Tuesday, October 28, 2008

Pensar en Literatura Notas para una crítica literaria en México

Publicado en el número de Octubre-Noviembre 2008 de la Revista Tierra Adentro.

Cada determinado tiempo, aproximadamente cada década, la crítica literaria es tema de algún debate agresivo en México. Un breve recordatorio trae a la mente el debate entre teoría y filología sostenido por Evodio Escalante y Antonio Alatorre en los ochenta, las consistentes declaraciones de la inexistencia de la crítica en México y, más recientemente, la polémica en torno al Diccionario crítico de la literatura mexicana de Christopher Domínguez Michael. Todos los que nos dedicamos a la crítica literaria en y sobre México –incluidos aquellos que, como yo, la ejercemos desde la academia norteamericana- tenemos opiniones particulares sobre estas cuestiones. El oficio de crítico se ejerce en nuestros días desde muchas trincheras, como el periódico, el cubículo o los medios electrónicos, y la noción de crítica varía ampliamente dependiendo el lugar de enunciación de su autor, las ideologías estéticas y políticas puestas en juego por cada texto e, incluso, por la constelación de afinidades y rencores que emerge naturalmente de un medio literario tan altamente institucionalizado como el mexicano. Las líneas que siguen están motivadas por un problema que, a mi parecer, se encuentra en el corazón del ejercicio crítico en México: la falta de un pensamiento literario propiamente crítico en el país. Ciertamente, México es un país que cuenta con un número considerable de críticos, así como con una cantidad envidiable, aunque en disminución, de medios donde ejercer el oficio. Sin embargo, como argumentaré a continuación, resulta preocupante que este ejercicio funcione en términos más o menos estrechos, centrados en formas de ejercer la crítica que generalmente resultan estrechas o de miras (piénsese en la enorme cantidad de monografías que se publican en el país) o de ambición intelectual (dado que un altísimo porcentaje de la crítica en México se ejerce en la reseña, un género efímero y coyuntural por definición).
Para mejor comprender el problema, vale la pena diseccionar, aunque sea con fines puramente heurísiticos, la noción de “critica literaria” en tres definiciones que permiten vislumbrar los alcances y los límites de su ejercicio en México. La primera definición, la acepción de base, radica en entenderla como “critica de la literatura”, como un ejercicio esencialmente exegético, cuyo fin es la producción y circulación de interpretaciones de textos literarios precisos. La enorme producción ensayística en México deja claro que este oficio particular se ejerce bien. Tanto en revistas como en libros, una cantidad diversa de actores culturales producen una cantidad considerable de estos trabajos. Baste pensar en libros como el magistral trabajo de Evodio Escalante sobre José Revueltas o el libro de Manuel Ulacia sobre Octavio Paz para ejemplificar el alto nivel que la exegética literaria ha alcanzado en el país. El oficio crítico, sin embargo, ha excedido esta función esencialmente secundaria y ha buscado erigirse en un género literario propio, donde el texto crítico sea, en sí mismo una obra literaria. A partir, sobre todo, de Alfonso Reyes y Octavio Paz, la crítica en México ha desarrollado una segunda acepción del término, donde el adjetivo “literaria” hace referencia a un ejercicio estilístico en que el ensayo de análisis busca emerger como un género literario de méritos propios. En este departamento, México goza también de un ejercicio saludable, como lo dejan ver los trabajos de Christopher Domínguez Michael, uno de los prosistas más finos del ensayo en lengua española y, más recientemente, Rafael Lemus, en cuya escritura el estilo pesa tanto como la interpretación.
