Wednesday, June 10, 2009

Instituciones sin canon. Las discontinuidades pedagógicas de la literatura mexicana

Presentado en el congreso de LASA en Rio de Janeiro. Junio 11, 2009

La evolución reciente del mercado editorial de la academia norteamericana ha resultado en una serie de acontecimientos que afectan de manera profunda el trabajo de todos aquellos que trabajamos en ella: una reducción en el interés y la viabilidad financiera de las monografías críticas, una reducción considerable de las series editoriales dedicadas de manera específica al estudio de la literatura y una reducción general de presupuestos de prensas y editoriales, cuyo impacto afecta a las humanidades de manera desproporcionada. Hasta ahora, la principal respuesta de las humanidades a esta situación es lo que llamamos, al convocar estos paneles, el “giro pedagógico”, un creciente desplazamiento de la publicación académica hacia instrumentos más enfocados a la enseñanza que a la diseminación del trabajo investigativo: manuales, “readers”, companions, etc. Una de las razones detrás de la convocatoria de dos paneles de mexicanistas en torno a esta cuestión radica en el hecho de que, más allá de los signos de alarma respecto a nuestra profesión, esta tendencia aporta una cantidad interesante de oportunidades que, a mi parecer, han sido desaprovechadas casi por completo por nuestro campo. Algunos colegas de estos paneles hablaran de estas continuidades. Yo comenzaré por enfocarme en lo que llamo “discontinuidades pedagógicas”, una serie de problemáticas estructurales hacia dentro del mexicanismo literario y cultural, entendiendo “mexicanismo” como las comunidades de académicos que desde distintas academias nos dedicamos al estudio de México.
El mexicanismo opera desde una diversidad de espacios de enunciación cuya comunicación mutual es, en general, bastante deficiente. Aún cuando foros como este permiten el encuentro de miembros de distintos espacios, el trabajo de discusión cotidiana entre nosotros y de lectura mutual es, en el mejor de los casos, limitado, y en el peor, prejuicioso. Dentro de la infraestructura institucional mexicana, existen algunos fenómenos que contribuyen a este problema. Tanto las grandes instituciones del centro, como la UNAM y el Colmex, como las universidades de provincia, operan históricamente dentro de un esquema por momentos endogámico, donde algunos miembros de la academia estudian, trabajan y publican hacia dentro de su propia institución. En otras palabras, una persona puede concebiblemente estudiar, digamos, en la Autónoma de Puebla, obtener una plaza de profesor ahí mismo y después publicar de manera casi exclusiva en las revistas y en la dirección de Fomento editorial de la institución. Sin dejar de reconocer excepciones, y sin dejar de reconocer que este sistema ha permitido una productividad académica sin par en América Latina, también es cierto que esto ha producido una cultura en la cual muchos académicos mexicanos recelan de la producción académica externa a México y, en los peores casos, externa a su institución. Resulta sumamente fácil encontrar estudios académicos sobre literatura mexicana publicados en la UNAM o el Colmex que prácticamente ignoran los trabajos de académicos fuera de México e incluso de aquellos que radican en universidades de provincia. De manera similar, la academia norteamericana tiene un conjunto de culturas que operan de manera semejante. Las estructuras del saber creadas por los procesos de tenure inciden de manera directa en la evaluación de muchos académicos en torno a la producción cultural en México. En México, como sabemos, una parte considerable de la crítica literaria y cultural se da en espacios no académicos, como revistas y suplementos culturales, mientras que un número importante de libros de crítica suelen estar más cercanos al ensayo que al paper. Asimismo, pese a tener recursos de investigación superiores en términos de tecnología y acceso a los materiales, muchos de nosotros pasamos por alto el trabajo de nuestros colegas radicados en México. Como editor de reseñas y lector de un journal académico en el centro de los Estados Unidos, puedo decir con tristeza y alarma que la gran mayoría de libros y ensayos sobre México que he leído en los últimos tres años rara vez citan el trabajo de la academia mexicana. Todo esto, por supuesto, sin considerar que también existe un mexicanismo robusto en varios países de Europa y de Latinoamérica, algo que pasa desapercibido desde la perspectiva de muchos de nosotros. He aquí la primera discontinuidad importante: el mexicanismo opera desde un conjunto de comunidades que, por razones de geografía, ideología, territorialidad institucional y acceso, no se lee entre sí. El grado de desconocimiento mutuo es tal que resulta imposible hablar incluso de un estado de la cuestión.
