al pasado inmediato revolucionario era por lo general una apuesta en torno a las estéticas y políticas de los autores culturales en busca de una posición hegemónica hacia adentro del campo de producción cultural. Para este entonces, Reyes había sido traído a colación de forma bastante prominente en el debate de 1932, debido al ataque de Héctor Pérez Martínez y a la respuesta que debió articular en “A vuelta de correo”. Asimismo, “Pasado inmediato” es un texto de retorno, fechado precisamente en los momentos en que Reyes volvía a México tras años de actividad diplomática, a llevar a cabo una serie de actos de fundación institucional, La Casa de España entre ellos, en un impulso que daría forma ulterior a los medios culturales e intelectuales del país. En estos términos, resulta significativo que “Pasado inmediato” sea un intento de redirigir el debate del recuerdo revolucionario de su fijación en acto fundacional de un régimen que, hacia 1939, se encontraba también en los últimos momentos de su proceso de consolidación definitiva. Para Reyes, por lo menos en este momento, era particularmente importante presentar una idea de la Revolución como espacio de creación intelectual, más que política o bélica. Precisamente la capacidad de definir la memoria como escritura, de traspasar la política a la estética, otorga a Reyes la base para establecer una historia donde la Revolución es más bien la emergencia de un espíritu generacional de transformación crítica cuyo espacio de formación privilegiado es la clase intelectual. Así, en una sección del ensayo significativamente titulada “La inteligencia y la historia”, Reyes postula en torno al estallido revolucionario: “ Este sacudimiento, este desperezo, viene naturalmente envuelto en una atmósfera de motivos espirituales. Los hechos bélicos, políticos y económicos han sido narrados ya con varia fortuna y esperan la criba de la posteridad. Importa recoger también los hechos de cultura que, si no fueron determinantes, fueron por lo menos concomitantes”. Reyes plantea como problema de la remembranza el hecho de que la Revolución no fuera resultado de una doctrina política calculada, sino un acto espontáneo que ocurrió con planeación intelectual. Por este motivo, es fundamental para el ensayista reestablecer el rol de la cultura: “La inteligencia la acompaña [a la Revolución] pero no la produce; a veces tan sólo la padece, mientras llega el día en que la ilumine”. Esta frase, cuyo estilo de desplazamientos verbales funciona en el texto de la misma forma que los desplazamientos del pasado discutidos más arriba, tiene significación particular durante el retorno de Reyes a México. En la medida en que los años cuarenta se anunciaban como el momento de cristalización de las primeras instituciones culturales estables en el país, muchas de las cuales Reyes fundaría o co-fundaría, la genealogía de la inteligencia que acompaña la Revolución es esencial para transformar dicho acompañamiento en iluminación.
En “Pasado inmediato”, el momento neurálgico de formación de la nueva intelectualidad e ubica en la Escuela Nacional Preparatoria, de manera particular en la generación del Centenario, cuyos protagonistas son Alfonso Cravioto, Rafael López, Antonio Caso, Pedro Henríquez Ureña y José Vasconcelos. Estos tres últimos son, como Reyes puede establecer retrospectivamente, protagonistas centrales de la reformulación del pensamiento en México. Caso aparece como un hombre que ha “querido y sabido vivir” la historia de la filosofía, lo que lo convierte en “el director público de la juventud”. PHU aparece como un “hombre de influencia socrática”, el mejor formado intelectualmente, cuyo énfasis en el escuchar definió el sobrio carácter