Como ha señalado recientemente John King en su brillante estudio sobre la revista Plural , los medios literarios predominantes en México en los últimos cincuenta años han tendido a privilegiar una critica literaria que se define en la intersección entre estas dos definiciones. Esto se debe, en parte, a dos motivos esenciales. La primera es que muchas figuras fundacionales del ejercicio crítico actual (como Octavio Paz, Carlos Fuentes, Tomás Segovia, José Emilio Pacheco o Carlos Monsiváis) fueron escritores destacados de otros géneros que ejercían la crítica de manera ancilar. Por este motivo se desarrolló en México una noción de crítica, repetida hasta la fecha por escritores como Heriberto Yépez , donde la interpretación del proceso literario de parte del escritor ocupa un lugar privilegiado y donde el ejercicio de una crítica profesionalizada de parte de figuras no identificadas con la creación literaria tendió a dejarse de lado. Esto llevó al segundo motivo de este privilegio, señalado por el propio King: este modelo estético resultó en una marginación gradual pero persistente de la prosa académica en el espacio de la crítica literaria. Si bien la academia produce trabajos de crítica que no caen en la definición estilística del ensayo, esta forma de hacer crítica tiende a ser descartada incluso en medios literarios vinculados a universidades . De esta manera, la crítica literaria en México, por lo menos aquella que tiene mayor difusión en los medios culturales, opera en una franja sumamente estrecha, donde la labor del crítico suele estar supeditada o a los dictámenes estilísticos e ideológicos de grupos literarios particulares o a la sobredeterminación del ejercicio de la crítica a un habitus (el término es de Pierre Bourdieu) que le otorga validez institucional sólo cuando se ajusta a formas muy particulares de comprender este ejercicio.
Esta mezcla entre el predominio de la creación en el ámbito de la crítica, la sobrevaloración del estilo, el descarte de la academia como ámbito legítimo de producción crítica y la fetichización del autor como única voz legítima en la enunciación de discursos estéticos ha llevado a un profundo rezago intelectual de la crítica mexicana respecto incluso a otros países de América Latina. Más que descartar el trabajo crítico que se ha producido en México, algo que me parecería absurdo dado el alto nivel crítico de los textos y autores que he mencionado hasta aquí, me interesa señalar que existe una tercera definición de “crítica literaria” que se ha explorado demasiado poco en México y que, según intento argumentar en la brevedad de lo que sigue, es absolutamente necesario desarrollar más: aquella donde “literaria” implica el ejercicio de una crítica del mundo desde los instrumentos intelectuales de lo literario. Esta comprensión se ha desarrollado en otras latitudes de nuestro continente a partir de dos procesos que la forma peculiar de institucionalización de la crítica en México discutida hasta aquí tiende a obstaculizar. Por un lado, encontramos aquello que François Crusset llama “French Theory” : la traducción de la teoría radical francesa de los años sesenta y setenta en un pensamiento crítico en torno a la cultura popular y mediática en el escenario de la academia norteamericana. Si bien los llamados “estudios culturales latinoamericanos” tienen muchos proponentes y detractores , lo cierto es que el desarrollo teórico que ha tenido lugar en la academia norteamericana, y que ha encontrado ecos muy importantes en países como Argentina y Colombia, ha permitido un desarrollo inusitado de la literatura como plataforma de lectura del mundo, trascendiendo consideraciones propiamente estéticas. De esta suerte, ha emergido una forma de leer la región latinoamericana en sus complejas intersecciones con fenómenos como la colonialidad, el occidentalismo cultural, la violencia cotidiana y la globalización, permitiendo relecturas de autores como José María Arguedas o el mismo Jorge Luis Borges más allá de la mera exégesis, potenciándolos como figuras angulares en la comprensión de los procesos sociohistóricos de la América Latina actual.
Por otra parte, a partir sobre todo de la Revolución Cubana, emergió en América Latina una línea de crítica literaria que, superando las prescripciones del marxismo vulgar, desarrolló una comprensión sumamente sofisticada de la función social de la literatura en América Latina. Esta forma de pensar la literatura en el continente encontró en México una recepción muy limitada y, a la fecha, se discute solamente en algunos salones de clase. Esta forma de crítica literaria está casi completamente olvidada en México tanto por los factores mencionados hasta aquí, como por el predominio intelectual de la línea liberal en la intelectualidad letrada de México, que ha mantenido siempre, haciendo eco tanto del giro político de Paz como de la línea desarrollada por los nouveaux philosophes en Francia, una relación