En el aborregamiento producido por el Nobel, me senté a leer los tres libros de Müller traducidos al inglés y disponibles en mi biblioteca académica. Comparto aquí algunos pensamientos breves de la decepcionante lectura:
- Herta Müller representa el nuevo provincialismo europeo en su vena más mediocre: una literatura narcisista, enfocada en pequeñeces históricas y con una noción muy malentendida de política literaria. El Nobel nos ha obsequiado antes un regalo similar: Imre Kertesz, otro autor monotemático, aburrido, inmiscuido hasta la náusea con una obsesión provincial europea (en este caso una representación literaria restringidísima del Holocausto). El provincialismo en sí mismo no es malo. Ciertamente, Estados Unidos produce literatura provincial de altísima factura. Y el contraste con Joyce Carol Oates viene a la mente. Oates, quien nunca ganará el Nobel si se mantiene el radical antiamericanismo de la Academia Sueca, es sin duda una escritora provincial, pero cualquiera de sus novelas supera en profundidad humana y factura estética los libros de Herta Müller.
- Llamativo entonces que se le haya dado el Nobel a Müller un año después que Horace Engdahl criticara el provincialismo de los Estados Unidos. A partir de ahí comenzó una era nefasta para el Nobel. El año pasado se premió a Le Clezio, autor de una literatura de superación personal con disfraz cosmopolita para aquellos que creen que Paulo Coelho es alta literatura. Este año, una autora rara y monotemática cuyo rango de acción es restringido. Los suecos han puesto en el centro de la literatura europea, en años sucesivos, su peor cosmopolitismo (el exotismo barato que era anacrócnico ya las japonerías decimonónicas de Pierre Loti) y su peor provincialismo (una literatura bienpensante y barata sobre experiencias autoritarias, superada por casi cualquier otra tradición sobre el tema, como la posdictadura sudamericana).
- Müller representa otro malentendido, ese residuo de la teoría sesentera llamado escritura femenina. La narrativa de Müller descansa en la premisa, que es ya más bien un cliché, de la configuración de lo público en el espacio de lo privado. El Nobel a Müller constituye una voluntad de encasillamiento a perpetuidad de una "literatura femenina" que limita las escritoras a formas validadas por momentos del pensamiento feminista que tuvieron su último momento de relevancia en la obra intermedia de Helene Cixous. Hoy en día, el ensalzamiento de Müller muestra lo mal que se entiende la literatura escrita por mujeres qua literatura, y nos recuerda el triste encasillamiento que las escritoras sufren aún en el siglo XXI.
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