filosófico de la generación. Finalmente, Vasconcelos “era el representante de la filosofía antioccidental, que alguien ha llamado ‘la filosofía molesta’. La mezclaba ingeniosamente con las enseñanzas extraídas de Bergson y en los instantes que la cólera civil le dejaba libres, esbozaba ensayos de una rara musicalidad ideológica (no verbal)”. En estos tres retratos se deja ver la importancia que Reyes da a la distancia crítica entre el pensamiento y la acción o, como lo pondría en “Notas sobre una inteligencia americana”, a la capacidad de resistir las “urgencias de la hora”. Reyes otorga liderazgo a PHU y a Caso en la medida en que ambos ejercen un trabajo cultural más reflexivo, y, en la medida en que operan en un paradigma socrático de especulación intelectual y discusión pública, su influencia en la formación de la inteligencia revolucionaria es más profunda. En cambio, llama la atención que Reyes abiertamente declare no sólo que la filosofía de VAsconcelos es “molesta” y que su escritura ocupaba segundo lugar frente a la “cólera civi”. También, al conceder una rara musicalidad ideológica a Vasconcelos, pero al observar que esta musicalidad no era verbal, Reyes entabla una distancia. Como sabemos, para Reyes la calidad del estilo es un punto central de intervención intelectual. Al carecer de esta calidad, Vasconcelos parece pertenecer a un paradigma intelectual distinto. Reyes se cita a sí mismo en un comentario sobre Vasconcelos, sin atribuírselo (simplemente observa “Hace veinticinco años, se dijo de él”). Solo en la nota se observa que proviene de un texto publicado en 1923 y escrito en 1914 y que dice: “Mucho esperamos de sus dones de creación estética y filosófica, si las implacables Furias Políticas lo dejan ileso. Es dogmatico; Oaxaca, su estado natal, ha sido cuna de las tiranías ilustradas (Juárez, Díaz). Es asiático: tenemos en nuestro país dos océanos a elección; algunos están por el Atlántico; él, por el Pacífico”. Incluso en la retrospectiva, Reyes reprocha a Vasconcelos una pequeña traición, su incapacidad de operar en el espacio autónomo de la inteligencia y en la tradición clásica invocada por la generación. Al calificarlo de heredero de facto de la “tiranía ilustrada” del liberalismo positivista y de “asiático” que prefiere la tradición presumiblemente bárbara el Pacífico sobre la civilización atlántica, Reyes pone en la mesa no sólo una distancia intelectual respecto a su coetáneos, sino dos acentos esenciales del proyecto institucional inaugurado por “Pasado inmediato”. Por un lado, la crítica a Vasconcelos hace hincapié en la importancia de la autonomía del intelectual ante las Furias Políticas, una idea que, hacia 1939, había triunfado ya en México tras el debate literario de 1932. Por otro, la fidelidad a un paradigma “atlántico”, clásico de civilización está en el corazón de la práctica intelectual invocada por Reyes. Las deficiencias Vasconcelistas (la tentación política, la falta de musicalidad verbal, etc.) radican precisamente de su incapacidad de asumir dicho legado. Para el año de escritura de este texto, Vasconcelos ya estaba esencialmente en desgracia, girado incluso hacia el nacionalsocialismo (unos meses después comenzaría la publicación del la Revista Timón) tras ser el intelectual más influyente del proceso revolucionario. Reyes entonces, parece estar conciente de la necesidad de no emular a Vasconcelos y de refundar la práctica intelectual desde una posición de autonomía frente a las furias políticas como estrategia para llevar a la inteligencia de acompañamiento a iluminación del proceso revolucionario. Esta articulación, a mi parecer, es esencial para comprender la labor cultural alfonsina tras su regreso a México.