Más allá de razones puramente institucionales, esta falta de conocimiento mutuo tiene su origen en divergencias existentes respecto a las agendas de investigación. Varios ejemplos vienen a la mente. El más obvio radica en el desencuentro causado por el paradigma de los estudios culturales. Mientras en EEUU, los estudios culturales operan esencialmente desde programas de literatura, en las instituciones mexicanas opera o desde departamentos de ciencias sociales o desde programas interdisciplinarios. Como alguien educado en los dos lados de la barda, creo que hemos conceptualizado el debate entre estudios literarios y culturales desde una perspectiva excesivamente confrontativa. Aunque ciertamente existe la necesidad de descentrar la posición reificada de la ciudad letrada en la producción de conocimiento académico, también es cierto que la literatura es una forma epistemológica y cultural que se trasciende a si misma y que es un vehículo interpretativo útil para lecturas de la cultura en general. La visión confrontativa ha generado una discontinuidad pedagógica importante. Del lado norteamericano, es claro que, salvo iniciativas binacionales como la RLMC o el grupo UC Mexicanistas, la crítica académica se ocupa muy poco de los escritores más reconocidos en México. Ejemplo: Sergio Pitol y Juan Villoro nunca han sido traducidos al inglés y Villoro, pese a ser el autor más reconocido de su generación, ha suscitado apenas un puñado de estudios críticos. Por su parte, una parte considerable de la crítica y la producción literaria en México opera con gran desdén hacia producciones culturales no letradas. A diferencia, por ejemplo, de las literaturas del Caribe o del Cono Sur, la literatura mexicana ha avanzado más bien hacia una radicalización de posturas metaliterarias en su producción lo que, a su vez, ha generado en la crítica un auge de posturas formalistas y esteticistas que, fuera de aquellos espacios producidos en los escasos espacios interdisciplinarios, parecen regresar a una posición de predominancia. En la combinación de estos dos fenómenos encontramos uno de los problemas centrales del mexicanismo de cara al giro pedagógico: una importante falta de coincidencia respecto a la estructuración de un corpus común de discusión y debate académico. Aunque me parece importante resistir la idea de establecer un canon fijo, es fundamental reconocer que, en el mexicanismo actual, padecemos el problema opuesto: la carencia de un territorio intelectual común y la emergencia de posturas intelectualmente radicalizadas que descansan, innecesariamente a mi parecer, en el desdén y desinterés respecto a otras producciones culturales y críticas.
Un ejemplo final de las discontinuidades pedagógicas refleja bien este problema: la frontera. En años recientes, la frontera Norte ha emergido con gran fuerza como espacio icónico de debate hacia dentro del mexicanismo. Ciertamente existen razones para esto, desde una literatura vibrante e innovadora hasta una serie de fenómenos sociales que han adquirido gran relevancia en los últimos años: el narco, la maquila, los feminicidios y la migración. También es cierto que el enfoque en una región particular es un signo histórico del mexicanismo: sucedió en la reificación posrevolucionaria del imaginario del bajío como identidad nacional (pienso en las películas de charros), en la centralización de las clases urbanas populares de la ciudad de México como fuente de arquetipos (Cantinflas, Pepe el Toro, etc) e incluso en la marejada de interés crítico respecto a Chiapas en la estela del alzamiento zapatista. Este mecanismo, sin embargo, me parece que debe ser superado. La centralización de la frontera contribuye, al igual que las tendencias del pasado, a obscurecer las culturas y literaturas de otras regiones del país. Más aún, en la medida en que la frontera es un espacio de encuentro radical con las culturas regionales del suroeste norteamericano, esta centralización genera no sólo una subterritorializacion que corre el peligro de desconectar de la región a otros espacios del mexicanismo, sino también construye un sistema de conflaciones que tienen el potencial de dañar el estatus del mexicanismo, al subsumir sus agendas a disciplinas con las que necesitamos dialogar pero con las que sostenemos diferencias importantes: los chicano studies y los latino studies entre ellas.
Concluyo, ante todo, con una nota de optimismo. Existen algunos signos que permiten entrever una superación inicial de estas discontinuidades pedagógicas y parte de la intención de estos dos paneles está en dar un espacio a colegas que han trabajado de diversas maneras en esta dirección. Creo que existe un nuevo momento de intercambio académico entre México, Estados Unidos y Europa, donde egresados de programas doctorales de un lugar adquieren posiciones en otro. Asimismo, varios de nosotros hemos participado en un conjunto de iniciativas, como UC Mexicanistas, el grupo de estudios mexicanos del MLA o la Revista de literatura mexicana contemporánea, que han permitido una diversificación epistemológica del campo, así como espacios de contacto entre varios mexicanistas. Existen sin duda cosas por hacer. Una importante, por ejemplo, es crear una sección de LASa, algo que Ecuador y Paraguay tienen pero México no. Sin embargo, espero estos paneles sean un punto de partida para más espacios y diálogos y agradezco a los participantes aceptar nuestra invitación.

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