de sospecha profunda ante producciones intelectuales enraizadas en el marxismo. Sin embargo, a instancias de figuras como Ángel Rama y Antonio Cornejo Polar, emergieron, por ejemplo, intentos de dar cuenta de los conflictos socioculturales imbricados en los procesos de modernizacion latinoamericana, a partir del desarrollo de nociones como “transculturación” y “heterogeneidad”, trabajadas a partir de lecturas minuciosas de autores como Arguedas, García Márquez, Clorinda Matto de Turner y José Hernández. En lo que es, quizá, la mejor articulación de la agenda intelectual de esta línea, Rama plantea la necesidad de articular una “serie literaria” que entienda de manera simultánea el desarrollo diacrónico de estéticas a nivel continental y la operación sincrónica de las obras literarias con sus complejas redes de historicidad.
Una relectura detallada de esta tradición, que excede las posibilidades de estas breves páginas, llevaría a mi parecer a la superación de distintos impasses padecidos por la crítica en México. Creo que hace falta superar de manera definitiva el privilegio por el estudio monográfico y comenzar, tanto de manera intelectual como colectiva, una sistematización más clara de la producción literaria. El monografismo se debe, en parte, a la relación íntima con la textualidad demandada por el ensayo y, en parte, al éxito histórico de tendencias fuertemente textualistas como la filología y el estructuralismo en el ámbito de la crítica en México. Si algún valor tiene la aseveración de que no existe la crítica literaria propiamente dicha en México, se debe precisamente a la incapacidad histórica de producir series literarias convincentes. Podrían aducirse muchos ejemplos de esto, pero uno en particular permite la ilustración clara del asunto: la enorme legitimidad gozada hasta la fecha, entre escritores y críticos, de la rancia y trasnochada idea de “generación”. Recientemente, han aparecido en los medios intentos obsesivos de definición de la “generación de los setenta”, así como respuestas consistentes a estos intentos. Poco antes de escribir estas líneas, leí con gran interés la antología Grandes Hits volumen I, compilada por Tryno Maldonado . La enorme diversidad de los autores representados y los malabarismos retóricos del compilador en su intento de poner en un mismo espacio a escritores que claramente no tienen nada que ver entre sí ejemplifican muy bien la invalidez de tal noción. Sin embargo, todas las visiones canónicas de la literatura mexicana tanto de parte de los críticos como de los escritores, repiten consistentemente la falacia generacional. Mientras en la crítica se habla todavía de la “generación de Contemporáneos” (un grupo de escritores disímiles unidos más por la grilla cultural que por la estética) o la generación poética del cincuenta (como hace un libro reciente de Alí Calderón ), los escritores jóvenes tienden a operar en una ansiedad generacional absurda, de la que han nacido agrupamientos arbitrarios como Dispersión multitudinaria, la antología de autores nacidos primordialmente en los sesenta, o La generación de los enterradores de Ricardo Chávez Castañeda y Celso Santajuliana, que esconde la falta de estéticas comúnes en un lenguaje de rutas ciclistas y repúblicas literarias. El hecho de que la literatura mexicana se siga entendiendo a sí misma a partir de una noción que encontró su última articulación importante en Ortega y Gasset, y que en el contexto latinoamericano se volvió obsoleta a partir de la publicación en los años cuarenta de la primera obra maestra de la sociocrítica latinoamericana, Las corrientes literarias en la América Hispánica de Pedro Henríquez Ureña, atestigua una laguna considerable en la crítica literaria mexicana: la falta de sistematizaciones substanciales del fenómeno literario.