Reyes concluye el texto narrándonos la historia de dos “campañas”, dos procesos de actividad intelectual que, en su perspectiva, condujeron a la renovación intelectual de México. La primera transcurre de 1906, año de fundación de la revista Savia Moderna, a 1910, el año del centenario. Este fue un proceso de formación juvenil donde los miembros de la generación del centenario buscaron trascender las constricciones del positivismo porfiriano. Lo significativo de esta primera campaña radica en el hecho de que antecede al movimiento armado, marcando un punto de origen que antecede el conflicto bélico y por ende otorga a la generación intelectual una existencia propia. Es interesante aquí que uno de los hechos representado por Reyes en este periodo es la exposición de pintura de Savia moderna en 1907, donde emergen el joven Diego Rivera y el Dr. Atl, enfatizando el hecho de que la Escuela Mexicana de Pintura misma tiene su origen en una actividad intelectual más que bélica o política. Después de esta campaña, Reyes plantea una transición que privilegia la fundación de la Universidad Nacional sobre el estallido armado, que en este punto aparece como una interrupción: “Han comenzado los motines, los estallidos dispersos, los primeros pasos de la Revolución. En tanto, la campaña de la cultura comienza a tener resultados”. En estos términos, Reyes enfatiza de nuevo el contraste entre el caos social y la promesa intelectual. El hecho de que la generación florece conforme el orden positivista se desgasta es percibido triunfalmente, dado que la generación clama el momento fundacional de una cultura post-decimonónica.
La segunda campaña consiste en cuatro “batallas”: uno, La ocupación de la universidad de parte de la generación, descrita como momento de consolidación del grupo intelectual tras las diferencias revolucionarias, por ende “uno de los capítulos más hermosos de la cultura mexicana”; dos, la fundación en septiembre de 1912 de la “Universidad Popular”, donde los ateneistas buscaban la democratización de la cultura hacia las clases populares, una historia que hoy en día es dejada de lado por los recuentos de la generación; tres, la emergencia de la primera Facultad de Humanidades, fundada a despecho de la usurpación huertista; y cuatro, las conferencias de la Librería Gamoneda, llevadas a cabo durante la turbulencia que rodeó el derrocamiento de Huerta y la llegada de Zapata y Villa a la ciudad de México. De esta segunda campaña vale la pena destacar primero el hecho de que Reyes usa el vocabulario militar deliberadamente (batallas, campañas, etc.) para plantear el hecho de que su historia cultural es, también, una Revolución de importancia igual a la bélica. Es decir, Reyes habla de esa otra Revolución, paralela e igualmente importante, librada por él y sus contemporáneos. Segundo, las cuatro batallas libradas en este periodo constituyen elementos fundamentales al proyecto institucional que Reyes desarrollaría después de la escritura de este texto: el control de la educación superior de parte de los intelectuales, la popularización de la cultura, la emergencia de instituciones autónomas dedicadas a las humanidad y, finalmente, la persistencia de la cultura ante las amenazas de la política y la guerra. A mi parecer, este segundo momento fundacional es presentado por Reyes como una suerte de plano modélico para su actividad intelectual en su retorno a México, ya que representa el ethos de autonomía y reivindicación de las humanidades y de difusión y defensa de la literatura y la cultura que caracterizará, entre otras cosas, la fundación de instituciones como El Colegio Nacional y el Fondo de Cultura Económica y trabajos del propio Reyes como La crítica en la edad ateniense y El deslinde.
La lección final de “Pasado inmediato” radica, en mi opinión, en la necesidad de pensar desde el centenario una historia cultural de la Revolución y deslindada en la medida de lo posible de los paralelismos con el movimiento armado. Quizá sea tiempo de releer la tradición crítica en México en parámetros que, haciendo justicia a Reyes, permitan comprender las especificidades de la cultura frente a los retos planteados por un periodo turbulento. Sobre todo, la comprensión de esta otra Revolución, de una cultura cuya memoria es una estética y una ética intelectual, a la vez que una política sutil, nos puede dar claves para pensar la urgente refundación de la cultura en México, una salida real a los aún persistentes impasses nacionalistas y antinacionalistas que restringen, como si estuvieramos de vuelta en 1932, el pensamiento en México. O, como Reyes nos dice, en su inigualada brillantez y en la línea final de un texto cuya vigencia es a la vez sorprendente e innegable: “A la hora del examen de conciencia –esa medianoche del espíritu en que quisiéramos comenzarlo todo de nuevo- el faro de la etapa simbólica puede iluminarnos”.
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