Como quizá queda claro en este momento, se pueden identificar varios caminos a través de los cuales la crítica literaria mexicana puede superar las idiosincrasias heredadas, las concepciones intelectuales fundamentales pero restrictivas. Creo que la emergencia de un nuevo grupo de escritores, unidos solamente por la arbitrariedad de nacer en la década de los setenta, produce una coyuntura valiosa para romper de una vez con todas con la fatua etiqueta generacional, otorgando una serie de materiales que pueden articularse de distintas maneras a series literarias complejas y productivas. En vez de encasillar por fecha de nacimiento a escritores tan disímiles como Bernardo Fernández y Ximena Sánchez Echenique y sentarnos a lanzar los dados para ver quién de los dos seguirá escribiendo en diez años, es posible pensar derroteros críticos que no sólo hacen mayor justicia estética a sus obras, sino que comprenden mejor su potencia importancia. En el caso de El llanto de los niños muertos, se puede hablar de la reformulación de los géneros punk como formas de refigurar temas centrales a la modernidad mexicana –la migración, la cultura juvenil, el capitalismo corporativo- en registros radicalmente distintos a los institucionalizados por el neoliberalismo, permitiendo así la apertura del espacio literario a imaginarios culturales ignorados por las formas ideológicas de conceptualizar la globalización. Por su parte, una novela como El ombligo del dragón apela a un cosmopolitismo innovador que resiste la cuadratura euronorteamericana del mundo y que ubica a México, como lo hizo en su momento José Juan Tablada, en una cartografía distinta, donde el sujeto literario opera procesos de formación innovadores. Podría igualmente hablarse de Informe, un conjunto de cuentos donde Rafael Lemus apuesta por una genealogía fuertemente letrada, quizá como una forma de resistir, como atestigua su debate con Eduardo Antonio Parra, la creciente socialización de la literatura mexicana a partir de la fuerte emergencia de la literatura del norte. Lo que importa de estos provisionales ejemplos es el hecho de que los tres escritores pertenecen a espacios radicalmente distintos en la serie literaria, tanto en términos de sus genealogías estéticas como de las complejas historicidades entretejidas en su textualidad. La labor verdadera de la crítica está en estas distinciones y tanto el encasillamiento generacional como la consideración meramente monádica de estos textos tienen un fuerte potencial obstaculizador de esta labor. La nueva literatura mexicana nos ofrece una nueva oportunidad. En vez de institucionalizar su escritura en estructuras culturales (generaciones, grupos) que gradualmente pierden su relevancia, tenemos la inusitada oportunidad de pensarlos y pensar desde ellos, de comprender su densidad sociocultural y su lugar en un mundo donde la crítica es la trinchera central en la guerra contra la creciente irrelevancia de la literatura. Si alguna lección podemos extraer de Alain Badiou y Ángel Rama, de Gilles Deleuze y de Rafael Gutiérrez Girardot, es la urgencia de pensar en literatura, de devolverle a la estética de la palabra esa función crítica, social e intelectual que los autoritarismos del poder y los abusos de la estética tienden a borrar. La crítica pasada en México nos enseñó a respetar la belleza y complejidad de la palabra, asi como la importancia de superar la precariedad intelectual con el desarrollo de instituciones culturales fuertes. Construyendo en los cimientos de ese legado, la crítica literaria futura debe apostar a una ambición intelectual aún inusitada en el país, ambición sustentada no sólo en la ampliación de miras, sino en el establecimiento de diálogos y puentes más allá de aquello que la tradición ha legitimado. Creo, con todos los riesgos acarreados por las declaraciones terminantes, que sin este proceso no hay ni habrá crítica literaria en México. Y una sociedad sin crítica es, como lo supieron los precursores de los años setenta, una sociedad sin libertad.

2 comments:

Alex said...

Me parece un gran artículo!! Cualquier antología implica un postura literaria, una voluntad de venta, lectura, reconocimiento. No me pareció mala la idea de llamar Grandes Hits a la publicada en Almadía. Algunos de sus autores han escrito buenas obras: Mallard, Harmodio, de los que conozco. Ortuño, Herbert quedaron fuera. En fin. Compilarlos bajo un nuevo título, o intención estética, quizá hubiera coincidido con nuevos gustos literarios o avances académicos, no sé sin embargo si hubiera logrado mejores ventas que es, lo que editoriales, escritores y universidades buscan. Dos cosas a lo menos sí logro: una crítica-diatriba muy superficial de Geney Beltrán -no incluído- en Letras Libres y una muy seria e interesante como la tuya. De nuevo felicidades!

olmosdeita said...

Totalmente de acuerdo contigo. Habría que releer a Jorge Cuesta, nada más. Felicidades por el blog.